12 diciembre 2007

¿El cuento de su vida?

Liliana Sáez



Aunque los pormenores de su historia privada –las posibles causas de su suicidio– abonen el terreno de la especulación y del mito, Andrés Caicedo brilla con luz propia por su obra, que va más allá de la novela que viera publicada en vida:
¡Que viva la música!
“(…) ninguna Salsa le llega a usted entera, al final azota el llanto, quiebra el miedo, afloran las tristezas inexplicables. Conocí, traspasé la marea, las negras arenas, las difíciles armonías de uno con las melodías de la madrugada”.
Sus amigos y compañeros, Luis Ospina y Sandro Romero Rey, han realizado una selección minuciosa de una cantidad impresionante de manuscritos de Andrés Caicedo para darlos a conocer, cuidando la intimidad de su autor y dejando traslucir, en ese celoso cuidado, los lazos que los unían al joven escritor. Así publicaron:

Destinitos fatales

“(…) Lo que pasa es que desde hace un tiempo para acá me di cuenta que yo vivo mi vida montado en un globo, y el libro de Edgar (Allan Poe) me sirve de lastre. Lastre para no elevarme tanto, para no ir a parar a una región desconocida, habitada por gente que a lo mejor no me gusta, que no conozco. Además la persona que más supo de globos en el mundo fue mi amigo Edgar”.
Angelitos empantanados

“(…) Tuve que cerrar los ojos hasta que contara 3.
Luego los abrí y oí mejor el río. Un mango maduro que cayó a mis pies, alegre de mi presencia en el mundo. Lo recogí y me lo fui mordiendo, sintiendo las hebras que se quedaban prendidas en mis dientes de conejo, buitre anaranjado, corazón lleno de gracia, ave nocturna de corto vuelo, amor loco, amor profano, nunca en domingo, la escuela del odio, esplendor en la hierba, mis zapatos que avanzaban en la hierba sin cortarla ni doblarla, chicharras locas reventadas en la mitad del canto, matachicharras, dos policías que descansaban tirados debajo del ciruelo y se pusieron firmes al verme. Patroncito. Y yo en aquella mañana trataba de caminar despacio, de que el alejarse de mis pasos no me hiciera perder el sonido del río, la crecida que se pegó anoche. Yo levantaba la cabeza y miraba al cielo y al sol hasta contar 7 sin cerrar los ojos. Pedacito de principio (…)”.
Ojo al cine

“(…) Mi porción, mi pedacito de terror, irá cobrando expresión, no se preocupen. Hasta que llegue el día en que sirvan a la comunidad. En el que hagan un bien. Seguro. Por ahora mis cuentos, mis cosas, no los leen sino mis amigos. Yo soy feliz cuando ellos se ponen felices con lo que yo escribo. Y así la vida se lleva mejor, porque tampoco podemos ponernos a pensar todo el tiempo en el pasado. Aunque hay recuerdos que nos pasan por la cabeza y tenemos que quitárnoslos de encima como si fueran alacranes en la cara (…)”.
Y luego, en ediciones individuales:

El atravesado

“(…) María del Mar tenía tacones. Yo oí en el piso de arriba una puerta que se cerraba, tas, los tacones en el piso de granito pulido, claro: zapatos dorados de tacones en caso de que fuera bajita la niña, medias oscuras, rodillas redonditas, ¿la puedo seguir mirando sin quemi tía la pille? Tenía calzoncitos tan blancos, vestido traído de Miami, un par de senitos, unos hombros de descenso suave, bajó dos escalones más y le vi la cara: pequitas y nariz respingada, ojalá que tenga el pelo suelto. Pero no: otro escalón más y lo tenía peinado, empegotado, acabó de bajar las gradas y la vi mucho más bajita de lo que parecía estando arriba, pero qué importaba, voltió su cara y me miró, sus dientes: los de adelante grandes, de conejo, la frente abultadita, seguro cuando sonrió un poquito más fue que le vi la lengua, caminó derechito a mí, dos pasos más y estiró la mano, yo también tenía que… Chas. Lo primero que toqué fue la punta de sus dedos, y después la mano completísima, tan fría, entonces seguro abrí la boca, porque se me entró una mariposa amarilla que me bajaba por la garganta y el intestino grueso, lo más rico era cuando me revolotiaba en los riñones. María del Mar se ha debido dar cuenta porque me soltó la mano, creyendo que no aleteraría más, pero se equivocó: la mariposa no se me salió ni nada, y todavía, cuando hacen vientos buenos, cuando la noche no está nada de cansada pues la ambición descansa, yo la oigo revolotear de un lado a otro, chocar, juguetona, contra mis paredes, susurrarme cánticos de cuna tan antiguos como la primera cuna, arrumacarse en mi garganta y regalarme con su olor, dar perfume a mi nariz, emborrachar mi aliento”.
Y Noche sin fortuna

