22 octubre 2006

La dama en el agua (tercera y última parte)

Andrés David Aparicio Alonso




III. The Cookbook

El intento de cada ser humano por reconectarse con su dios personal, a través de la exaltación de la propia naturaleza divina, es parte inherente de nuestra naturaleza. Cada época tiene su lenguaje para describir e intentar comunicar la experiencia acumulada en este proceso. En algunos casos sobrevive parte de ese lenguaje hasta nuestros días, enriquecido por años de acoger significados adicionales. Los cuatro elementos de la antigüedad (agua, aire, tierra y fuego) siguen apareciendo -con intención o sin ella, ocultos o no- dentro de las nuevas historias. Esta película no es la excepción. Tres de ellos están representados de forma más o menos obvia, mientras que el último, relacionado directamente con el tema del propósito, permanece oculto.

El primero y más evidente es el agua. Es el mundo azul origen de Story, es la ninfa misma. Además de fuente de vida y sabiduría también es nuestro elemento base. Representa el lado intelectual con emociones refinadas, el cuerpo que está más allá de la tiranía de la carne y lo animal. En la historia su opuesto es la tierra, también corporal pero irracional y de impulsos básicos. Su motor principal es el instinto, las reglas impuestas. Los Scrunts deben perseguir a las ninfas, Tartutic debe velar por el orden natural. No tienen opciones, están programados para eso. Su propósito está determinado absolutamente y no pueden desviarse de su camino. Story también tiene una misión bien determinada pero el nivel de libertad del que goza es mayor. Ella puede equivocarse por una mala decisión mientras que los monstruos simplemente fallan. Agua y tierra son los elementos que podríamos llamar pesados, relacionados con el cuerpo y los orígenes. De cierta forma son lastres que deben superados sin ser olvidados.

Después están el aire y el fuego, más ligeros, relacionados con el espíritu y su trascendencia. El primero está representado por el Gran Eatlon, el águila que llevará a Story de vuelta a su mundo. Hay ecos de Gwaihir, el águila que libera a Gandalf de su encierro en la Torre de Saruman y rescata a Frodo con Sam en la ladera de la Montaña del Destino. En ambos casos es el aire personificado por una gran ave cuya misión es transportar a los héroes a un lugar seguro. Se nos presenta como un elemento externo que nos envuelve y mueve desde afuera. Falta el fuego, que por equilibrio de la historia debe estar contrapuesto al aire. Es decir, debe ser un elemento interno que nos llena y nos mueve desde dentro. Es la llama que nos impulsa a decidir, a actuar y a intentar ir más allá. Se identifica directamente con el propósito y en este sentido es el otro elemento protagonista, el oculto. Como el aire, representa la trascendencia pero en este caso es trascendencia activa de los seres humanos mientras que el aire es la trascendencia pasiva de las ninfas. Story es transportada de vuelta a su mundo mientras que Cleveland y los demás transportan su mundo hacia el desconocido futuro.

Además de las parejas agua-tierra, aire-fuego que simbolizan cuerpo y espíritu están las parejas formadas por la disposición clásica de opuestos: tierra-aire, agua-fuego. La primera representa el proceso de avance a través de la pasividad y la falta de libertad. En la tierra están los Scrunts que no tienen opción, en el aire el Gran Eatlon que es simple vehículo. La segunda es el mismo proceso con un mayor grado de libertad y actividad. Story decide revelarse a Cleveland porque le parece lo correcto, Cleveland siente el impulso de ayudarla y así la historia se mueve hacia su conclusión. Estas dos parejas (que se oponen una a la otra) también pueden ser leídas como una secuencia de aumento en el grado de libertad: la tierra, los instintos inevitables; el aire, vehículo condenado a ir y volver; el agua, el poder de decisión sobre un propósito definido; el fuego, motor y propósito en si mismo.

El mundo es mágico, nos dice la historia, pero el verdadero poder lo tienen los seres humanos. Es un poder simple, que usamos a cada momento y no nos damos cuenta. Es el poder que justifica la trascendencia del hombre más allá de los seres mágicos, es el que procede de la libertad de nuestro fuego interno, es el que nos permite explorar todas las posibilidades y el que nos regala tanto lo sublime como lo perverso. Es la capacidad de perseguir un propósito, impuesto o no, por decisión propia. Toda la historia, en todos sus niveles, nos habla explícitamente del propósito. Es el protagonista visible pero, igual que en la relación agua-fuego, hay otro protagonista oculto. El libre albedrío, máximo regalo y máxima maldición. Shyamalan parece decir entonces: la dirección la ponemos nosotros, la paz que anhelamos depende de nosotros, la claridad es nuestra.

3 comentarios:

Liliana dijo...

Has guardado para el final, para esta tercera parte, lo más rico de tu interpretación.
La lectura que has hecho de esta película es profunda y minuciosa.
Realmente, cuando la vi me gustó muchísimo, aunque hubiera cabos sueltos, aunque no todo cerrara perfectamente. Ahora que te leo, la disfruto doblemente. Gracias.

Cecilia dijo...

La solidaridad
La inspiración
El elegido
El futuro
Los ojos sabios del niño
La misión que tenemos
La soberbia que no ve más allá de sus ojos
La violencia
La pureza
Lo aparente no es lo real

Eso y mucho más es LA DAMA DEL AGUA.
Me gusta tu interpretación.

Pablo dijo...

Ayer vi, por fin, "La dama en el agua", reacciones encontradas me ha producido esa cinta. Por un lado, si bien Shyamalan apunta a esa parte de los humanos que ha perdido u olvidado su capacidad de creer en cuentos fantásticos, convirtiéndose en un ser muy muy básico, o peligroso, como lo señala la figura del hombre que ve la tele donde constantemente se habla de la guerra; hay toda una declaración de principios, también, en el personaje del crítico de cine, el único que es víctima real del "bicho malo", por atender -y entender- un arte, el cine, sin el menor entusiasmo y de manera odiosa y cerebral.
Con respecto a lo primero, las reacciones, de rechazo y aburrimiento, del poco público en la sala, confirma precisamente la crítica frontal del director al hombre actual. Incluso en mí, en algún momento, casi llego a pensar que buena parte del film es una tomadura de pelo, y hay entonces que sobreponerse a esta sensación, si uno debe evitar despacharla de un plumazo (no vaya a ser que llegue un scrunts y me coma a mí también). Lo mejor del film, sin duda, es la presencia de Paul Giamatti, fundamental en el sostenimiento del ritmo de la historia, sumamente divertido cuando tiene que hacer el papel de niño ante la madre coreana. Lo que pasa es que tanta bondad a su alrededor da algo de escozor.