03 mayo 2019
08 mayo 2016
Bafici 2016
09 marzo 2015
La poesía del gesto: Un libro de Marcela Barbaro, editado por Aula Crítica
02 febrero 2009
Sólo un sueño, de Sam Mendes

ENFRENTADOS A UN ESPEJO
Marcela Barbaro
Para la sociedad norteamericana, los años cincuenta no fueron de los más alentadores: la paranoia por la Guerra Fría, el modelo patriarcal autoritario sobre el hogar, la caza de brujas hacia los rojos, la irrupción de la TV, filtrando modelos de familia políticamente correctos, y el sistema en manos de Eisenhower, tratando de sostener el american dream.
A partir de ese contexto, surge la novela de Richard Yates publicada en 1961, que da cuenta de cómo todo ese malestar social provoca una crisis matrimonial y replanteos individuales en el seno de una familia tipo de clase media.
Basándose en la novela, el director británico Sam Mendes (Belleza Americana, Camino a la perdición, etc.) realiza una muy buena transposición a la pantalla grande, interpretada por la dupla de Titanic: Leonardo Di Caprio y Kate Winslet.
El joven matrimonio Wheeler (Di Caprio y Winslet) tienen dos hijos y viven en los suburbios de Connecticut. Estaban llenos de sueños. Pero los años pasaron. Él trabaja en una empresa donde su padre pasó veinte años y nadie lo recuerda. Ella es una actriz frustrada, que lidia con su rol de madre y ama de casa. Le pesa sentirse diferente. A él lo corroe el mandato paterno, teme transformarse en alguien que pase inadvertido. Ambos, se hallan inmersos en la rutina y presos de un sistema lleno de hipocresías (como sus vecinos) y conservadurismo, que los llevará a una profunda crisis.
El film tiene reminiscencias de los melodramas comprometidos de Douglas Sirk y de Nicholas Ray. Bajo esos modelos narrativos, Mendes retoma el discurso crítico y dramático de Belleza Americana, pero lo intensifica. Logra generar un clima claustrofóbico, dramático y agobiante, donde las miradas, los silencios y los espacios vacíos cobran un rol trascendental. A esto se suma el trabajo de Di Caprio y Winslet, que están como nunca.
Mendes traslada en boca de sus personajes el vacío desesperanzado, el valor que se necesita para llevar la vida que uno desee sin ser fagocitado por el sistema, el precio del libre albedrío y la fragilidad de los sueños.
Pero, también pone el acento y su mirada sobre rol de la mujer, en la represión subliminal del género y cómo ese malestar silencioso se transforma en una suerte de ritual. Una situación que recuerda al personaje de Julianne Moore en Las Horas (2002).
Revolutionary Road es como espejo atemporal sobre una sociedad que insiste en verse linda, al igual en que en los cincuenta.
24 noviembre 2008
Glosario de cine
Sabemos que los lectores de kinephilos agradecerán esta iniciativa, por lo que he colocado en el índice un enlace que los conducirá hasta allí.
No me queda más que agradecerle este aporte tan valioso a la colega, compañera y amiga que es Marcela.
LS

07 julio 2008
La Antena

Hace más de diez años, se estrenó el film Picado Fino (1997) de Esteban Sapir, y con él se inició un proceso de renovación dentro de la cinematografía nacional conocida como el Nuevo Cine Argentino.
Su segundo largometraje, La antena (2004-2007) se hizo esperar con justa razón porque es una de las películas más creativas y originales que se haya hecho en nuestro país.
La película es una fábula que narra la historia de una ciudad dominada por un villano llamado El Hombre TV (Alejandro Urdapilleta), que dejó a sus habitantes sin voz. Él es el único que controla los mensajes que se transmiten por televisión y los productos que allí se venden. Con un logo espiralado trata de hipnotizar a los habitantes para que no piensen ni deseen nada más que lo ofrecido y se olviden de su falta de voz. El pueblo se comunica telepáticamente moviendo sus labios.
