30 julio 2006

Los imprescindibles: G

En estricto orden alfabético:

...de GANCE: Por su gran audacia al proyectar Napoleón en tres pantallas a la vez, para lograr lo que se denominó polivisión.

... de GETINO: Porque junto a Solanas hizo, si no la más importante, una de las más trascendentales películas argentinas: La hora de los hornos fue para mí (y para mi generación) una revelación, una manera de decir y participar en la realidad que no tenía precedentes en el cine visto hasta entonces. El cine como arma, el cine como conciencia. El cine protagonista. Además, Gettino ha escrito invalorables libros sobre el cine latinoamericano y argentino.

...de GILLIAM: Ante todo, por ser parte de ese grupo genial que fue Monty Python; por Brasil, una de las películas más opresivas que he visto; por la magia de Las aventuras del Barón de Munchausen; por las carcajadas que me provocó Los caballeros de la mesa cuadrada (codirigida con Terry Jones), la ternura de El pescador de ilusiones, la vuelta a la infancia con Los héroes del tiempo y la locura de Doce monos. Si existe un director creativo, que ha probado todos los géneros y su huella permanece en cada una de sus películas, es éste.

...de GLEYZER: Uno de los cineastas desaparecidos por la dictadura que implantó el terror de estado en 1976. Recuerdo haber visto Los traidores, una denuncia contra la burocracia sindical, a escondidas en un aula de la facultad.

...de GODARD: El maestro. El que viola todas las convenciones, justamente porque las conoce como nadie. El más moderno, intenso, intelectual de los cineastas actuales. Mis preferidas: Sin salida, Alphaville, Una mujer es una mujer, Vivir su vida.

...de GÓMEZ, Manuel Octavio: La única película que vi de este director es La primera carga a machete, en la sala de la Cinemateca venezolana, cuando hacía las veces de aula para Cinematografía II. Mis ojos quedaron absortos, mi mente obnubilada. Pensé en ese entonces: si hiciera cine, querría hacer algo así.

...de GORETTA: Sólo por una película, donde vi por primera vez a Isabelle Huppert, tan frágil y tan vulnerable, desde entonces una de mis actrices preferidas. El film: Amantes (o La encajera, o La dentelliere), de una sensibilidad extrema.

...de GREENAWAY: Para mí, palabras mayores. Este director suscita sentimientos encontrados. Hay quienes lo aman y hay quienes lo odian. Yo lo amo. Por sus puestas en escena, por la elección de sus actores, por sus historias tan extremistas, por todo el exceso del que es capaz y por su sensibilidad estética en la composición de cada cuadro. Las que no me canso de ver: El contrato del dibujante, El vientre del arquitecto, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante y Escrito en el cuerpo, pero también Z00 (Una zeta y dos ceros) y Conspiración de mujeres (Ahogados por número)...

...de GRIERSON: por sus documentales y su posición frente a un cine que intentó movilizar a sus espectadores para provocar un cambio social.

...de GRIFFITH: Porque sí, porque tuvo en sus manos una cantidad de piezas sueltas y logró combinarlas de tal manera que pudo escribir con sus planos y con la iluminación historias que eran narradas de una nueva manera. Porque descubrió para el cine una narrativa propia, a partir de la cual ya se podría hablar de lenguaje cinematográfico. Casi nada. No puedo olvidar Intolerancia ni El nacimiento de una nación, ni los innumerables cortos que visioné durante mi carrera.

...de GUTIÉRREZ ALEA: Me gusta muchísimo Memorias del subdesarrollo, esa visión del intelectual que sigue el pulso de su ciudad, de la gente, de los problemas sociales y políticos que la trastornan. También La muerte de un burócrata, La última cena y Fresa y chocolate. Me atrae su compromiso con una revolución de la que es partícipe. Me gusta de ese compromiso su mirada crítica.

... de GUTIÉRREZ ARAGÓN: Por Habla mudita, una película que vi hace añares y que no he olvidado. Es sencilla, pequeña, eso... inolvidable.

...de GUZMÁN: Por su compromiso político plasmado en una obra casi monumental: La batalla de Chile.

Como siempre, deben faltar algunos. Y como siempre, he dejado afuera a los desconocidos, a los que no me llegan y a los que considero intrascendentes.

Liliana Sáez

24 julio 2006

Ana y los lobos

SAURA Y ESPAÑA
Marc Jardí


Ana cambia de espacio, llega de un bosque frondoso hasta una casa en una parcela árida. Con este simple cambio espacial, Saura nos indica todo lo que nos espera dentro de esa casa: algo viejo, seco, atemporal. Según mi entender, una casa llena de suspense.

A Ana le conoceremos viendo los elementos que guarda en su maleta: ropa, música, libros y un pasaporte lleno de sellos. Ni una palabra.

Y el suspense crece, de tal manera que Los otros parece una película cómica al lado de Ana y los lobos, desde luego, la película de Amenábar lo es, una comedia, un chiste. Qué raro... Saura no utiliza la oscuridad para crear suspense, parece sincero, el suspense llega de las entrañas, del desconocimiento, de una realidad que está a nuestro alrededor. El suspense de Saura no llega de los soniditos a todo volumen que buscan un susto rápido y estúpido, no se utiliza ese tipo de recursos para tapar las miserias de un film. ¡Cuánto, me parece a mí, tienen que aprender muchos directores de Saura y de esta película en concreto!

