Liliana Sáez
Presentada en el Bafici como emparentada al cine de Fassbinder, la película de Parente y Diógenes tiene más coincidencias con el cine de Arturo Ripstein. Los mismos ambientes opresivos, los personajes marginales y bizarros, el tono del melodrama… La barra del bar donde se acoda la dueña del lugar, Deusimar, y la presencia seductora del marinero Jarbas, que la seduce, ocupan el centro de la narración. Alrededor pululan unos seres que forman parte de una tribu más cercana al circo que al bar. Son personajes esbozados, con sus propios problemas que apenas podemos soslayar. La ausencia de clientes y la condena al desalojo empujan a Deusimar a tomar una decisión que cambiará la vida de todos sus integrantes. La única locación es el interior del bar, con sus luces agónicas y los colores fuertes desteñidos, que parecen querer representar un ambiente claustrofóbico del cual no hay salida. El único respiro viene dado por una excursión de Deusimar en un mundo, literalmente, de postales turísticas, mientras en su ausencia se gesta una posible solución al imperativo de bandas mafiosas. Inferninho no es otra cosa que eso, un pequeño Infierno, con seres desahuciados que quieren llegar al Cielo. Es un guion endeble, que se limita a mostrar la comunidad que habita el bar más que las situaciones que los unen y dividen. Es una película menor.
06 mayo 2018
05 mayo 2018
Te quiero tanto que no sé (Lautaro García Candela, Argentina, 2018)
Liliana Sáez
En el cajón de sastre que es la sección Vanguardia y Género, explican los organizadores de Bafici que allí va también lo inclasificable. Y como todas las secciones, esta también tuvo su buena dosis (demasiado, a veces) de cine local. Hay que decirle a Lautaro García que después de After Hours (Martin Scorsese, 1985), hacer una película como Te quiero tanto que no sé es toda una osadía. Y si bien la osadía es un excelente ingrediente para romper esquemas, este no es el caso.
Es de noche y el adolescente Francisco desea encontrarse con Paula, pero no se anima a llamarla. Al salir de casa, se sucederán una serie de eventos que lo distraerán de su objetivo (la ayuda al hermano, la visita guiada por la Manzana de las Luces, el picadito de fútbol, la reparación del auto, la fiesta…). Pequeños sketches hilvanados por canciones que interpreta un desafinado cantante.
Todo para contar lo desorientados que están los jóvenes (como si fuera una noticia nueva) y lo ¿impredecibles? que son. Una película menor (al punto de incluir groseros carteles que sugieren canje publicitario con la productora) y bastante aburrida, de las que más daño le hacen al prestigio del Festival.
Song of Granite (Pat Collins, Irlanda / Canadá, 2017)
Liliana Sáez
La vida de Joe Heaney ha sido motivo inspirador para Pat Collins, que ha logrado una narración sensible, algo extraviada, para contarnos su trayectoria. Rodada en blanco y negro, la historia transcurre desde la infancia en la aldea natal, donde aprende de su padre a entonar Sean nós, canciones populares irlandesas, cantadas a capella y que narran historias del pueblo. Generalmente, son los hombres los que las entonan y la gracia consiste en narrar brevemente la historia que van a cantar, pero sin repetir las frases utilizadas en la canción.
Son canciones de trabajo y de reunión en comunidad. En la zona rocosa donde nació Heaney, el trabajo es duro durante la larga jornada, donde los hombres construyen muros de granito y pescan en el río para llevar alimento al hogar. El niño lleva una existencia solitaria, donde recorre los valles y las playas, buscando guijarros que la cámara se ocupa en destacar, en planos que sugieren texturas rústicas de la localidad. Las casas son de piedra, con puertas y ventanas abiertas a la inmensidad del paisaje. La etapa de la infancia es la más extensa de la película y nos sirve para comprender las costumbres que formaron parte de la educación del cantante. En las reuniones por las noches, junto al fogón, los hombres compiten cantando historias sencillas, pero a cuál más original.
