03 agosto 2007

La insoportable levedad del ser

(Gracias, Maestro!)
Raúl Bellomusto



Hay una toma de El séptimo sello que resume toda la filmografía de Ingmar Bergman. En medio de uno de sus repetidos coloquios con el caballero Antonius Block, La Muerte lo mira de frente. Nada raro, salvo por la formalidad adoptada por el Maestro. Esa toma está hecha en cámara subjetiva. Subjetiva de La Muerte: la muerte somos nosotros, está en nosotros, pequeños espectadores, finitos jugadores de ajedrez. Somos el cruzado y la muerte misma, somos mortales de nacimiento. Es natural, hay que admitirla. Y en un diálogo, ¿por qué no? el cineasta la resuelve en el clásico recurso del plano y contraplano.

Esa toma reduce toda la obra de Bergman porque Bergman nos representó desde ese lugar, desde el más recóndito rincón de nuestras almas que pide a gritos explicaciones, pruebas, alivio para nuestras angustias existenciales: ¿qué es la muerte? ¿Adónde vamos después de morir? Al cabo, ¿Dios existe?

Esa toma me estremeció, la comenté con mis amigos, nos incomodó en demasía. Nos ponía cruda y directamente en una posición demasiado pesada como para ser digerida a las apuradas. Obligaba a la reflexión. Nos transportaba, quizás, a la obligación en la que se veían, a su vez, aquellos soñadores setentistas que debatían “Bergman” en la calle Corrientes, los sábados por la noche o los domingos por la tarde.

Porque Bergman también era eso: apasionados debates, fuertes porfías, la placentera sensación de estar puestos a pensar. No era difícil el cine de Bergman, la vida es complicada. Y el cine es reflejo de la vida, es la toma de posición que el creador hace frente a ella.

La Muerte juega con toda la eternidad a su favor. Por eso ese cuadro medieval que obsesionaba a Bergman: La Muerte serruchando, tranquilamente, pacientemente, la rama del árbol adonde el aterrado juglar trepó para escapársele. Tanto lo marcó esa pintura que la convirtió en otra de las escenas de El séptimo sello. Hoy el Maestro fue alcanzado. Hoy La Muerte le dio jaque mate. Pero ahí está su obra, la verdadera prueba de la, tal vez, única trascendencia a la que podamos aspirar. El ejercicio de un arte puede serlo, nuestros hijos pueden ser nuestra obra maestra. Por allí habremos, o no, de trascender. Esto lo sabía sobradamente el gran sueco: por ese lado, señora Muerte, permítame decirle, con el debido respeto… que Bergman llegó a la meta y coronó.

Julio de 2007

5 comentarios:

Liliana dijo...

Claro que su cine no era difícil, pero su punto de vista era profundo y generalmente al salir del cine, sentías que se te movía el piso.
Largas charlas en La Paz, después de haber visto alguna de sus obras en el Cine Arte, en aquella primera vida mía, ¿cómo olvidarlo?
Gracias, Raúl, por poder expresar en palabras ese sentimiento hacia esta pérdida.

Raúl dijo...

Como te dije por otra vía Lili, gracias por el espacio para mi humilde desahogo. Sigo demudado por estas partidas. Pero el domingo veremos "Fanny y Alexander" en el "Cine Club" de los domingos, previa lectura de un cuento de Fontanarrosa. Nunca dejará de ser hora de estar con esos fantasmitas tan geniales. Un beso enorme.

jazznoize dijo...

¿Y antonioni?

Liliana dijo...

Yo no he podido articular palabras a partir de la ausencia de estos dos grandes maestros. Tengo un sentimiento de tristeza que debe parecerse al de la orfandad. Ya vendrán días para volver a ver su obra y tendrán las palabras merecidas para tan gigante legado.

cacho de pan dijo...

querida: de vuelta, entristecido por los que murieron, antes de entrar aquí colgué un post sobre mi amistad con bergman.
si al menos pudiéramos desearles una pacífica presencia en la gloria...