Qué plano general tan desolador... una abuela loca que habla entronizada en una silla cargada por dos sirvientas, una madre que habla hacia adentro, ensimismada, tres niñas que juegan sin ver lo que sucede a su alrededor, un padre que acosa, un hermano disfrazado de militar pasea a caballo creyendo ser libertador, otro hermano que vive solitario en una cueva. Después, una paloma de metal volando por el cielo. Perdonen la comparación, pero este plano me ha recordado “Casa tomada”. Este plano encierra la realidad política y social de España: de imposturas, de mentira, de formas y apariencias.

Creo comenzar a entender el porqué de la internacionalidad de Ana: para mí es la ráfaga de aire nuevo que debe entrar en el país, una persona que conozca el mundo, una persona de mente abierta, que despierte al español de su letargo.

Sin embargo, el personaje que más me ha fascinado es Fernando, me recuerda al Johanes de Ordet. Por momentos parece ser la única persona que en realidad entiende su entorno, eso mismo es lo que le hace aislarse a una cueva, prefiere estar solo que vivir en una sociedad que no entiende ni le entiende. Su huelga de hambre es la muestra de desaprobación hacia el sistema.

La complejidad de Fernando reside en que lo que él llama paz se convierte en prisión: la religión. Su complejidad reside en su ambigüedad, no sabemos en realidad si su actitud es sincera o mera postura como la de los demás personajes. El espectador tendrá que verlo con sus propios ojos. Pero Fernando levita, y eso es lo que fascina.

José se disfraza con su uniforme militar, está excitado dentro de su objeto fetiche. El uniforme le transforma, le otorga una sensación estúpida de poder. José destruye a tiros la paloma de metal que surcaba los cielos, parece no existir ya una vía de escape de la mentira.

Personajes que mienten, encerrados en su engaño.

En una realidad cruda y lunática, los hermanos, cual lobos, acechan a su presa y no se detendrán hasta lograr su cometido.

Ana y los lobos es desoladora, Saura me ha dicho con este film que en la España de ayer no existía un lugar para la contracultura, que existía el miedo al cambio, a la “pérdida” de las costumbres, miedo a “perder” una sensación de poder sobre una existencia cómoda y costumbrista. Una existencia que reside en la mentira y el poder. No sé hasta que punto la España de ayer es la de hoy, solo que ésta tiene disfraz nuevo.

20 julio 2006

Roeg: ¡te extraño!


Le seguí los pasos hasta 1990. Pareciera haberse dedicado a la televisión, aunque tiene uno que otro film realizado posteriormente, pero no tengo noticias de ellos, más que unas pocas e insuficientes reseñas en Internet.

Ha sido uno de mis directores favoritos. Sólo espero que no se haya desbarrancado y haya dejado detrás todos sus demonios, que hacían las delicias de mis tardes de cine.

Nicolas Roeg es de esos autores que he seguido con verdadero entusiasmo. Cada uno de sus films ha superado la expectativa que tenía. Me ha pasado con él como me sucede con las novelas de Paul Auster. Con cada una de sus obras compongo el rompecabezas que me permite armar el personaje que Roeg debe ser.

Sus inicios se dan en los virulentos años 60, como director de fotografía de Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), Farenheit 451 (Francois Truffaut, 1966) y Casino Royale (John Huston, 1967), entre otras películas y como co-guionista, junto a Donald Cammell, de Performance (1968-70), la decandente relación entre una estrella pop (Mick Jagger) y un delincuente (James Fox).

Su ópera prima individual fue Walkabout, y en 1976 filmó The Man Who Fell to Earth, con David Bowie. Ninguna de estas dos he tenido la suerte de verlas.

Allá, por los 70, me maravilló una película oscura, que jugaba con los sentimientos de dos padres que han perdido una hija. Don't Look Now (según sus diversas traducciones, estamos hablando de Venecia Rojo Shocking, Pesadilla en Venecia o Amenaza en la sombra) está basada en una novela de Dauphne du Maurier, que ponía a los personajes interpretados por Julie Christie y Donald Sutherland a perderse en los laberintos de una Venecia que no puede estar más lejos de la que venden las agencias de turismo,con sus callejones mugrientos, los canales brumosos y solitarios, el escenario ideal para un crimen. La ciudad es un personaje más en esta historia de misterio, en la que ambos padres se sumergen en estados emotivos depresivos, ya que la presencia de la niña, a pesar de su ausencia, está latente a lo largo del film.

Más tarde fui conmovida por Bad Timing. Un triángulo amoroso entre una joven depresiva (Teresa Russell, que a partir de esta película se convertirá en actriz fetiche de Roeg), su esposo maduro y el psicoanalista (interpretado por Art Garfunkel, que por aquellos años, rompía las emisoras de radio con su interpretación de "Los sonidos del silencio"), vigilado por un detective vienés (que no es otro que Harvey Keithel, un actor al que admiro desde Malas Calles, de Scorsese). El psicólogo estudia el comportamiento de la joven y el detective el de la pareja de amantes; es decir, la estructura se compone a modo de cajas chinas, pues nosotros desde afuera, también estudiamos, a través de la discontinuidad narrativa, la actuación de estos seres conflictuados que en la búsqueda de la felicidad y del amor, sólo hallan incomprensión y soledad.

Si Don't Look Now nos mostraba a una pareja desesperada en escenarios exteriores, Bad Timing nos devela a una pareja encerrada en su intimidad, aunque no menos desesperada.