“(…) Fue sólo un escalofrío. No digo que haya sido la luna, no, ¿pero qué fue? Hubiera entrado corriendo a mi casa, sino fuera porque me gustó sentir el escalofrío: que estaba bien quieto y me movió todo, de arriba para abajo, con este calor que hace, que no se movía una sola hoja. Me hubiera gustado ir a contárselo a mi mamá,¿o dejarlo para más tardecito? Entrar a su cuarto a decirle que me hiciera el nudo de la corbata. Que me lo desanudé de una, sin ir al espejo ni nada, y con la corbata en la mano fui y le toqué su puerta. Si no me abres me corto las venas”.
Este año apareció un librito con una de las imágenes menos conocidas de Andrés, tomada por Eduardo Carvajal, el autor de casi todas sus fotografías divulgadas, que se titula El cuento de mi vida, y que reúne, heterogéneamente, en cinco capítulos algunas páginas inéditas de su diario personal y un par de cartas íntimas. Es una edición a cargo de una de sus hermanas, sin la participación de aquellos "buenos amigos”.

En el libro hay un texto bellísimo…, atormentadoramente bello, titulado “Silvia”, que conjuga la mirada bucólica de la región del Cauca, donde Caicedo solía pasar algunas temporadas, con los demonios internos del escritor.

La descripción del paisaje se desgrana en las primeras páginas del relato, y una vez que el lector se siente ubicado en un ambiente agradable, donde sopla la brisa, el aroma lo envuelve y se siente acompañado por el rumor del río y el canto de los pájaros, nota que el aire se enrarece, infectado por el tormento interior de quien hace unos minutos disfrutaba del entorno. Esa sensación de profanación del ambiente puro con el de sentimientos tan encontrados, nos ubica frente al Andrés Caicedo que ya conocemos.

El texto, técnicamente impecable, se va contaminando, poco a poco, por los signos de frustración, de malestar, de inconformismo... de un muchacho urbano que no encuentra su lugar en ese espacio perfecto, porque quizá esa perfección es obscena para un joven que se siente viejo, para un chico que ya ha agotado la posibilidad de la sorpresa, para un niño que ha crecido de golpe, para alguien que piensa que “vivir más de los veinticuatro años es una insensatez”…

“(…) Fui recobrando ánimos para la capacidad de emoción, mientras frente a mí, ante el crepúsculo, el aire se iba pintando de colores aguerridos y las nubes borboteaban con sus más bellos tonos, en esa alocada carrera hacia la noche en la que los elementos se visten de fiesta para celebrar toda la buena actividad del día, y prepararse al justo repliegue de sus funciones en nombre de la oscuridad pretérita. Maravillado, dejando correr mi vista por esa conmoción, descubrí la uña de la luna nueva sobre la porción más azul del cielo. Señal, tal vez, de que mis juegos se avivan de nuevo”.
El texto es un nuevo descubrimiento en la obra de Caicedo y, nada más que por eso, ha valido la pena la publicación de El cuento de mi vida. El resto del contenido nos habla de un Andrés demasiado íntimo para ser público. Demasiado sincero para darlo a conocer a quienes seguimos su obra. Realmente, da pudor leer esas frases donde habla de la relación con su madre, o donde, entrelíneas, surgen posibles “culpables”, aún vivos, no sólo de su tormento interior, sino de su coqueteo y conquista de la muerte.