El personaje de Heaney es interpretado, en la película de Collins, por tres actores diferentes. Tan diferentes que cuesta relacionarlos cuando aparecen en la pantalla. Imágenes del propio Heaney en Glasgow y Londres son intercaladas con imágenes de archivo donde vemos a mineros trabajando o a gente deambulando por la ciudad, mientras nos vamos enterando, sin relevancia, que el cantante ha abandonado a su esposa e hijos y que está triunfando en festivales musicales con su arte.
La narración, aparentemente irregular, da cuenta de la vida inestable del artista. Nos quedamos con un par de escenas que valen por sí solas, y que nos permiten olvidarnos de la obvia metáfora del hombre tocando una columna de mármol o de piedra, en más de una oportunidad, para demostrar que extraña a su tierra. La primera es de la niñez, donde en plano general vemos la casa natal. El muro se extiende a lo largo del plano, pero un par de puertas descubiertas permiten ven al fondo, en profundidad de campo, desde donde el niño se acerca, y se coloca junto a las mujeres, observando al padre, que entona una canción, mientras es grabado con un dispositivo primitivo. La segunda, en una escena dentro de un pub, donde se congregan los jóvenes, entre ellos Heaney, y una hermosa joven entona con gran emotividad “The Gallway Shawl”.
La última parte del filme transcurre en Estados Unidos, donde recuerda momentos no tan buenos y otros exitosos (debido a la amplitud de su repertorio, ya que recuerda unas 500 canciones de su tierra) y en la que devela algunos de sus muchos enigmas.
Formalmente, se trata de un texto con grandes fisuras de sintaxis, pero que funciona si uno conoce la trayectoria del cantante, porque es revelador y transmisor de la inestable existencia de Heaney. La fotografía en blanco y negro, sobre todo de las escenas de la infancia, son magníficas. Muestran un universo rural en su magnitud y la conexión del niño con la naturaleza, como su única y juguetona aliada. La música es capítulo aparte. Bellísimas canciones se despliegan a lo largo del metraje. Se disfrutan cuando conocemos las letras, porque no se trata de melodías, sino de canciones con una historia que las hace diferenciarse a unas de otras. Allí, en sus estrofas está la esencia de esa vida pétrea, rural y emotiva.
15 abril 2018
Easy Street, cien años después
Liliana Sáez
Después de décadas, casi diría un siglo, manteniéndose vigente en pantalla, el cine de Charles Chaplin va comenzando a tener cierto olor a naftalina. El simpático personaje es un vagabundo de gestos refinados, aunque cuando lo cree necesario despliega una fuerza brutal para doblegar a quien esté cometiendo alguna injusticia. Su cine, ambientado en la primera posguerra mostraba los estragos sociales que ésta había cometido, alcanzando su punto más álgido en la crisis de 1929. Sus películas lo muestran entre sobrevivientes paupérrimos, en situaciones muy tristes, donde siempre hay una joven ingenua y un bravucón que con su fuerza o su presencia brutal domina al resto.
Su filmografía es harto conocida y los efectos logrados por su personaje muy familiares. No es ese el tema que nos ocupa, sino cómo vemos hoy algunas de las historias que Chaplin contaba hace un siglo atrás. Ha sido considerado un adelantado a su época por su genialidad tanto interpretativa como cinematográfica. La gesticulación y los movimientos graciosos que lograba arrancarle a su cuerpo fueron la base de su humor, que se balanceaba entre la ironía y la ingenuidad. Hoy, si quisiera mantener el éxito logrado, el tratamiento de sus personajes quizá pasaría por el filtro de su autocensura.
Me gustaría centrarme en Easy Street, una película filmada en 1917, para la cual construyó una calle en forma de T, con el fin de narrar la historia de un vecindario que se negaba a ser protegido (en verdad, reprimido) por la policía del lugar. Si bien toda su filmografía tiene suficiente volumen para detenerse y extenderse en consideraciones y análisis, es en este cortometraje donde conviven algunas líneas que nos llevan a reflexionar.