En contra de éste villano, está su hijo (Valeria Bertucelli) y el dueño de un negocio e inventor (Rafael Ferro) que, al conocer la intenciones de El Hombre TV, tratará de detenerlo con la ayuda de su mujer (Julieta Cardinali), de su hija (Sol Moreno) y del hijo ciego de la única mujer que posee voz (Florencia Raggi) y que se halla secuestrada.
Filmada íntegramente en blanco y negro y ambientada en los años 30 y 40, La Antena no puede clasificarse como un film de época, porque al mismo tiempo tiene una estética futurista. Buenos Aires es una ciudad irreconocible, donde la nevada constante le brinda una atmósfera melancólica.
Sapir como buen cinéfilo, nutrió a su film con claras manifestaciones estéticas del cine mudo: el expresionismo alemán, la luna de Meliés, la Metrópolis de Fritz Lang, la densidad de Murnau, y también del comic y del futurismo de Brazil.
Hay un exhaustivo trabajo con los efectos especiales, la fotografía y el diseño de arte que se ajustan a la puesta en escena. Los subtítulos forman parte de ese ingenio visual, al complementar y jugar con la imagen, porque al ser un film mudo, la expresión se vuelve más creativa al utilizar otros recursos, tan o más ricos que la palabra.
La Antena logra deslumbrar estéticamente y se diferencia del resto, se individualiza. Pero a pesar de ser un minucioso y arduo proyecto, la historia queda en segundo plano. Si bien es clara su visión crítica acerca de: la manipulación de los medios de comunicación sobre la opinión pública, la falta de pluralidad de ideas, la mediocridad televisiva y la ideología dominante en los medios, el film no logra darle mayor énfasis a estas ideas que siguen siendo vigentes ante productos televisivos como Bailando por un sueño y Gran Hermano, entre tantos otros.
Como sucede con la historia, la utilización de símbolos como la esvástica y la estrella judía son parte de la mirada juiciosa de Sapir frente a la censura, el autoritarismo y lo despótico, aunque se vislumbren sin subrayados.
Originalidad y simbolismo, literalidad y crítica. La imaginación y la creatividad se dieron la mano para hacer una película ambiciosa que tuvo fe en sí misma, y se nota.
20 marzo 2008
Cinema Paradiso

El cine como una ventana abierta al mundo
así lo entendía Bazin
y los pobladores de Sicilia asomados a su marco:
los analfabetos deslumbrados, el olor irremediable de los pescadores,
los vivos de siempre, los trabajadores incansables,
el onanismo adolescente, la censura pacata de un cura, el loco de la plaza
el contorno de Fellini en la butaca, las mujeres liberando su sexo.
El cine
para Alfredo un oficio que lo hizo padre,
para Totó un hogar donde fue engendrado.
Un estigma precioso e imborrable sobre la infancia.
Un viaje hacia el Paraíso,
donde todo es posible
donde se enseña a mirar: lo no visto, lo oculto
lo desconocido, lo inimaginable y lo propio.
Las imágenes fugaces se atrapan dentro de un frasco
para revivirlas siempre.
El cine que inaugura los ojos con lo bello
se mezcla con las huellas tibias de la guerra
el aire hecho ruinas
las soledades como fantasmas,
miserias y esperanzas tras el polvo.
La ceguera como paradoja
el luto de la pantalla y los recuerdos
Alfredo imagina cada uno de los aromas de la sala,
acompaña con sus labios el silbido del celuloide,
es parte de la fatiga de un viejo proyector
y de las quejas insolentes de las butacas,
un sabio legado reservado en su corazón
que atravesará con un puñado de besos el alma de su niño.
El cine entra a Cinema Paradiso
se acomoda y observa su vida
llora, se ríe y se piensa.