El cuento de mi vida es un libro inoportuno, que viene a abonar aún más el mito de Andrés Caicedo, cuando se lo está descubriendo, fuera de las fronteras de su Colombia natal, como el talentoso autor que es. Su obra es prolífica y rica, válida en sí misma. No necesita de los entresijos íntimos que hacen más vulnerable la solidez que viene cobrando su obra, gracias a los oficios de “aquellos buenos amigos”, que no sólo lo conocían en su interioridad, sino que cuidaron amorosamente al ser que hoy no puede defenderse.

11 comentarios:

Liliana dijo...

Los textos fueron seleccionados al azar de los distintos libros que han llegado a mis manos gracias a Leonardo, Cristhian, Carlitos y Daniel...(en ese orden los fui recibiendo), que han envenenado mi curiosidad por AC.

georgina dijo...

ay Liliana...no tenés ni idea de lo que es leer ésto. En medio de este mundo demasiadas veces asqueroso, encontrase con alguien como vos que piense largo, es...un placer, un reconfort...Está medio de más después de ésto decirte que estoy de acuerdo pero mirá, por las dudas: estoy de acuerdo.

Un abrazo y un beso.

Alfredo Escalante dijo...

Gracias por tan buen comentario..! recuerdo a Andres Caicedo en aquel buen libro que me regalaste! que bueno !! y lo que he podido apreciar en este que comewntas...es como la Musica!...bien Heavy!! saludos y gracias por este "otro" regalo!! que estes bien!!
Alfredo Escalante.

Jazznoize dijo...

Otro genio a conocer, gracias por ampliar horizontes de rojo sol

Liliana dijo...

Gracias por sus comentarios, queridos amigos. Un abrazo para cada uno de los tres.

cacho de pan dijo...

paso por el post de d.arbus -no ví esa película; respeto demasiado a esa mujer y todo en este producto olía mal- y caigo aquí, con esta maravillosa foto de caicedo -a quien, si no me equivoco, me lo hiciste conocer tú- y me digo: sigo sin haber leído nada de él: un recuerdo más traspapelado entre los miles de "debería hacerlo".
Sería para discutir cara a cara, y tal vez el libro no se merezca haber visto la luz, pero soy partidario de que los secretos se ventilen si son veraces, si agregan algo a una vida tan corta e intensa.
Vuelvo a la foto: un precioso chico con un balón invisible bajo el brazo, ¿protegiendo o señalando? su masculinidad.
Tengo que hacerme con sus libros.
beso.

Liliana dijo...

Me parece que te gustaría su obra. El mito es otra cosa... crece y crece... ha opacado a los compañeros de su generación, pero a la vez, le ha dado un lugar a esa generación y ha llamado la atención sobre ella. Andrés Caicedo no está solo. También están Luis Ospina y Carlos Mayolo descollando en ese Cali setentoso. Ambos con una obra madura y constante. Está Sandro Romero Rey que ha estudiado la obra de Andrés con fervor, y debe haber más... sólo que su obra (la de todos ellos, Caicedo incluido) no sale de las fronteras. Me pregunto por qué.
Un abrazo (y si no tienes pruritos en leer una copia de ¡Que viva la música! en pdf, te la mando. Es copia virtual, pero ¡qué se hace cuando no te venden la física?

cacho de pan dijo...

acepto, por supuesto!
todo un regalo de nadal...
besos

Anónimo dijo...

Acabo de abrir un blog. Me gustaría que se acerque a él.

http://henacidoenbuenosaires.blogspot.com/

Carlos Alberto Espósito.

Raquel dijo...

Como tú estás envenenando la mía, Liliana, :)
Felices Fiestas, amiga. Un beso.

Chava el soñador dijo...

Hola Liliana

Estoy iniciandome en la lectura de Andres y me interesa el libro "que viva la música" en formato PDF, crees que podrías mandarmelo también a salvadolfo@gmail.com

Te lo agradecería enormemente.

Saludos desde México