08 abril 2018
Luz instantánea. Polaroids de Andrei Tarkovski
Liliana Sáez
En la Casa Nacional del Bicentenario, del 13 de marzo al 24 de abril se lleva a cabo en Buenos Aires el Festival Tarkovski, en homenaje al cineasta ruso. En su inauguración, el evento contó con una masterclass ofrecida por el hijo del director, Andréi Tarkovski (h), así como una muestra de las películas del realizador, que han permitido constatar que no han sufrido los avatares del tiempo y permanecen como obras maestras ante los ojos del espectador.
En ese marco, y luego de haber recorrido Europa y Estados Unidos, se exhibió tardíamente en Buenos Aires la exposición “Luz Instantánea”, una colección de 80 fotografías registradas con una cámara Polaroid por el maestro ruso. Fueron tomadas entre 1979 y 1983, durante sus últimos años en Rusia y los que pasó en el exilio en Italia. Ambas etapas de su vida son claramente detectables en esas fotografías instantáneas que registraron momentos de la vida cotidiana que dejaría atrás y algunos encuadres más “extraños” a su rutina, en la Italia del exilio. Pero en ambas, están presentes las constantes de su cine. Paisajes brumosos, un rayo de sol que ilumina casi mágicamente el perfil de la mujer amada o la transparencia de un botellón que hace las veces de florero sobre la mesa familiar.
10 febrero 2018
Las guacamayas se fueron con Diego Rísquez
Liliana Sáez
Si tuviera que establecer una vara para medir el cine de Diego Rísquez en Venezuela, podría acudir a la filmografía de Leonardo Favio en la Argentina. Si bien ambos provienen de ambientes, formación y de clases sociales diferentes, tienen un sino común que los identifica como realizadores totalmente nacionales. Ver una película de ellos es estar en su país, rodeado de los paisajes naturales o urbanos que identifican el lugar de donde proceden, porque su cine es totalmente iconográfico.
El pasado 13 de enero falleció Diego Rísquez. Debo reconocer que la noticia me movió el piso por varios motivos. Se iba un referente artístico del país donde viví muchos años, se iba el cineasta que ofrecía un imaginario alimentado de lecturas y paisajes avasallantes a los ojos de una extranjera. En sus películas estaba la selva, el río, una fauna colorida y alegre, los ambientes coloniales y unos personajes que cautivaron mi imaginación cuando Venezuela comenzó a seducirme.
06 febrero 2018
120 pulsaciones por minuto (120 battements par minute, Robin Campillo)
Liliana Sáez
Las luces de una discoteca parpadean al son de la música, los cuerpos, agradecidos, se mueven sensuales al compás, entre risas y miradas seductoras. De pronto, ni la música ni las personas importan, solo la luz cobra protagonismo, descompuesta en miles de copos de colores que se mueven en cámara lenta, convirtiéndose, como si fueran fagocitadas, en otras formas, no tan vistosas, que se van definiendo como bacterias. Así es como irrumpió el sida a finales de los 80.
Robin Campillo y Philippe Mangeot escribieron una historia basada en su propia experiencia como activistas de Act Up, una agrupación que nació 1987, con la intención de promover políticas que contribuyeran a salvar vidas, generalmente muy jóvenes, que, para esa fecha, el sida se llevaba compulsivamente. 120 pulsaciones por minuto habla de aquella década signada por la enfermedad y el miedo. Miedo al contagio, a morir, a ser discriminado, a perder a alguien querido, a amar… Junto al miedo, la necesidad de apurar las experiencias, la rabia, la solidaridad, el compromiso…
Mangeot habla de la estructura del guion, dividida en dos partes muy visibles. La primera, narrada con un estilo distante, da cuenta de las reuniones semanales de la agrupación en París, así como de las actividades que debían realizar. La cámara observa con cierta distancia a este colectivo variopinto, comprometido en la lucha. Las discusiones se centran en qué acciones llevar a cabo. Si deben ser sorpresivas y violentas para sacudir la conciencia social, como ingresar en las oficinas de un laboratorio para pintar con sangre falsa sus instalaciones. O si deben llamar la atención con pequeños grandes gestos, como conversar con los adolescentes en los colegios para que tomen precauciones. Todo ello, con la consiguiente preocupación de padres y docentes, que se debaten entre la alarma por ver transgredido el muro de seguridad que, creen, protege a sus hijos y la colaboración solidaria hacia estos jóvenes que no saben cómo alertar a ese mundo que los tiene como parias… En largos coloquios se desmadeja la discusión, ¿qué será lo más apropiado o efectivo, radicalizar la lucha o establecer una militancia más pacífica?