14 marzo 2008
Un viaje hacia el reencuentro

Volver al lugar donde crecimos, donde fuimos niños, como si nuestra infancia estuviese allí de pie, esperándonos para jugar. Como si al llegar pudiésemos renacer bajo la lisura de aquella piel. Ir hacia su encuentro y volver la mirada hacia el pasado, hacia los objetos y los seres que dejamos allí como una extensión del cuerpo involuntaria y afectiva. Unir las piezas de nuestra historia, de aquella separación que, en definitiva, nunca es para siempre. Esa es la propuesta que nos ofrece El Orfanato, primer largometraje del barcelonés Juan Antonio Bayona y producido por el talentoso Guillermo del Toro.
Laura (Belén Rueda) junto a su esposo Carlos (Fernando Cayo) y su hijo Simón (Roger Príncep) compran el antiguo orfanato donde ella pasó su niñez junto a otros niños, sus amigos, su familia hasta que fue entregada en adopción y el resto de los chicos quedaron allí. Ahora su intención es abrir la residencia como un espacio para niños discapacitados.
Ni bien se mudan, Simón comienza a relacionarse con amigos imaginarios, al principio no le dan importancia, pero la preocupación comienza cuando éstos se vuelven una constante que se relaciona a extraños sucesos en torno a la casa. La visita inesperada de una mujer, ruidos inexplicables, objetos fuera de lugar, todo parece querer trastocar aquel universo armónico que logró armar Laura con su propia familia, con su propia vida. Hasta que algo trágico sucede y todo dará un giro inesperado.
El suspenso se mezcla con el drama, y la convivencia entre ambos géneros provoca un clima tenso y emotivo al mismo tiempo. Bayona logra manejar muy bien esa fusión al crear una puesta en escena intimista, a través de la cual desarrolla el conflicto dramático por el que atraviesan los personajes, principalmente Laura; lo interesante de ese personaje es el redescubrimiento que logra hacer en ese viaje a su pasado, a su interior, y cómo aprenderá a ver lo que nunca pudo, a salir de esa oscuridad opresiva que la abruma.
El relato avanza con ritmo y se vuelve sobre sí mismo hacia el final, donde invierte las coordenadas para darle paso a la fantasía, al juego con lo onírico y lo real, donde el miedo y los deseos se unifican.
Buenas interpretaciones de Belén Rueda y del niño Roger Príncep. Una breve aparición de Geraldine Chaplin, que interpreta a una “médium” que se aleja de la habitual excentricidad y se acerca más a un ser comprensivo y cálido.
El orfanato ahonda sobre el tema de la separación y del abandono como una cicatriz que permanece siempre en el recuerdo, una señal que se mira y que el amor puede llegar a disimular de la mejor manera.
27 diciembre 2007
Fanny y Alexander

Alexander se hamaca sobre el umbral
entre la realidad y la fantasía
se descubre ante la rebeldía inocente de sus ojos,
también se recuerda.
La infancia vista como una obra de teatro
los personajes como vínculos simbólicos
la muerte un espía intranquilo y fisgón que participa
el dolor silencioso del crecimiento.
Las pasiones se liberan entre lágrimas y risas,
la familia forma raíces en la memoria
el amor posee una violencia invisible
y una tolerancia fiel que espera su turno.
La vida se desnuda frente a la incomprensión de un espejo
y pregunta quién es.
Fanny de la mano de Alexander
El rincón de un cuarto sin colores,
la libertad choca contra las ventanas
el desconsuelo se aferra a la armonía de la luz.
Los niños observan los Actos de esa obra inconclusa
armónica, disonante
dulce y perversa,
el comienzo imborrable de su identidad.