Hasta ahora, si hay una constante en el cine de Roeg es que las historias se desarrollan en torno a un destino preconcebido. Ya se sabe qué va a pasar... No es eso lo que importa, sino cómo se llega al desenlace. Y esto sucede, también en su próxima película, Eureka, donde las pasiones desbordadas (amor, celos, ambición...) conducen a los personajes al abismo previsto.

Con Eureka se incorporará otro elemento que cobrará importancia en sus historias: la naturaleza. En un valle nevado un buscador de oro hallará una cuantiosa riqueza, que no viene sola, la acompaña la infelicidad; una desdicha que será tan hereditaria como la fortuna que descubre con harto afán. Con qué meticulosidad Roeg hurga en los personajes, extrayendo de ellos sus sentimientos más enfermos y los más conflictuados.

Insignificancia viene a dar un soplo de aire fresco a tan obsesiva filmografía. Es una aparente comedia sentimental en la que se encuentran cuatro seres que no son nombrados, pero que el espectador identifica a primera vista: Un profesor sabio, autor de la teoría de la relatividad, que vive con torturada culpa los efectos de la bomba nuclear; una actriz platinada, que a pesar de su imagen frívola, es desdichada; un senador de fuerte tradición religiosa vela por la seguridad de su patria, instaurando una caza de brujas; y un jugador de beisbol que cela a la actriz y vive de sus glorias como deportista. La rubia y el sabio coinciden en un cuarto de hotel, y la comunicación que se establece se basa en la comprensión. Ambos logran aprender del otro. Roeg los humaniza y logra hacer de este film un discurso optimista entre tanta desesperación.

Castaway engaña. Lo que parece una comedia de aventuras es, en realidad, una lucha de poderes. Un hombre contrata a una joven para pasar un año en una exótica isla desierta. Ambos están ansiosos por dejar la agitada ciudad. Roeg retoma aquí la participación que el paisaje había tenido en Eureka, lo sobredimensiona al punto de convertirlo en el tercero en cuestión de un triángulo amoroso obsesivo. El mar, el cielo, la arena, las rocas ofrecen signos vitales y compiten con el hombre por la atención de la mujer. Roeg hurga en los sentimientos y condena a sus personajes a caer en lo más profundo de pozo, para sacar a la luz sus miserias.

Las brujas es una película para niños, contada desde la óptica morbosa de las abuelas, que buscan asustar a los chicos para que se porten bien. Unas brujas transforman a los infantes en ratones, para poder dominarlos. De esa película recuerdo un detalle, una pequeña escena que posee el sello de Roeg y que deja pasar al descuido: en uno de los cuadros colgados en una pared habita una niña que irá envejeciendo entre sus marcos. En Las brujas, la cámara repta por el suelo, siguiendo el recorrido de los ratones, o se trepa por los muebles, en una carrera velocísima.

Me gustan sus atmósferas opresivas, sus personajes conflictuados, las historias tan diferentes entre una y otra película, sus encuadres, sus actores, las situaciones que imagina para ellos... En fin, Roeg pone una cuota de desesperación tan adictiva en sus historias, una cámara al servicio de la expresión de los sentimientos, unos actores que se creen lo que interpretan... que se hace extrañar cuando no aparece una película suya en una pantalla de cine o en una tienda de video.

Liliana Sáez

17 julio 2006

La mansión de Araucaima

Debo reconocer que hacia los 90, en mi ignorancia, Colombia sólo era sinónimo de este ejemplar de "Cien años de soledad", la novela de García Márquez, que ha recorrido el trayecto Buenos Aires- Caracas-Buenos Aires, acompañándome como un ángel guardián, con sus personajes inolvidables: José Arcadio, Rebeca, Aureliano, Remedios, Úrsula, Meme y todos sus clones. Nunca Gabo volvió a escribir algo tan genial. Uno de los mayores exponentes del realismo mágico, "Cien años de soledad" me ha acompañado la mayor parte de mi vida.

En 1992 tuve la oportunidad de conocer algo más de Colombia. Una contracultura llevada de la mano de dos cineastas que se resistían al documental como se había realizado hasta entonces, y probaban sus talentos en la ficción. Ese marzo proyectábamos en la sala de la Cinemateca venezolana la obra de Carlos Mayolo y Luis Ospina, y lo reseñábamos en este programa de mano.

Pude ver una increíble Agarrando pueblo, con la promesa de, al día siguiente, poder visionar Pura sangre, Carne de tu carne y La mansión de Araucaima. Un esguince en el tobillo me impidió ir a la sala y me quedé con las ganas. Pude volver al cine a ver Oiga, vea, Cali: ayer, hoy y mañana y Andrés Caicedo, unos pocos buenos amigos, que ya he comentado en este espacio.

Desde entonces tenía una deuda con los largometrajes de Ospina y Mayolo. Hace unos días, como les conté en otro post, recibí de regalo La mansión de Araucaima, y ahora es su turno.

Inspirada en una novela de Álvaro Mutis (a quién debo leer, sigo reconociendo mis lagunas imposibles), la película de Mayolo me recordó tres filmes que forman parte de mi pequeña biblia cinematográfica: El ángel exterminador, de Luis Buñuel, Teorema, de Pier Paolo Pasolini, y Ana y los lobos, de Carlos Saura.