04 diciembre 2017
Mar del Plata 2017
Liliana Sáez
La Rambla de Mar del Plata amaneció intervenida por Marcos López, en una fuerte constatación de los cambios sufridos por el Festival en su 32° edición, empezando por su director artístico, Peter Scarlet, nombrado por el INCAA para reemplazar a Fernando Martín Peña, y la productora, Rosa Martínez Rivero. El festival se desarrolló con algunos inconvenientes los primeros días, pero luego retomó su ritmo habitual, convocando a un público que le es fiel y que colma cada año las salas. En esta oportunidad, la fiesta del cine se vio ensombrecida por la tragedia de los 44 tripulantes del submarino hundido en el fondo del mar que, al día del cierre de nuestra publicación, seguían desaparecidos y sin esperanza de que arriben vivos a la Base de Mar del Plata.
La sombría desesperanza no impidió las programadas Charlas con Maestros, donde asistimos al retorno del francés Claude Lelouch, quien obtuvo su primer premio en 1965, por Une fille et des fusils, otorgado por este Festival: “Tal vez, gracias a Mar del Plata fue que después pude filmar 47 películas más”, afirmó. El encuentro con el director francés, de quien se programó una retrospectiva, fue ameno. Habló de Un homme et une femme, exhibida en el Festival, de cómo escogió a su actriz, Anouk Aimée, una mujer común, preferible a la contundente presencia actoral de Romy Schnider; de la importancia que tiene el director de fotografía en una película y de la simbiosis que debe alcanzar con el realizador; así como también de sus encuentros y desencuentros con los integrantes de la Nouvelle Vague. Mencionó sus conflictos con la crítica, obteniendo como balance que “la única crítica que cuenta es el tiempo, y el tiempo me ha favorecido”. Es muy optimista sobre el futuro del cine, ya que “las mejores películas están por hacerse, las nuevas tecnologías permiten registrar más fácilmente las emociones” y lamenta que no le quede mucho tiempo para ver esa transformación del cine. Fue una charla amable.
La gran presencia francesa en el festival contó con la visita de Sylvie Pialat, productora independiente francesa y esposa de Maurice Pialat, de quien se ofreció una retrospectiva. Se considera una aliada de los cineastas y cree que una productora siempre se debe quedar con la sensación de que se podría haber logrado algo más y mejor. Ha producido poco menos de 50 películas: además de las de su esposo, las de realizadores como Emilie Deleuze, Xavier Beauvois, Abderrahmane Sissako y Lisandro Alonso. Hace dos años fue premiada por L’Académie des Arts et Techniques du Cinema como la mejor productora.
04 septiembre 2017
Sabuesos temerarios: El Sur también existe
Liliana Sáez
Desde hace unos días, la Argentina se encuentra convulsionada por la desaparición de un joven durante una marcha de protesta de la comunidad mapuche. Quieren recuperar sus tierras hoy ocupadas por el emporio de Benetton, que posee la friolera de 900.000 hectáreas en la Patagonia. Un desaparecido en democracia es grave, pero más aún para un país que tiene a tantos acumulados desde la última dictadura.
Desde hace unos días, la Argentina se encuentra convulsionada por la desaparición de un joven durante una marcha de protesta de la comunidad mapuche. Quieren recuperar sus tierras hoy ocupadas por el emporio de Benetton, que posee la friolera de 900.000 hectáreas en la Patagonia. Un desaparecido en democracia es grave, pero más aún para un país que tiene a tantos acumulados desde la última dictadura.
La Patagonia es una tierra extensa y árida, barrida por los vientos, ubicada al sur del país. Arrasada su población ancestral por el presidente Julio A. Roca, en su denostada Conquista del Desierto, fue repartida entre grandes terratenientes extranjeros. Siempre hubo ricos y pobres, en niveles tan extremos que cuesta ponerse del lado de los hacendados, porque las víctimas siempre fueron los peones, que malvivían hacinados y cobraban con vales o con mercancías.