28 septiembre 2007
The winner is…
Marcela Barbaro

Rever una película estrenada en la década del 80 y ganadora del Oscar a la mejor película extrajera como La historia oficial, fue el leiv motiv para repensar su éxito tras aquel auge que la invadió desde su aparición. El valor que se le otorga a una obra cinematográfica depende de muchos factores: la marca autoral, el tema que aborda, la estética audiovisual que utiliza, el guión, el contexto histórico en que fue recibida, etc. Y su posterior éxito o fracaso también dependerá de esas premisas. Tras haber pasado más de veinte años, toda revisión queda descontextualizada, y eso también influye, aunque no del todo en su apreciación. Vale decir, que si verdaderamente es una obra artística, los años la añejarán brindándole ese sabor agregado que la hace más rica y hasta más importante y, sino lo fuera, pasaría lo contrario.
¿Por qué fue premiada con el máximo galardón con que se premia al cine? Independientemente que descrea sobre los premios como sinónimo de calidad artística, hubo sobradas muestras del subjetivismo, poco ecuánime e injusto, a la hora de repartir premios. Además, que Hollywood, sinónimo del monopolio visual y político ejercido por Estados Unidos sobre el resto del mundo, destaque un film sudamericano que hablaba en contra de la dictadura, no fue muy usual que digamos...
El film se sitúa en marzo de 1983, aún el gobierno democrático presidido por el Dr. Raúl Alfonsín no había asumido la presidencia; recién lo haría en el mes de diciembre. A esa elección, la antecede un período histórico de dictadura que comenzó en 1976. En ese marco histórico, Roberto (Héctor Alterio) es médico y Alicia (Norma Aleandro) es profesora de historia. Al no poder tener hijos, adoptaron a Gaby. La ansiedad de la maternidad cegó a Alicia contra todos los pesares que estaban sucediendo a su alrededor, sobre aquello que le sucedía a la gente de su país. Ella vivió esos años como un pasaje anacrónico sin preguntarse nada, porque el dolor a saber sería una pesadilla. Hasta que una serie de sucesos la fueron despertando: el regreso de Ana (Chunchuna Villafañe) su mejor amiga, tras un exilio obligado luego de haber sido liberada de un campo clandestino de detención, del que relata las vejaciones que allí se cometían con mujeres que estaban dando a luz a sus hijos y que luego les eran expropiados; el leer los titulares de los diarios locales denunciando la desaparición de bebes; como así también tener que presenciar las constantes manifestaciones en reclamo de familiares que tampoco aparecían. Todo se transformó en un cataclismo de incertidumbres internas que llevaron a Alicia, por vez primera, a preguntarse sobre la procedencia de su hija. A partir de allí, comenzará una búsqueda desesperada y angustiante por construir la real identidad de su pequeña Gaby, sabiendo que sus verdaderos lazos sanguíneos también estaban buscándola y que, con derecho legítimo, la amaban y deseaban tanto como ella.
A partir del advenimiento de la democracia, el cine pudo hablar sin tiras negras en la boca. La historia oficial fue una de las tantas películas que abordaron un tema tan oscuro y nefasto, en un momento aún tibio en las conciencias y en el sentimiento colectivo de lo que fue aquel período. Eran tiempos donde se le daba paso a la denuncia de manera abierta y explícita. Entonces, ¿Cómo no iba a tener buena recepción dentro de un público harto sensible y otrora oprimido? Descartando a la crítica especializada, ¿qué importancia se le iba a dar a su buen o mal manejo narrativo, cuando el peso de la historia, en ese momento, sobrepasaba lo estético y el buen uso del lenguaje audiovisual? Con buenas interpretaciones más el otorgamiento de la máxima distinción que se le pueda dar a una película, nada podía opacar tamaño éxito, que sin duda aumentaba el ego y el sentimiento nacional. La historia oficial fue como un antes y después en nuestra cinematografía, como en las carreras de Alterio y Aleandro. Y aquí es donde haría un paréntesis con el tema de la película, el cual rescato y respeto, para verla un poco más por dentro.