Una mansión suspendida en el tiempo es habitada por personajes muy particulares, que viven la cotidiana y agradable rutina que les brinda (y se auto-brinda) la Machiche, una hembra blanca y carnoza que va saltando de personaje en personaje para brindarles placer y, de paso, para presentarlos al espectador. Allí están: el dueño de la casa, el esclavo y el guardián que lo sirven. Pero también han ido cayendo en una especie de trampa que abre la casona, la Machiche, un aviador impotente y melancólico y el sacerdote que se reprime hasta la flagelación.

La llegada de una joven modelo, que ha estado cerca filmando un corto publicitario, nos permite enterarnos que ya no se puede salir de allí (aquí las similitudes con El ángel exterminador). La joven es sangre fresca para todos habitantes, sin excepción. Su juventud comienza a sembrar celos entre los personajes (como en Teorema) hasta el desenlace final.

Es una buena película de un Mayolo joven. Allí están encerradas personas que representan distintas profesiones: el militar, el sacerdote, el político, la prostituta, etc. (similitud con Ana y los lobos). La exuberancia de la vegetación que rodea la mansión, la luz blanca que llena los espacios cerrados de la casa, las miradas de los personajes... dan una sensación de atemporalidad, de ilusión, que pareciera trasladarnos a otro mundo, un mundo con sus leyes propias ("Quien entre no saldrá", "Quien salga no regresará"...), lo cual le imprime cierto misterio a esos seres apasionados y destructivos.

No es una película a la que le haya pasado el tiempo. Ilustra una sociedad que puede ser metáfora de alguna actual. En ella están contenidas las relaciones de poder y los mecanismos de quienes lo ejercen para imponerse. Lo mejor de esta historia, a mi modo de ver, es cómo, a través de esos personajes, de las miradas que se entrecruzan y de las puestas en cámara está representado un determinado orden en la mansión, hasta que llega la joven, que lo trastoca. En el desajuste de ese micromundo, cada uno tomará un determinado comportamiento que, en definitiva, buscará recuperar el equilibrio original.

Liliana Sáez

11 julio 2006

El aura... aunque íbamos por más



En la ciudad, un cajero automático, un banco y un taller de taxidermismo oscuro y desordenado… El resto de El aura se desarrolla en una zona agreste, donde los personajes que la habitan se confunden con la rusticidad de la maleza. Una cabaña mugrienta, una camioneta maltratada, una zona secreta… El coto de caza transformado en la mente de un epiléptico en escenario para el golpe perfecto.

Un tipo que no mata una mosca, el azar que no es tal, un personaje que no aparece pero que está presente todo el tiempo... son algunos de los ingredientes de un guión que no termina de cerrar. Sin embargo, la película se disfruta hasta el final. Es que no sólo son sus paisajes increíbles, bosques donde la luz se cuela de una manera casi surrealista; ni la calidad de sus actores, que llevan de la mano a personajes muy ricos con sólo algunas pinceladas de definición…

El aura es una película bien filmada, con algunos detalles que, a pesar de pecar de efectistas, son amabilidades que se toma el director para hacerle una caricia en el hombro al espectador.

Bielinski ya no volverá a filmar. Pero antes de irse impactó al público argentino con Nueve reinas y lo conmovió con El aura.

Liliana Sáez

06 julio 2006

De Cali con cariño



Con Carlos llegó un cargamento precioso. Una carta escrita a mano de Daniel, un sobre con la caligrafía de Andrés David y un libro con la dedicatoria manuscrita por Cristhian me acercaron a esas lindas personas que conozco virtualmente y que últimamente forman parte de mi cotidianidad.

Música, revistas, libros, dulces... Carlitos me regaló películas de su patria, las novelas de Caicedo ¡Que viva la música! y El atravesado, bombones, caramelos con sabor a café colombiano, chocolatines caleños... Trajo la USB que Daniel envió con la música colombiana que escogió para regalarme; las revistas de El Clavo que envió Andrés David y Ojo al cine que mandó Cristhian...

A ver... cómo decirlo... Mis sentidos, todos ellos, están recibiendo los estímulos de tan precioso cargamento. Mis ojos se llenarán de las imágenes de un país ya no tan lejano contado por La mansión de Araucaima, Rodrigo D, Malamor, Sumas y restas, mientras saboreo las golosinas que me trajeron.

Hoy mis oídos se han regalado música colombiana, y mañana, y pasado... Guitarra y tiple (dice Daniel que es un instrumento con doce cuerdas, que produce sonidos más brillantes que la guitarra por sus cuerdas finas) de Garzón y Collazos, o el ritmo de Liliana Montes (aquí mi amigo subraya los sonidos de la marimba o de la flauta). Y la música de ese cantautor bogotano hipersensible que también es mi amigo, Andrés Correa. Mucha más música que me llega directo al alma, sin pasar por el cerebro.

Y Andrés... Andrés Caicedo en una postal que ya forma parte de mi cartelera, donde convivirá de ahora en más con el Che, con Gaudí, con Toulouse-Lautrec y con Dalí (mis monstruos, mi subcultura, mi Biblia junto al calefón). Y los libros... Más Caicedo para mi biblioteca, más Caicedo para mi mente, más Caicedo para mi cine.

Ya habrá posts que se deriven de este.

¡Gracias Cali, gracias amigos!

