17 setiembre 2006

El ojo de la vaca

Aún espero que Julio Medem estrene un film de la talla de Vacas, y aunque casi ha llegado a sorprenderme con sus películas posteriores, todavía ansío ver una obra suya que me maraville tanto como su primer largomentraje. Comparto con ustedes una nota que escribí hace mucho, cuando Vacas me subyugó.
LS




VACAS

La saga de los Mendiluze y de los Irigibel le permite a Julio Medem desarrollar un discurso en torno a la realidad vasca, a través de un lenguaje singular y emotivo, que se lleva a cabo mediante una historia desarrollada entre la segunda guerra carlista (1875) y la guerra civil (1936). La primera característica que vemos en Vacas es su nacionalidad, debido a la descripción de unos personajes y lugares que contienen la esencia de la mitología vasca. Con una estructura episódica, el largometraje es un muestrario de la psicología de unos seres soñadores que encuentran en su limitado espacio aire para vivir y soñar. Personajes creíbles por lo esencialmente humanos, por sus amores, sus miedos, sus celos, sus locuras, sus debilidades, sus enterezas, sus ganas de vivir, sus deseos de soñar, su necesidad de ser queridos.

La vida rural moldea caracteres ásperos y relaciones truncas, ya que la familia se convierte en una sociedad cerrada. Las rivalidades vecinas y/o familiares son situaciones catárticas frente a la rutinaria vida de los campesinos, cuyas horas transcurren entre hierbas y silenciosos animales, adquiriendo estos últimos el rol de testigos mudos de represiones, insatisfacciones y sueños frustrados. Esos seres hoscos no conocen la solidaridad. Desarrollan necesidades egoístas que tienen como principal característica un amor propio desmesurado y, a la vez, una férrea inflexibilidad en los afectos. Esa aridez de los caracteres, dada por el entorno físico y social en el que se mueven los personajes, adquiere su mayor expresión en el deporte que practican Ignacio y Manuel. El hacha, como instrumento, y la madera de los troncos, como objeto, dan el carácter brutal a la relación catártica de estos seres en un deporte que consiste en asestar el hacha en el tronco, tantas veces y con tanta fuerza como sea necesario para partirlo. El plano utilizado por Medem, en este caso, es un picado sobre los pies del aizkolari, entre los cuales el hacha cae con violencia, sugiriendo el peligro latente de un accidente.

El enfrentamiento entre Ignacio Irigibel y Juan Mendiluze no es únicamente deportivo. En la competencia se pone en juego algo más que la destreza con el hacha o la velocidad para partir los troncos. Se trata de saldar una vieja cuenta, la de la cobardía de Manuel, además de tratar de marcar/sortear una barrera impuesta frente a la pasión que alimentan Ignacio y Catalina Mendiluze. Medem utiliza la fantástica posibilidad de un acercamiento entre los amantes, al dispararse una astilla del tronco herido por Ignacio para rodar por el aire y encestarse en el bolsillo del delantal de Catalina. Declaración pública metafóricamente amorosa que inicia una guerra vecinal y un despecho en el hogar.

El ojo de la vaca, testigo mudo de la cobardía de Manuel, es tan profundo como el ojo de la cámara que luego Peru –el hijo ilegítimo de Ignacio y Catalina– roba a los fotógrafos, y sirve, a la vez, para reinterpretar lo mirado, lo visto. Medem utiliza en dos o tres ocasiones una especie de leit motiv, por el cual la cámara se acerca al ojo (de la vaca, de la cámara) y se hunde en una oscuridad abismal para luego redescubrir un universo que, de otra manera, sería trivial. Este leit motiv es, a la vez, comentario cómico y crítico acerca de Manuel, de su comportamiento, de sus desvaríos y, sobre todo, de su largamente arrastrado cargo de conciencia.