Bajo la dirección de Luis Puenzo y con el guión co-escrito con la talentosa Aída Bortnik, la película no se logra apartar de algunos vicios narrativos de un viejo y mediocre cine nacional. Reaparece el “debate” estudiantil llenándose la boca con las ideas progresistas de Alberti o Moreno, que no sólo suenan utópicas sino que intentan contagiar un idealismo descreído; también se recae en escenas que pecan de costumbristas como en casa del padre de Alterio, casualmente un anarquista, desilusionado en tener un hijo que se codeaba con la derecha. Toda la película se tiñe de conceptos ideológicos maniqueos que recaen no sólo en el discurso del anarquista sino en la figura de su otro hijo (Hugo Arana), un típico exponente de una clase media venida a menos, opuesto a su hermano mayor, y también sobre el profesor de literatura (Patricio Contreras) en oposición a la conservadora profesora de historia que aprendió a mirar a su alrededor gracias a las abuelas de Plaza de mayo. Con un final metafórico y nostálgico, el film llega más por el “qué” se cuenta que por el “cómo” se lo muestra.
Ante ciertas circunstancias históricas el cine puede ser un medio de comunicación más que adecuado para sacar a la luz temas insondables con una buena intencionalidad, pero por otro lado, hubo quienes lo utilizaron con fines más oportunistas aprovechando el uso de golpes bajos para cautivar a las plateas sensibles. Sin duda, la utilidad y los fines que se le den al cine, será cuestión de la ética del autor, que tarde o temprano podrá ser más o menos comprobable.
Estimo que esta nota, que se asomó al pasado, no sacará a la luz la verdad sobre aquel éxito ni responderá a muchas inquietudes que aún me subyugan. Lo que sí es certero, es cómo las circunstancias adyacentes ayudaron a sostener la permanencia de La historia oficial en nuestra memoria y en los anaqueles de la cinemateca argentina.
31 agosto 2007
El primer Wong Kar-Wai
En diciembre del año pasado, publiqué en Kinephilos una nota sobre el film 2046 del director hongkonés Won Kar-wai, su último film estrenado en Buenos Aires. En una suerte de encuentro fortuito, llegó a mis manos su primera obra, su ópera prima As Tears Go By (1988), su título original es Wong gok ka moon, y traducida al castellano se la conoce como Calles violentas. Por desgracia, no pasó por los cines porteños, sino que fue editada directamente a video y dvd.
Calles Violentas tiene una clara influencia de Calles peligrosas (Mean Streets, 1973), de Martin Scorsese, su película más autobiográfica y una de las más queridas, según declaraciones del director italoamericano.
Aquel protagonista rebelde de Calles Violentas llamado Johnny Boy, interpretado por un joven Robert De Niro, será trasladado hacia la piel de Wah (Andy Lau), un asesino a sueldo sagaz e inteligente que integra una de las pandillas callejeras mafiosas de Hong Kong, llamadas tríadas, a la que pertenece también su hermano menor Fly. Pero los constantes errores y torpezas de Fly por querer destacarse y ser “alguien poderoso”, harán que Wah deba protegerlo constantemente, arriesgando sus propias vidas. Entre él y sus hermanos menores hay un fuerte lazo afectivo de solidaridad, cuidado, respeto y honor, donde el mayor deberá siempre velar por los pequeños. Y por esa unión, se arriesgará todo.
Los enfrentamientos entre tríadas surgirán por deudas pendientes a saldar, impostergables ajustes de cuentas e intrincadas luchas de poder y pertenencia, que sólo se podrán mediar y resolver mediante la sangre y la violencia. No hay más códigos que los de la calle y el orgullo para hacerse valer. En ese marco visceral, aparecerá el amor, como la pausa armoniosa y necesaria ante tantos enfrentamientos. Wah conocerá a su prima Ngor (Maggie Cheung), quien debe alojarse en su casa unos días para hacerse un chequeo médico, la atracción que sentirán se transformará en un enamoramiento que lo llevará a Wah a plantearse, por primera vez, un cambio de vida, dejar todo su pasado atrás para comenzar de nuevo y formar una familia. Esa unión, no tardará en transformarse en algo trágico y pasional, como el film mismo, y en realidad como todo el cine de Kar-wai. El amor, como concepción, siempre está relacionado a un cambio de estado necesario y vital, así como de redención y creencia. A través, y gracias a él, se puede prolongar el tiempo como en 2046, tolerarlo de manera de diferente y percibirlo desde otro lugar menos terrible y dramático. El dilema surge en cómo se mantienen y perduran las relaciones afectivas entre los seres.