Liliana Sáez

01 julio 2006

Cleopatra, de Eduardo Mignogna

Pablo Abraham


Para envidia de muchos el cine argentino sigue alcanzando reconocimientos internacionales. Más allá de la nominación al Oscar de Hollywood de El hijo de la novia, de Juan Carlos Campanella, en 2002, en el festival de Toulouse, Buena vida delivery, de Leonardo Di Cesare y El fondo del mar, de Damián Szifron, fueron galardonados con el Gran Premio Coup de Coeur, el primero, y el premio Decouvert al primer largometraje, el segundo, un triunfo más que se suma a los Osos de plata otorgados a Daniel Burman, cineasta, y a Daniel Hendler, actor protagonista, por El abrazo partido, en el festival de Berlín 2004. Paralelo a la premiación del film de Burman, se hacía en esa misma edición del festival berlinés un homenaje a la obra de Fernando Solanas, acontecimiento éste que ofrecía sin dudas, una muy evidente comparación entre dos creadores de diferentes generaciones, representantes de un cine argentino de antes y de ahora: el de una época en la que el cine se asumía como una contundente toma de posición política con respecto a la realidad, y el de un cine en el que la política ha dado paso a un acercamiento más contemplativo, más íntimo -más entrañable, si se quiere- de temas y personajes, sin dejar de lado, a veces, cierta carga de crítica social o mirada desoladora. A este cine evidentemente pertenece el octavo film de Eduardo Mignogna, Cleopatra, una road movie a la que se ha dado en clasificar como la Thelma y Louise latinoamericana al presentar la travesía que inician dos mujeres de distinta edad, formación y condición social, desde Buenos Aires hasta los más apartados y recónditos pueblos y paisajes argentinos, en un viaje que las llevará hacia su liberación. Por cierto, ha sido algo recurrente, en el cine argentino de los últimos años, apelar al subgénero de la road movie. Si no, recordemos los Caballos Salvajes, de Marcelo Piñeyro, donde un joven empleado y un viejo jubilado que lo obliga a robar el banco donde trabaja, emprenden la huida para convertirse en prófugos heroicos de la justicia; o más recientemente Historias mínimas, de Carlos Sorin, cuyo trío de historias tienen como desplazamiento geográfico la vasta y desolada Patagonia argentina; y aunque no sea exactamente una road movie, en Kamchatka, de Piñeyro, los padres del niño protagonista se la pasan moviéndose de un lado a otro, de un hogar a otro, intentando escapar a la captura que la ley les ha impuesto. Ciertamente de Mignogna hemos visto muy poco, concretamente Sol de otoño (1996), historia de amor otoñal interpretada por Norma Aleandro y Federico Luppi, presentada en uno de esas Muestras de Cine Iberoamericano exhibidas en Caracas hace ya años.

Volviendo a Cleopatra, evidentemente la crítica social o la visión desoladora, de las que hablábamos anteriormente, están fuera de las intenciones de Mignogna, quien con la ayuda de su coguionista, Silvina Chague, por el contrario, confecciona la travesía de estas dos mujeres bajo los parámetros de la comedia amable y simpática. Cleopatra (Cleo) es una maestra jubilada, esposa de un marido alcohólico desde hace tiempo desempleado, y madre de dos hijos adultos que viven en el extranjero; Sandra es una bella joven, actriz de telenovela, rodeada de fama, admiradores y con un futuro muy promisorio. Pero, contrario a lo que uno pudiera esperar, Mignogna evita por completo enfilar el cuento hacia la típica alegoría de relación madre-hija. Por tanto, no hay superioridad alguna de una con respecto a la otra, ni por juventud ni por vejez. Ambas mujeres detestan el mundo respectivo que les ha tocado vivir. Cleo jamás se convierte en el lado consciente o la salvadora de Sandra. Su figura es la de una colegiala –entrada en años, por supuesto- que por primera vez se escapa de su hogar huyendo de esa especie de cárcel opresiva. Una colegiala que se emociona al estar por primera vez frente al volante de un vehículo. Y desde esa perspectiva descubrirá en su recorrido la existencia de personas tan atrapadas, tristes y amargadas como ella. Sandra en cambio, es la chica que lo ha tenido todo fácil debido a la fama. El corte de pelo será el inicio hacia el camino de su liberación. La búsqueda de su padre, de sus raíces, la llevará a conocer el verdadero amor y la verdadera razón de su existencia.

Por otro lado, la sencillez de Cleo (magnífica Norma Aleandro) nunca pretende imponerse como superior, aunque es también desde su perspectiva que Mignogna nos advierte la existencia de un mundo tanto o más complejo más allá del que nos rodea, un mundo donde existen personas que sufren por un presente o por un pasado, incapaces, al parecer, de afrontarlos y superarlos. Es este el aprendizaje que llevan a cabo ambas protagonistas, pero que en la figura de Cleo es mucho más contundente. Por eso contrasta la imagen final de ella, sentada explicando las tres opciones que posee ahora, rodeada de una naturaleza exuberante y una luz resplandeciente, con la primera escena del film donde la muestra semidormida, regresando a su hogar (su cárcel) en un vagón del metro de Buenos Aires bajo una noche lluviosa.

