16 enero 2007

Happy Feet

Gracias al aniversario de kinephilos me he reencontrado con Raúl Bellomusto. Primero fue la Escuela. Después fue el Malba y la película de Welles. Luego un año muy largo y muy fructífero, donde el deseo de querer dedicarse a escribir sobre el cine se fue haciendo certeza. Ha publicado algunas de sus notas y ha dictado cursos de cine. Hoy está con nosotros en este espacio que cada día se va enriqueciendo más.
Bienvenido, Raúl.






¡QUE VIVA LA DIFERENCIA!
Raúl Bellomusto

Nativo de Queensland, Australia, el joven George Miller se convertiría en médico de profesión. Con el tiempo devino, casi por casualidad, en otra cosa. Para el solaz de muchos cinéfilos diseminados en el mundo, este buen señor se hizo cineasta. Claro que los médicos son más que necesarios, pero, ¿alguien (al menos en este blog) podría negar que los directores de cine no lo sean? El caso es que Miller se hizo famoso gracias a una película épico-apocalíptica titulada Mad Max, protagonizada por un tiernísimo y aún creíble –en todos los sentidos de ambas palabras– Mel Gibson. La acción transcurría en las desérticas carreteras de una Australia pre-nuclear y la trilogía (al fin las entregas fueron tres) funcionó de maravillas como parábola de la Guerra Fría (aunque la segunda y la tercera nunca alcanzaran la altura cinematográfica de la película inicial).

Con el transcurso de los años, Miller demostró una ecléctica producción y así pergeñó obras tan diversas como Las brujas de Eastwick, Un milagro para Lorenzo o la segunda entrega de la saga del chanchito Babe.

A ocho años de la última de las obras mencionadas, llega Happy Feet, primera incursión del australiano en el cine de animación. Los resultados son realmente asombrosos. Dueño de una evidente maestría para contar historias, Miller accede a esta forma de expresión de la mejor manera. Y aquel primigenio mensaje apocalíptico cuyo acento estaba puesto en la amenaza de una Tercera Guerra Mundial, última, definitiva, nuclear, a manos de las que entonces eran dos superpotencias (de las que hoy sólo queda una, al menos mientras escribo esta crítica), se ha convertido en otro preanuncio de una serie de eventos finales.

El mensaje ecológico está muy marcado en la historia de este pingüinito danzarín, tan afecto a apelar al “lado bueno” de los seres y de las cosas. Hoy el peligro no pasa por la falta de agua o de combustible como producto de la devastación provocada por una conflagración a gran escala, sino más bien por un mal en apariencia más modesto pero igualmente demoledor: el hombre como depredador de su hábitat. Y así el film plantea dos mundos, abiertos en sendas dimensiones: los animales que lo protagonizan y nosotros, los seres humanos, rebautizados como “alienígenas”. Miller conoce acabadamente los mecanismos de la puesta en escena y representa dichos espacios de manera diversa: donde hay animación por computadora en el reino animal, hay acción en vivo para los humanos.

Pero hay más. La tesis central de la obra descansa en el personaje de Mumble, nuestro pingüino protagonista. Él es diferente. Aún dentro de su especie y más allá de la distancia que lo separa de la humanidad. En la comunidad en la que habita, allá en el frío polar de la Antártida, cada pingüino sabe desde que nace que sólo logrará aparearse y preservar la especie si encuentra su “canción del corazón”. Pero Mumble no canta. No sólo no sabe hacerlo, sino que, más grave aún, no lo siente. Mumble, simplemente, baila tap. Y aquí nace otra línea divisoria que se inserta entre el orden establecido (personificado en Noah, el patriarca de la colonia y, en otra medida, en Memphis, el padre del protagonista) y un nuevo paradigma, desconocido hasta el momento: las cosas pueden cambiar, las personas (bueno, los pingüinos) pueden ser diferentes.

Como es natural, Mumble, acusado de mesiánico, es expulsado de la sociedad a la que pertenece. Y así se cruza con otros personajes que representan mundos desconocidos para él. Allí afuera las cosas sí pueden ser distintas y un bailarín puede ser bien recibido. Es así que conoce a esos adorables pingüinos (¿patagónicos?) de nombres y acento tercermundistas (Ramón, Raúl, ¡el pingüino Néstor! y Amoroso, el oráculo trucho con “onda Barry White”). Junto a sus nuevos amigos emprenderá el camino del héroe: Mumble desea encontrar a los alienígenas y apelar “a su lado bueno”. Allí la obra cobra tintes políticos y hay un momento crucial, el del contacto que establece el pingüino con los humanos. Ese contacto se da a través de una niña, una evidente toma de posición de Miller declarando que aún nos quedan esperanzas.

En tanto Mumble se ausenta, el status quo de la colonia no cambia y Gloria, su amiga, su amada, no halla a su pareja a pesar, vaya paradoja, de ser una excelente cantante (aún cuando Brittany Murphy, en la banda de sonido original, hace lo que puede con “Somebody to love” de Queen). El amor se va abriendo paso, como siempre, y la recompensa de nuestro amigo por contactar y concientizar a los alienígenas toma la forma de un futuro huevo.

Tengo que decir, a pesar de mi entusiasmo, que la obra se resiente un poco en su ritmo hacia la mitad del metraje. Aún así, cuando la película explota, explota la épica y aparecen sus mejores momentos (impresionante la persecución de la foca leopardo). Tal vez unos quince minutos menos la perfeccionarían, es cierto, pero tampoco hay una fuerte degradación. La faceta documental (más bien, epistemológica) de la película, en tanto, está estructurada a la perfección y quien haya visto el reciente documental La marcha de los pingüinos así lo podrá corroborar. Esto nos permite saber por qué las madres se van en busca de comida mientras los padres incuban los huevos (dicho sea de paso, el incidente del padre con su huevo lo envuelve en la culpa y lo confunde; pareciera que hay una explicación a las diferencias que demuestra Mumble, pero, ¿debería haberla?).

Las canciones están perfectamente colocadas y dosificadas, Happy Feet jamás se convierte en un pastiche del estilo de Moulin Rouge, por el contrario, no peca de posmodernismo y hasta podría considerársela como clásica en el estilo de narración elegido. Como elemento adicional, Nicole Kidman, a cargo de Norma Jean, la mamá de nuestro pingüinito, vuelve a demostrar que canta más que bien.

Mumble protagoniza la mejor película de animación del 2006 y una de las más atendibles en general, en un año bastante pobre. Que nadie lo dude: no hay que temer a las diferencias.

6 comentarios:

Liliana dijo...

He leído las opiniones más encontradas. Habrá que verla. Al menos, se juntan el musical y la animación y por lo que cuentas, el tema es bastante provocador. Volveré a comentarte una vez que la vea.
Un abrazo y nuevamente: bienvenido.

Raúl dijo...

Gracias por la bienvenida Lili!!!

Raquel dijo...

Recuerdos... :) "Las brujas de Eastwick" en el cine de verano, sesión golfa... algunos chistes visuales muy buenos... aquellos años... :)

juanmosquera dijo...

...desde que no sean de Arjona los pingüinos todo se agradece. No entiende uno en los Golden Globs como gana la carrera Cars, aunque sea obvio...

Tatiana dijo...

Ahhh, Latinoamerica como el reservorio moral de la humanidad. ¡Que vivan el pinguino Nestor y el pinguino Ramon!

monologuista dijo...

Fui estas navidades a verla con mis hijos. Es un gran musical, donde el ritmo se contagia fácilmente.