La cobardía de Manuel encuentra en la locura la única salida posible. Sin embargo, la pintura le ayuda a expresarse, mostrando su universo, en el que solo hay cupo para sus nietos y las siempre presentes vacas. El crecimiento de los niños se lleva a cabo de la mano de este viejo que se halla lejos de las pasiones que se desencadenan entre su hijo, Catalina y Magdalena (la esposa de Ignacio) y Juan. El viejo y los nietos se aíslan en el bosque, y la locura de Manuel da lugar a la fantasía de los niños, quienes intentan crecer lejos del egoísmo y la represión casera. La presencia de las vacas en este universo no es gratuita. Se trata de una realidad propia del ruralismo vasco. Son una fuente de ingreso concreta. En el caso de Ignacio, un medio de superación económica y en el de Manuel son un ícono, mudo testigo de su debilidad.

El bosque que separa el caserío de los Mendiluze del de los Irigibel se convierte en un protagonista más. Es el sitio donde Manuel y sus nietos pasan largas horas, recogiendo setas, paseando las vacas, viendo los animalitos y las plantas que los pueblan. Testigo del crecimiento de los niños y de su despertar sexual, el bosque es refugio y hogar. Sin embargo, el componente fantástico también está presente. El “agujero”, espacio subterráneo, está rodeado de moscas e inspira miedo. Allí van a caer los restos de Pupille y es el sitio que aterroriza a Peru, cuando Juan se desquita con él su frustración por la huída de Catalina. El bosque también es el lugar de encuentro de los amantes ilegales, Ignacio y Catalina, y de muerte, cuando llega la guerra. Las diferentes características que rodean el lugar son efectivamente subrayadas por Medem, haciendo uso de la música, de la fotografía y de los elementos fantásticos con los que cuenta la película: el tono oscuro y el zumbido de los moscardones rodean el agujero; una brisa suave y un sol cálido acompañan al viejo y a los niños; un viento fuerte y la luz de la luna bañan a los amantes; el hacha vuela con violencia, como especie de boomerang que une a Ignacio y a Catalina, peligro y placer sugieren una relación intensa.

Medem utiliza todos estos elementos con gran maestría, brindando una obra cálida y auténtica, unos seres creíbles, totalmente humanos, miserables y queribles, que no están nada alejados de una realidad concreta. El desarrollo de los personajes es desigual, aunque la estructura de la película no se vea afectada por ello. La cámara de Medem es ágil y elocuente, permite comentarios acerca de sus personajes y situaciones. El humor no está ausente, aunque el sentido de lo trágico, por momentos, domine la trama. Los sonidos apoyan elocuentemente situaciones y sentimientos. Los personajes se desarrollan liberados de esquematismos pesados y fluyen casi espontáneamente. No hay situaciones forzadas, y si se acerca en algún momento a ello (el desmayo de Cristina, por ejemplo) logra resolverlo gracias a la estructura episódica, ya sea incluyendo un intertítulo y planteando una elipsis, o utilizando el carácter desequilibrado de sus personajes, en un sentido creíble. Medem desarrolla un discurso lúcido, regional, comprometido con una realidad y una mitología propias, planteándolas con un lenguaje coherente, ágil, novedoso y desprejuiciado.

Liliana Sáez

Publicado en Encuadre nro. 44-45, Consejo Nacional de la Cultura, Caracas, diciembre 1993, pp. 109-110.

2 comentarios:

Vigi dijo...

Me encanta este filme, lo he visto un par de veces, tb lo tengo en DVD, así que lo veré de nuevo.
Medem, como seguramente sabes, es muy criticado en España, y creo que injustamente, porque es de los pocos que tiene un cine propio, un sello personal.
La casualidad como eje de sus películas y de los romances que en ellas se desarrollan me recuerdan mucho a las novelas de Ernesto Sabato, los agüjeros, la forma de cerrar las pelis (historia circular), la muerte, el miedo, personajes que huyen (Lucía y el sexo o Los amantes de Círculo). En definitiva, cine de autor.

Liliana dijo...

Además de todos los elementos que citas, me fascina de su cine el protagonismo que le da al paisaje, a los entornos (el bosque en "Vacas"; el mar en "Lucía y el sexo"...). En eso noto cierta semejanza a los ambientes de Roeg (Eureka y Castaway, especialmente).
Es cierto que quizá sea subvalorado, pero Medem tiene con qué sorprender, sólo que no sé qué está esperando.