Tampoco la amistad entre Cleo y Sandra pretende imponerse como una respuesta vehemente a un mundo en el que las mujeres, por una u otra razón, se ven atrapadas en una realidad asfixiante, dominada por la figura masculina: he allí lo que representan el “novio” productor de Sandra o el marido alcohólico de Cleo. La huida de ambas, más que ofrecerle una lección a esos hombres o a la sociedad en general, es como ya lo hemos dicho el encuentro con ellas mismas y la superación de su amargura y desdicha. “Si eres capaz de darte cuenta de que la felicidad no está en lo que te rodea, pues también eres capaz de buscarla y encontrarla por otros derroteros” parece decirnos Mignogna; y aunque no sea esto novedad alguna, lo dice, eso sí, con mucha calma (ese es aparentemente su estilo, ya visto en Sol de otoño), pero también con mucha convicción y el suficiente encanto con el que ha rodeado a esta pequeña pero valiosa pieza, retrato amable de personajes comunes y corrientes, como ya parece costumbre en el cine argentino actual.

30 junio 2006

El Evangelio según Pasolini



Pier Paolo Pasolini hizo, bajo mi punto de vista, la mejor película sobre Cristo de la historia del cine. El evangelio según Mateo ha cobrado más fuerza en los últimos tiempos, se ha convertido en una ventana hacia la salvación ante bazofias como La Pasión de Mel Gibson, una blasfemada, una bofetada a Caravaggio.

El primer acierto de Pasolini ha sido la elección de Jesús, el vasco Enrique Irazoqui parece, al fin, un Cristo humano, un Cristo que podría sentarse al lado mío en el banco de un parque. El casting de Pasolini parece claro... “Abstenerse hombres con el cabello largo y ojos azules, aquí solo queremos a hombres bajitos, morenos y unicejos, es decir, que parezcan reales”.

El Cristo de Pasolini me aproxima al amor, al odio, a la tortura, al hambre y la sed. El Cristo de Pasolini me aleja de un mundo eclesiástico y estúpido para llevarme al neorrealismo más crudo y poético.

El segundo acierto de Pasolini es el primitivismo con el que filma los milagros de Cristo, los cielos no se abren, no cae un rayo de luz mientras suenan coros celestiales, no se elevan las aguas de los mares. Pasolini lo resuelve en tres planos:

Primer plano de un leproso, se detiene.
Primer plano de Cristo que dice “yo te curo”.
Primer plano del leproso curado.

Ya está ¡es magistral! austero, barato, real, directo... precioso. Con esa inmediatez noto en verdad un deseo por curar a un leproso, no veo aspavientos ni procesos de brujería largos y tediosos, no veo a un Cristo que le cueste un cristo realizar cada uno de sus milagros.

Esta austeridad es constante en la película, prueba de ella es la primera secuencia: la anunciación del embarazo de María, porque los cambios de escala entre los planos y contraplanos de María y José, sumado a sus interpretaciones mudas, expresivas, no dejan lugar a duda sobre lo que acontece.

Otra prueba de ello son los sermones en el monte, como un primer plano de Cristo, de diálogos impagables, primer plano tras primer plano, contra viento y marea, de día y de noche. El montaje del sermón a través del corte y la repetición. Cine.

Lo magistral de Pasolini es su humildad, no existe en su film un plano cenital desde el cielo. El visor de la cámara no deja de ser nunca el ojo de un autor, cada plano es moral, citando al maestro Godard, eso es algo que el papanatas de Mel Gibson no supo ver, puesto que por una vez quiso sentirse como el Dios que todo lo ve, por eso es que su film es torpe y estúpido desde el punto de vista cinematográfico.

Esta película es majestuosa porque Cristo es en verdad un revolucionario, un marxista, porque Cristo no es un adonis sobrenatural, porque los ojos de Enrique Irazoqui son de una expresividad inclasificable. Es Majestuosa por su blanco y negro neorrealista, por la belleza de sus paisajes áridos, majestuosa porque existe Bach, Mozart y Prokofiev dentro de ella. Majestuosa porque Pasolini interpretó el texto de Mateo de manera brillante debido a su erotismo y a su proximidad.

Marc Jardí

27 junio 2006

Crítica poética

LOS AMANTES DEL CÍRCULO POLAR
Marcela Barbaro


La causalidad se pregunta por su causa
cuando se repite constante a lo largo del tiempo.
Ese mismo tiempo que estirando sus brazos
juega a formar una ronda donde engarza el amor,
y lo incondicional, y lo pasajero, y lo eterno.

Los amantes se hilvanan sobre una frontera efímera
de pasados y presentes circulares,
disfrazan y desnudan los espacios que habitan
como el dolor hace con el alma
como la intencionalidad hace con la culpa
como el destino hace con la imposibilidad.

Los abandonos mecen la soledad que no duerme.
Las pérdidas se reflejan en los espejos que nos miran.

¿Cuán largos son los lutos que condenan nuestra libertad?
y ¿Quién emergerá de nuestros ojos confirmando su lealtad hacia el amor?

24 junio 2006

Cine venezolano

En kinephilos surgió la inquietud de publicar miradas sobre los cines nacionales. Así, Marcela Barbaro publicó un artículo que habla de las directoras argentinas. Hoy, Pablo Abraham nos ofrece su acuciosa mirada sobre el cine venezolano.
Con Pablo compartimos muchas cosas: estudiamos en la misma universidad, tenemos amigos comunes, trabajamos juntos, publicamos en la misma revista y gastamos butacas de cine en innumerables oportunidades. Es mi amigo querido desde hace muchos, muchos años.
Siempre he admirado la claridad con la que expone sus ideas sobre el cine y noto en sus escritos una calma que es necesaria para comprender la profundidad de lo que está expresando.
Tenía tiempo pidiéndole que escribiera para kinephilos, porque quería compartirlo con ustedes. Y aquí está.

