13 marzo 2007

Un asunto moral...

...en REGRESIONES DE UN HOMBRE MUERTO
Raúl Bellomusto



The Jacket no es una mala película. Por el contrario, tiene una historia atrayente y es visualmente interesante. Además posee un muy buen elenco, con el siempre eficaz Adrien Brody a la cabeza. Digamos entonces que si tuviese que escribir una crítica de esta obra, ésta sería elogiosa en su aspecto valorativo global.

Pero no se trata de eso. Se trata de dedicarme sólo a un momento específico del film. Hay una escena en particular que quiero desgranar. Y para mostrar lo que quiero mostrar, me es preciso reseñar. Que no se preocupe el lector poco afecto a que le develen el cuento: la secuencia que describiré es sólo el prólogo, la película luego va por un lado absolutamente diferente y de eso no voy a revelar absolutamente nada. Aclarado esto, prosigo: Irak; 1991; Guerra del Golfo. Planos teñidos del verde de los visores nocturnos se alternan con los de Bush padre hablando por TV. La banda sonora nos acerca un registro radial (de radio transmisor, no de radio receptor). Estamos inmersos en el fatídico video game que fue aquel conflicto bélico, quizás el primero tan mediático que nos tocó espectar. Y si a la vez, uno hace paralelos entre Bush padre y Bush hijo; Iraq 1991 e Iraq post 2001, bueno, se concluye en que nada ha cambiado en absoluto.

Luego la cámara se concentra en dos marines americanos. Uno de ellos es Jack, o Adrien Brody, el protagonista de la historia. En el teatro de operaciones hay ancianos y niños. Todo es gritos y confusión; profusión de lenguas, vanos intentos de comprenderse. El otro marine le dice a Jack: “¿Qué hacen ellos aquí?” (por los viejos y los niños). “No deberían estar aquí”. A lo que Jack contesta: “Nadie debería estar aquí. Nosotros no deberíamos estar aquí…”. Me detengo aquí para recalcar algo que desde la visión de la película surge como evidente, pero que aquí es necesario subrayar: la autocrítica a la intervención americana está resuelta mediante una mera línea de diálogo. Nada cambia en pantalla mientras Brody dice esta línea. No hay absolutamente nada que, desde lo visual, acompañe esta supuesta toma de posición (¿del director?). Pero la escena aún no termina. Un niño iraquí de unos doce años queda parado de frente a Jack; éste lo mira con ternura, casi podría decirse que con afecto. El soldado baja el arma y con ésta toda la guardia. Se entrega, sonrisa mediante, a la precoz figura que tiene enfrente. Entonces, el niño extrae un arma de sus ropas y sin mediar palabra alguna, en un rápido movimiento, apunta el arma a la cabeza del soldado, dispara y lo mata. Jack cae en un charco de sangre, la cámara lo toma en cenital, girando en 360 grados y luego bajando, describiendo un espiral cuyo vórtice serán los ojos inermes de la víctima. Nuevamente gritos y confusión y por corte neto pasamos a 1992, un año después del evento.

Antes de proseguir aclaro que no se trata de un flashback; el hombre muere y luego sigue protagonizando la película, vivo. De cómo va eso, bueno, que se encargue la propia película, ya dije que después de todo es interesante. No sé, véala.

Vuelvo a la secuencia que me interesa. Por si no quedó claro, el tratamiento formal dado a la intervención hablada de Jack difiere drásticamente del otorgado al movimiento asesino del pequeño iraquí. Lo que se había resuelto con una mera línea de diálogo se contrapesa con una situación eminentemente visual, dónde no sólo se muestra qué sucede, sino que la puesta en escena abandona toda intención de transparencia, la cámara establece un derrotero coreografiado que otorga un plus dramático a lo que estamos viendo. Como podrá deducirse sin esfuerzo, la brutal diferencia apalanca la cuestión moral hacia el lado del niño asesino. Corolario: los americanos “no deberían estar ahí”, pero, sin embargo, están librando al mundo de gente que mata sin razón desde pequeña.

Lo último puede ser cierto (aún cuando ciertos pueblos deban defenderse como sea del invasor), estamos acostumbrados a ver imágenes de niños armados en este tipo de contiendas. Pero insisto en el tratamiento formal de la escena para seguir sintiéndola como un asunto moral. Ese consciente y desigual contrapeso entre mera palabra e imagen extremadamente fuerte al que me refiero es casi una abyección.

Por suerte, como quedó claramente dicho, la película toma luego otro rumbo y se deja ver, tranquilamente. Sobre todo si la escena de apertura ya ha sido exorcizada en una crítica.

4 comentarios:

Liliana dijo...

A veces la introducción de una película es la película, lo que viene puede o no importar. Y si no, veamos "Full metal jacket" de Kubrick. Creo que la secuencia inicial es en sí misma un discurso completo. Lo que le sigue no alcanza el vuelo de esa primera parte.
No he visto The Jacket, pero por lo que cuentas, me pregunto si el resto de la película viene a "lavar" conciencias luego de la secuencia que describes. Porque en la línea del diálogo es autocrítica, con la escena del niño más que crítica es condenatoria (al menos, así me parece) o justificatoria.
Es curioso que al buscar fotografías de la película sólo encontré de lo que sigue, nada de ese preámbulo tan escurridizo.
Buena nota, Raúl.

Juan Cosaco dijo...

Buen comentario. La peli merece un pase, aunque no podemos esperar demasiado de un yankee (que no se apellide Moore, Penn o Robbins, claro)
Salud!

Raúl dijo...

Estoy de acuerdo contigo Lili. A veces hasta un determinado plano es una toma de posición que atraviesa toda la obra. Pero en este film, cosa rara, parecieran existir dos pelis (una corta, otra larga) muy distintas que sólo se unen por un débil hilo que bien podría, incluso, haberse obviado.
Gracias por tu apreciación. A mí me gustó ensayar una crítica completa de solamente una secuencia. Besos.

Raquel dijo...

Me despertaste la curiosidad por verla, Raúl. Un saludo