La cámara de Kar-wai se atreve a romper con el clasicismo, la fotografía comenzará a ser un sello visual como lo hizo en Chungking Express, el montaje toma vitalidad y una buena banda sonora acompañará a sus solitarios personajes en busca de un destino que intentarán extraer, desde el caos de una ciudad que los cría y los despoja.
En este debut, ya se pueden ver y percibir algunos de los puntos claves que formarán parte de un estilo narrativo propio y contundente, y donde comienzan a asomarse temas y estéticas visuales que formarán la punta de un iceberg que se irá descubriendo a lo largo de toda su filmografía más famosa como Chungking Express, Felices Juntos, Con ánimo de amar o 2046.
Sin duda, y por ser un comienzo, ha sido un buen hallazgo el de mis manos.
13 agosto 2007
Mi encuentro con el cine
Mi encuentro con el cine fue de la mano de mi padre alrededor de los seis años. Los juegos tramposos de la memoria hicieron que no recuerde a qué cine fuimos. Lo que sí persiste, con la misma nitidez de entonces, es mi mano agarrada de la suya hasta llegar a un teatro de Buenos Aires plagado de butacas coloradas y suntuoso telón donde proyectaban una película, también veo aquel largo piloto de color claro que siempre usaba, y el sabor en mi boca de la menta bañada en chocolate, que aún se vende, y que siempre me compraba. Gracias al amor que él sentía por el arte, su valioso legado vive en mí como puede.
Mi homenaje a ese primer encuentro, a esa primera experiencia, lo dejo en esta poesía, que trata de acercarse a lo que fue aquel día.

El cine rasgó la membrana de mis párpados
y nunca más volvieron a cerrarse,
atrás quedaron la sombra y la oscuridad
que me separaban del sortilegio cautivo de sus imágenes.
Mis ojos se enamoraron de él inmediatamente,
quedaron sujetos a la poesía oculta de su flujo
al juego variable
entre tiempos y espacios
quietud y movimiento
abundancia y despojo.
¿De cuántos sueños se formó su misticismo?
Como correlato del tiempo:
su mudez,
decidió un día romper su mutismo
el blanco y negro,
una noche melancólica se emborrachó con colores
las cámaras hartas de su inmovilidad,
salieron rebeldes a estirar sus piernas.
Lo único que no cambió es la fidelidad de mi mirada,
aún me encuentro con El Globo Rojo atado a mi butaca.
22 junio 2007
El laberinto del fauno...
Marcela Barbaro

Dos realidades antagónicas, dos maneras de entender al mundo, dos concepciones del hombre. Por un lado, un régimen totalitario habitado por una opresión asfixiante, una censura capaz de coser las ideas sobre los labios y donde la intolerancia posa su mirada fulmínea hacia todo lo diferente, lo singular, lo auténtico. Un espacio de voraces abusos al espíritu, al pensamiento, al sentir. Por el otro, está la libertad que da tregua, el amor como condición indispensable de felicidad, la vigencia de la inocencia y de la infancia que no se cansa de jugar en los rincones de cada hombre, un lugar donde se cree en el poder mágico de la fantasía como del sueño, un espacio donde se puede planificar la probabilidad de un mundo mejor para vivir. En el primero, está el franquismo y en el segundo, una niña y tantos otros.