Bienvenido, Pablo.

LS


EL REFERENTE REAL EN EL GUIÓN DE CINE VENEZOLANO
Pablo Abraham (*)




Aunque nos parezca repetitivo, al hablar del cine venezolano se hace necesario hacer un repaso a lo que ha sido este medio como manifestación artística popular, en el sentido de éxito de público. El título de este limitado, ciertamente, acercamiento nos lleva a eso, puesto que buena parte del cine venezolano, argumentalmente hablando, ha tenido al referente real para la confección de los guiones. Tanto más cuando fue un arte muy popular en los 70 y 80 y que desde los años 90 ha padecido la indiferencia de su propio público, tanto, que hoy por hoy es uno de los máximos retos del nuevo cine venezolano por llegar: lograr de nuevo el entusiasmo del espectador venezolano.

Si partimos de la tesis de que el desarrollo, o mejor dicho, el origen de conformación de la cinematografía de un país determinado puede detectarse o valorarse en la medida de su capacidad para retratar su propia realidad, entiéndase desde diversos puntos de vista (social, económica, política, cultural…), sacamos en conclusión que el cine venezolano ha sido uno de los cines más destacados que ha habido desde finales del siglo XX, a pesar de que haya sido casi absolutamente desconocido fuera de sus fronteras. Que haya sabido hacerlo, que esas obras “realistas” sean obras maestras, es otro punto. Pero no podemos negar que desde los años 70 la producción de cine venezolano ha tenido en la realidad propia del país sus argumentos más recurrentes y al mismo tiempo los más exitosos a nivel de público.

De esta manera, en principio, el país fue visto a través de un prostíbulo (ese gran fresco del país que muchos han detectado en El pez que fuma, 1977, de nuestro cineasta más internacional, Román Chalbaud) o a través de las acciones de unos marginales que arremetían contra una sociedad que los excluía (el relato crudo de Soy un delincuente, 1976, realizado por ese cronista social que fuera Clemente de la Cerda) o a través de unos guerrilleros que desearon cambiar las cosas por un mundo mejor (el retorno a la vida social del protagonista de Compañero Augusto, 1976, de Enver Cordido; pero aquí también se incluiría Crónica de un subversivo latinoamericano, 1975, de Mauricio Walerstein) o también, a través de las andanzas de un motorizado (la jugada realizada a su jefe por el protagonista de Se solicita muchacha de buena presencia y motorizado con moto propia, 1977, de uno de nuestros pocos cineastas que han cultivado el humor, Alfredo Anzola). Ciertamente, esas no eran las únicas visiones, pero sí formaron un bloque con una indiscutible repercusión a nivel de público. Y esa conexión con la realidad se sigue dando en los 80 cuando la recreación de un hecho propio de la página roja, el asesinato de tres adolescentes por parte de un distinguido de la policía de Caracas, se convierte en el film más taquillero del cine nacional en toda su historia: Macu, la mujer del policía (1987), de Solveig Hoogesteijn, con más de un millón de espectadores, por demás, en una década en la que hacen irrupción un grupo interesante de mujeres cineastas, entre ellas Marilda Vera, cuyo film Por los caminos verdes (1984) era la crónica de la inmigración colombiana hacia Venezuela, y Fina Torres, cuya Oriana (1985) se alzó con el premio de la “Cámara de oro” en Cannes.

LA DÉCADA DIFÍCIL

Comprobada, no obstante, la “fórmula”, luego, el referente real, ése que permitió que los espectadores llenaran las salas, parece haber desaparecido del cine venezolano durante la siguiente década, algo que trajo como consecuencia el alejamiento del público. Al menos esto es lo que se sospecha.

En una aproximación al cine venezolano, especie de radiografía de los años 90 realizada en la revista Encuadre por quien esto escribe, se ponía a la luz varias cosas: una de ellas era que de los cuarenta y tantos títulos estrenados en esa década –en comparación con los más de 100 estrenados durante los 80-, el segundo y el cuarto con más espectadores eran Sicario (1995) y Huelepega, la ley de la calle (1998), respectivamente, ambos de la dupla Novoa-Schneider, y ambos también herederos de esa vena realista-de página roja por la que se ha caracterizado —y anatematizado— al cine venezolano. Y he aquí que la novedad de la última década del siglo XX, estaba en que el primer y el tercer lugar lo ocuparon dos películas de corte juvenil-musical, pues ambos tenían como objetivo casi principal, el gancho de figuras musicales tan de moda en ese momento entre los adolescentes: Salserín, la primera vez (Luis Alberto Lamata, 1997), sobre las andanzas de una adolescente fanática del grupo juvenil del momento, “Salserín”, y Muchacho solitario (César Bolívar, 1998), donde unos jóvenes, interpretados por cantantes surgidos precisamente de “Salserín”, triunfaban y salían de la pobreza.


UN NUEVO CICLO

El nuevo siglo parecía anunciar nuevos resplandores para el cine nacional, pues ya no era la crónica social la que provocaba una respuesta del público sino un relato histórico, más concretamente el biopic de Manuela Sáenz, la libertadora del Libertador (2000), dirigido por Diego Rísquez, el otrora casi único representante del cine experimental en el país, quien ponía en imágenes la vida de una de las figuras más emblemáticas en la vida de Simón Bolívar. Aupada desde las altas esferas del gobierno del presidente Hugo Chávez, la película alcanza una popularidad sorprendente. Aún así, los más de 300 mil espectadores seguían siendo ínfimos ante los de Macu… ya señalados.

