28 septiembre 2007

The winner is…

LA HISTORIA OFICIAL (1985)
Marcela Barbaro



Rever una película estrenada en la década del 80 y ganadora del Oscar a la mejor película extrajera como La historia oficial, fue el leiv motiv para repensar su éxito tras aquel auge que la invadió desde su aparición. El valor que se le otorga a una obra cinematográfica depende de muchos factores: la marca autoral, el tema que aborda, la estética audiovisual que utiliza, el guión, el contexto histórico en que fue recibida, etc. Y su posterior éxito o fracaso también dependerá de esas premisas. Tras haber pasado más de veinte años, toda revisión queda descontextualizada, y eso también influye, aunque no del todo en su apreciación. Vale decir, que si verdaderamente es una obra artística, los años la añejarán brindándole ese sabor agregado que la hace más rica y hasta más importante y, sino lo fuera, pasaría lo contrario.

¿Por qué fue premiada con el máximo galardón con que se premia al cine? Independientemente que descrea sobre los premios como sinónimo de calidad artística, hubo sobradas muestras del subjetivismo, poco ecuánime e injusto, a la hora de repartir premios. Además, que Hollywood, sinónimo del monopolio visual y político ejercido por Estados Unidos sobre el resto del mundo, destaque un film sudamericano que hablaba en contra de la dictadura, no fue muy usual que digamos...

El film se sitúa en marzo de 1983, aún el gobierno democrático presidido por el Dr. Raúl Alfonsín no había asumido la presidencia; recién lo haría en el mes de diciembre. A esa elección, la antecede un período histórico de dictadura que comenzó en 1976. En ese marco histórico, Roberto (Héctor Alterio) es médico y Alicia (Norma Aleandro) es profesora de historia. Al no poder tener hijos, adoptaron a Gaby. La ansiedad de la maternidad cegó a Alicia contra todos los pesares que estaban sucediendo a su alrededor, sobre aquello que le sucedía a la gente de su país. Ella vivió esos años como un pasaje anacrónico sin preguntarse nada, porque el dolor a saber sería una pesadilla. Hasta que una serie de sucesos la fueron despertando: el regreso de Ana (Chunchuna Villafañe) su mejor amiga, tras un exilio obligado luego de haber sido liberada de un campo clandestino de detención, del que relata las vejaciones que allí se cometían con mujeres que estaban dando a luz a sus hijos y que luego les eran expropiados; el leer los titulares de los diarios locales denunciando la desaparición de bebes; como así también tener que presenciar las constantes manifestaciones en reclamo de familiares que tampoco aparecían. Todo se transformó en un cataclismo de incertidumbres internas que llevaron a Alicia, por vez primera, a preguntarse sobre la procedencia de su hija. A partir de allí, comenzará una búsqueda desesperada y angustiante por construir la real identidad de su pequeña Gaby, sabiendo que sus verdaderos lazos sanguíneos también estaban buscándola y que, con derecho legítimo, la amaban y deseaban tanto como ella.

A partir del advenimiento de la democracia, el cine pudo hablar sin tiras negras en la boca. La historia oficial fue una de las tantas películas que abordaron un tema tan oscuro y nefasto, en un momento aún tibio en las conciencias y en el sentimiento colectivo de lo que fue aquel período. Eran tiempos donde se le daba paso a la denuncia de manera abierta y explícita. Entonces, ¿Cómo no iba a tener buena recepción dentro de un público harto sensible y otrora oprimido? Descartando a la crítica especializada, ¿qué importancia se le iba a dar a su buen o mal manejo narrativo, cuando el peso de la historia, en ese momento, sobrepasaba lo estético y el buen uso del lenguaje audiovisual? Con buenas interpretaciones más el otorgamiento de la máxima distinción que se le pueda dar a una película, nada podía opacar tamaño éxito, que sin duda aumentaba el ego y el sentimiento nacional. La historia oficial fue como un antes y después en nuestra cinematografía, como en las carreras de Alterio y Aleandro. Y aquí es donde haría un paréntesis con el tema de la película, el cual rescato y respeto, para verla un poco más por dentro.

Bajo la dirección de Luis Puenzo y con el guión co-escrito con la talentosa Aída Bortnik, la película no se logra apartar de algunos vicios narrativos de un viejo y mediocre cine nacional. Reaparece el “debate” estudiantil llenándose la boca con las ideas progresistas de Alberti o Moreno, que no sólo suenan utópicas sino que intentan contagiar un idealismo descreído; también se recae en escenas que pecan de costumbristas como en casa del padre de Alterio, casualmente un anarquista, desilusionado en tener un hijo que se codeaba con la derecha. Toda la película se tiñe de conceptos ideológicos maniqueos que recaen no sólo en el discurso del anarquista sino en la figura de su otro hijo (Hugo Arana), un típico exponente de una clase media venida a menos, opuesto a su hermano mayor, y también sobre el profesor de literatura (Patricio Contreras) en oposición a la conservadora profesora de historia que aprendió a mirar a su alrededor gracias a las abuelas de Plaza de mayo. Con un final metafórico y nostálgico, el film llega más por el “qué” se cuenta que por el “cómo” se lo muestra.

Ante ciertas circunstancias históricas el cine puede ser un medio de comunicación más que adecuado para sacar a la luz temas insondables con una buena intencionalidad, pero por otro lado, hubo quienes lo utilizaron con fines más oportunistas aprovechando el uso de golpes bajos para cautivar a las plateas sensibles. Sin duda, la utilidad y los fines que se le den al cine, será cuestión de la ética del autor, que tarde o temprano podrá ser más o menos comprobable.

Estimo que esta nota, que se asomó al pasado, no sacará a la luz la verdad sobre aquel éxito ni responderá a muchas inquietudes que aún me subyugan. Lo que sí es certero, es cómo las circunstancias adyacentes ayudaron a sostener la permanencia de La historia oficial en nuestra memoria y en los anaqueles de la cinemateca argentina.

4 comentarios:

Liliana dijo...

Esta es una de esas películas que tienen el rótulo de valientes por haberse atrevido a tratar un tema que era una herida muy fresca en la sociedad. Creo que ese es su mayor valor, más allá del premio oportunista. La vi cuando la estrenaron y algunas veces más. Y lo que saco en limpio cada vez que la recuerdo son dos cosas: que la historia que se enseña en los colegios es la oficial y que el tema de esta película debió haber incomodado mucho a quienes fueron cómplices conscientes o inconscientes de esa terrible dictadura que vivió nuestro país.
Hay veces que el fin justifica los medios (quizá el Oscar fue el medio para que se diera a conocer internacionalmente el problema del robo de los chicos por parte de la dictadura).
En este caso, creo que La historia oficial cumplió un papel útil.

cacho de pan dijo...

creo que es válido repensarse una película de este tipo, aunque partiendo de lo que es -narración de una historia con caracteres muy precisos que encubren en realidad las diferentes posiciones posibles frente a un mismo hecho- y no de lo que podría haber sido.
yo la ví en europa y me alegré de que se hubiera hecho, también del premio, importantísimo, que recibió en aquel momento, cuando casi todos callaban.(Ponerse a discutir si el nobel o el oscar son válidos no tiene sentido: existen y son muy reconocidos. Todo premio es arbitrario según de donde se lo mire)

Marcela Barbaro dijo...

Todo tiene sentido, nada es arbitrario y discutir es válido también. La nota va más allá de ese premio...

Raúl dijo...

No puedo negar la impresión que me produjo a la primera visión. Pero pasó el tiempo y no soy el mismo. Y la peli tampoco...