Bajo esos opuestos, El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, es una alegoría que nos traslada hacia la caverna de las ideas platónicas, pero de manera invertida, como el libro “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”, de Eduardo Galeano. Porque los valores universales, rectores de principios existenciales que rigen y se bifurcan sobre el mundo o sobre aquella caverna, en lugar de estar arriba, se han alterado; se han cortado de cuajo sus raíces, como si nunca se hubiesen reflejado. Todo se ha revertido y alterado. Lo malo en lugar de lo bueno, la ambición en lugar de la solidaridad, la resistencia en lugar del bienestar.
Sin embargo, y a pesar de esa alteración, aún existen esos valores inalterables, y eso es lo bueno, aunque estén escondidos bajo la humedad de la tierra y representados por un rey, una princesa y un fauno, y también por muchos hombres capaces de luchar contra la opacidad de una sombra que los circunda con nombre y apellido, una oscuridad que no merece nombrarse más, una pesadilla a olvidar y a la que han vencido por tenacidad y templanza.
En ese segundo mundo, el de la niña y el de tantos otros, se desea fervientemente poder salir hacia la luz de un cielo que no los doblegue, que no les arrebate su identidad y su esencia, y que les permita seguir soñando con hadas maravillosas.
17 mayo 2007
La vida de los otros
LS
SONATA PARA UN HOMBRE BUENO
Das Leben Der Anderen- Alemania-2006.
Marcela Barbaro

La ganadora del Oscar a la Mejor Película Extranjera llega a la pantalla grande y lo hace muy bien.
En 1984 Alemania estaba divida por un Muro que escindía las ideas y la libertad. En la República Democrática Alemana (lado oriental) gobernaba el Partido Socialista Único que apoyaba una concepción del mundo basado en las ideas del marxismo-leninismo; pensamiento esperanzador para un pueblo que deseaba un cambio. Pero eso fue sólo al principio, la deformación ideológica del partido y del poder derivaron en una forma de gobierno represivo e instigador, que desarrolló estrategias de espionaje para controlar a todos los ciudadanos. Quien se encargaba de erradicar toda individualidad era el Ministerio de Seguridad del Estado o STASI, lugar de detención e interrogatorios a muchos intelectuales o a quienes osaban asomar su nariz hacia el lado occidental.
La vida de los otros se desarrolla desde 1984 hasta la caída del muro de Berlín. Tras una larga investigación con material de archivo y la ayuda de las locaciones originales y de entrevistas con el capitán BERD Wiesler, miembro de la Stasi, se logró un guión que funciona como alegato de ese período.
La obra de teatro del famoso dramaturgo Georg Dreyman (Sebastián Koch) está en cartel. La actriz principal es Christa-María Sieland (Martina Gedeck), su amante. Dreyman está en la mira del gobierno y comienzan a investigarlo. La operación está bajo el mando del coronel Antón Grubitz (Ulrich Tukur), ansioso por pertenecer a los círculos más altos del Partido. El trabajo minucioso de escucha transcripto a reportes diarios queda en manos del capitán Gerd Wiesler (Ulrich Müne), un hombre solitario, sin otra vida más que estar al servicio del partido. Dicha misión, lo lleva a descubrir la vida del dramaturgo, su pensamiento, sus pasiones, sus amistades, su música. Un mundo que comenzó a seducirlo y a sensibilizarlo y que, desde cualquier lugar, sería opuesto al suyo. El debate entre el deber ser y el ser lo que se desea comenzará a invadir el interior de Wiesler.
¿Qué sucede cuando la flexibilidad y la tolerancia aparecen dentro de un sistema que dejó de contemplarlas? ¿Cuál es el precio de sostener un compromiso ideológico cuando la libertad individual depende de la libertad de otros? Preguntas que surgen de una historia que se abre, dialoga y se expone. Cuestiones, que llevarán a plantear la autenticidad del arte cuando, ésta, se acuesta con el sistema.