Sin embargo estos inicios, se quedaron allí, pues la producción de cine en lo que va de la década de este siglo, ha sido irregular (1), como irregular ha sido la respuesta del público. No obstante en 2005, dos películas rivalizan las preferencias de los venezolanos, ambas basadas en elementos reales como argumentos de sus guiones: Secuestro Express y El caracazo. Y ambos son resultado de diferentes métodos de producción: cine independiente, el primero; cine oficial, el otro; uno con escaso presupuesto, el otro con suficientes recursos; el primero, la ópera prima de un director joven; el otro es la más reciente producción del cineasta de mayor renombre del cine nacional.

Y aunque Secuestro Express parece que le ganó la partida a su rival en cuanto a popularidad -eso dicen las estadísticas oficiales: unos aproximadamente 800 mil espectadores, en contra de los 150 mil de El caracazo- pues lo que queda claro es que ambos apelan a la recreación de la realidad venezolana, o parte de ella: por un lado los acontecimientos acaecidos en el país en febrero de 1989, con sus consecuencias trágicas de muerte y destrucción, que es el tema de El caracazo; por el otro, las acciones delictivas de un grupo de individuos, de corroborada existencia real, en una sociedad afectada por la impunidad y la ausencia de respeto hacia el prójimo.

Y de nuevo traemos a colación el tema del referente real y la habilidad del realizador venezolano al utilizarlo en su discurso y lograr una total identificación con el público. Los resultados, sin embargo, no son los mismos de un título a otro y lo podemos apreciar en las dos obras señaladas. No se trata de juzgar un sistema de producción por encima de otro, al contrario, en una cinematografía que se precie debe existir todo tipo de producción, y ni siquiera de si el director es joven o veterano, otro contraste que pudiera llevar a descalificar o ensalzar.


Despojado de ese matiz político que impregna el quehacer del venezolano desde hace ya más de un lustro, creemos que el film de Jakubowicz gana en eso de “captar la realidad” por muchas razones: las actuaciones naturalistas de los personajes que hacen de victimarios, los escenarios naturales que sitúan constantemente al espectador en la ciudad por todos conocida, la estética algo descuidada y oscura de la imagen, la atmósfera opresiva que exhibe el film de principio a fin y la sensación de peligro auténticamente recreado, reconocible por un espectador que quizás lo ha vivido o que ha escuchado de él. No en balde el guión de la película proviene de una experiencia sufrida por el propio cineasta, pero esta experiencia lejos de convertirse en soporte autobiográfico se transforma en la pantalla en una pesadilla colectiva que amenaza con sucederle a cualquiera. El autor falla, sin embargo, en el planteamiento social del film, pues no va más allá del diálogo que sostienen uno de los victimarios y su víctima en donde el primero le reprocha su exhibicionismo intolerable para los más desposeídos. Soy de los partidarios de que el film adolece de cierta visión madura que pudo haberle otorgado, quizás, un cineasta con más experiencia y no conformarse con la crónica realista, ciertamente, de un hecho dramático que se repite con suma regularidad, cada vez más, en cualquier ciudad latinoamericana.

No sucede lo mismo con El caracazo de Román Chalbaud. Aunque se trate de un hecho que ya es histórico, este acontecimiento forma parte de una cicatriz aún presente en la sociedad venezolana. Sin embargo, Chalbaud pretende dar a través de la estructura del cine “coral” una visión amplia de un hecho difícil de abarcar y de explicar en 90 minutos. Falla donde precisamente otros grandes autores han triunfado. Una serie de historias cuyo significado se pierde ante tanto discurso recitado por parte de los actores, el guión va sin ton ni son de una a otra, obviando cualquier interés de darle corporeidad a personajes, falseando hechos y figuras (como la del militar consciente que toma un posición a favor de la expresión popular que se muestra) para beneficios de propaganda de tipo panfletario, que es en el fondo el interés último del film. Cuesta creer que el autor que sin duda mostraba una parte no muy “bonita” del país en los prósperos años 70, una época de bonanza petrolera sin precedentes en la historia del país, haya hecho lo que a todas luces es un film de encargo, aunque esto tampoco sea una justificación, pues hay films de encargo algo más decentes.

Si aquellos referentes reales que exhibía el cine venezolano de las décadas 70 y 80, sirven hoy por hoy como referencia de un país que ya forma parte de un pasado cada vez más cuestionado por el oficialismo, todo indica que –y esto es meramente especulativo- cuando tengamos que ver la Venezuela de principios de este siglo, lo tengamos que hacer, en principio, a través de Secuestro Express, al menos, por su acercamiento, limitado, es cierto, a una realidad social bastante perturbadora para el ciudadano común.


NOTAS
(1) He aquí las películas venezolanas estrenadas en lo que va de la primera década del siglo XXI:
2000: 6
2001: 3
2002: 3
2003: 1
2004: 4
2005: 4
Total: 21

NOTA: Algunas cifras de espectadores provienen de la División de Estadísticas del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC).


(*)
Pablo Abraham es Licenciado en Artes, egresado de la Universidad Central de Venezuela. Crítico de cine. Colaborador de las revistas Encuadre y ExtraCámara. Ha sido investigador, Director de Programación y Director General de la Fundación Cinemateca Nacional de Venezuela. Fue coordinador de la página web http://www.grancine.net/