Lo cierto es que esta gran porción de tierra posee cicatrices perennes que se profundizan de tiempo en tiempo. Hoy es el caso de Santiago Maldonado, un joven que apoya la lucha mapuche en Cushamen, al noroeste de la provincia de Chubut. La protesta de un pueblo originario, su demonización y la chilenofobia a la hora de encontrar justificaciones a la desaparición del joven, son resonancias de otros hechos violentos sucedidos en la Patagonia: La Campaña del Desierto (1833-1834), emprendida por Rosas para empujar a los indígenas hacia la frontera con Chile fue sólo el comienzo; la Conquista del Desierto (1878-1885) ya mencionada, con la que se intentó exterminar a un pueblo “invasor” proveniente de Chile, cuando para los mapuches la tierra es de ellos y se extiende de mar (Pacífico) a mar (Atlántico); los fusilamientos de peones (donde también se utilizó el argumento xenófobo) durante las huelgas de 1922; la masacre cometida sobre dieciséis jóvenes militantes peronistas y de la izquierda, que permanecían presos en la cárcel de Trelew (1972)… Lo dicho, son ecos de un mismo discurso y un mismo accionar. Siempre están presentes los hacendados y los campesinos, los militares y los políticos, la represión armada y el tendal de víctimas.
Mientras una parte de la población mira hacia otro lado, los muertos suman y los poderosos siguen enriqueciéndose. Por suerte existen aquellos que se paran en la línea de fuego para oficiar de testigos para la posteridad. Son periodistas insumisos, curiosos y con el talento de encontrar, como un sabueso, dónde están sucediendo los hechos, esos hechos que se esconden en la prensa diaria.
04 julio 2017
Medici, Masters of Florence (serie)
Liliana Sáez
Para estar a tono con el Investigamos de este mes, dedicado a los personajes históricos, elegí escribir acerca de una serie que ha culminado su primera temporada. Médici: Masters of Florence es una coproducción de la italiana Lux Vide (La Biblia, Don Matteo, Anna Karenina), la británica Big Light, de Frank Spotnitz (The Indian Detective y The Man in the High Castle), y la distribuidora francesa Wild Bunch. Creación de Spotnitz y Nicholas Meyer, los ocho capítulos de la temporada fueron dirigidos por Sergio Mimica-Gezzan (The Last Ship, Salem).
La serie narra la historia de los primeros Medici de Florencia, cuando esta deja de ser una ciudad feudal para convertirse en una próspera comarca, donde los comerciantes de la lana se convierten en banqueros que desplazan a los dueños del poder político, conseguido a fuerza de títulos de nobleza e interminables guerras.
La primera temporada se centra en la figura de Cosimo de Medici (Richard Madden), quien va a instalarse en el centro del poder florentino, debido a la herencia recibida de su padre Giovanni (Dustin Hoffman), un comerciante que crea el primer banco de Florencia y la moneda más fuerte de la Europa durante los siglos trece y catorce, el florín de oro. Su éxito se debe a que estos “Masters of Florence” lograron ubicarse social y políticamente en el poder, gracias a su influencia en la economía de las arcas papales. Su origen no noble les permitió transformarse en prestamistas de gentes humildes para que pudieran acceder a pequeñas propiedades o el inicio de incipientes comercios y así independizarse de una casta que los arrastraba a las condiciones del feudalismo. Inevitablemente, los banqueros, tachados de usureros, se convertirían en los enemigos más encarnizados de las clases nobles y poderosas, representadas, en este caso, por Rinaldo degli Albizi (Lex Shrapnel).
Con continuos flashbacks que nos llevan veinte años atrás, asistiremos a los conflictos familiares, entre padres e hijos, por expectativas frustradas o amores inconvenientes. El asesinato de Giovanni será el hilo conductor de esta primera temporada y servirá para desvelar las intrigas familiares, políticas y religiosas que van a colocar a la familia Medici en el centro de la escena florentina, como bienhechores sociales y grandes mecenas artísticos, a quienes se les debe la transformación de Florencia en la capital artística del Renacimiento.
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