Con La vida de los otros, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera, el alemán Florian Henckel Von Donnersmarck hace su debut en el largometraje y lo hace muy bien. Su solvencia como director y guionista la despliega en un relato fluido e intenso que, a pesar de una extensión de más de dos horas y de algunas instancias predecibles, no decae ni se empaña. Una obra sólida, con la cual quisiera seguir dialogando.
13 abril 2007
El Telón de Azúcar

En el marco del 9º Festival de Cine Independiente de Buenos Aires –BAFICI–, asistí a varios estrenos de los que algunos no vale la pena escribir, pero hay otros que sí. Este documental es uno de ellos.
Desde Chile, y en calidad de exiliados, los padres de Camila Guzmán Urzúa fueron recibidos con los brazos abiertos por el pueblo cubano, ella por entonces contaba con dos años de edad. El gobierno les dio todo y, lo más importante, la posibilidad de ser felices por muchos años. Así se presenta la autora de este documental en su regreso a Cuba, donde recuerda cómo fue su crecimiento durante la época de oro de la revolución. Su generación perteneció a los llamados “pioneros”, quienes fueron altamente instruidos en los tres niveles de educación así como en materia de compromiso político en pos de la revolución.
Esa etapa donde reinaba la solidaridad entre la gente, donde el Estado les proveía de todo, donde tenían trabajo y el ambiente se poblaba de poesía y trovas mientras soñaban con ser como el Che, fue apagándose a partir de la caída de los regímenes sociales en la URSS (entre otras cosas).
Con su cámara en mano, Urzúa entrevista a sus amigos de la infancia, a los que se quedaron y a los que se fueron. Visita sus lugares de estudio y compara los tiempos de oro de la revolución y los tiempos actuales. Pasado y presente puestos a prueba a través de un sistema político del que, hoy, la autora duda de su autenticidad. Su voz en off conduce el relato y lo encauza a través de un recorrido cronológico para preguntarse si la utopía soñada por la revolución y el pueblo cubano era posible, y si verdaderamente se logró. Estas son las cuestiones que inquietan a la cineasta “desilusionada” del idealismo.
Independientemente del punto de vista ideológico, la mirada de Urzúa no trasciende demasiado sobre las causas por las cuales el régimen cubano ha sufrido ese deterioro que tanto dolor y desilusión le causa. Hay más nostalgia que explicación o investigación. El film hasta podría funcionar como catarsis. Es decir, en ningún momento se plantea que, por ejemplo, la globalización y el capitalismo salvaje pudieran ser la causa de ese deterioro que ha llegado también a otros países del Tercer Mundo.
Sin embargo, es un documental interesante porque abarca a toda un generación que soñó con un mundo y con un hombre mejor. Lo llamativo es que nos enteramos que toda esa generación, incluida Urzúa, se fue de Cuba. Todos ellos tienen estudios universitarios terminados allí, pero su capacidad intelectual fue a aplicarse a otros países. ¿Se tendrían que haber quedado allí devolviendo todo lo que les dieron? ¿Eso está bien o está mal? ¿El Estado no debería retener a quienes ha capacitado tanto en lo ideológico como en lo intelectual? Algunos de los entrevistados dicen que una de las razones por las que no se quedaban era que no tenían elementos para poder trabajar y que además no trabajarían por módicas sumas de dinero. ¿Cómo se actúa a partir de ese planteo? En fin, ¿qué ha pasado con las utopías: se necesita que mueran para que nazcan otras o siempre serán las mismas recicladas?
El telón de azúcar nos invita a la reflexión, a pensar algunas de las cuestiones que plantea directamente y las que también se traslucen. Vale le pena observar su mirada en este presente indescifrable.
06 febrero 2007
Cuando el cine es nuestro aliado

La denuncia sobre instituciones que atentan contra los Derechos Humanos es un acto de justicia, de bien. No sólo se sacan a luz los hechos cometidos sino también quienes los ejecutan. Mientras la intencionalidad de la denuncia tenga fines humanitarios y consiga salvar tan sólo a un hombre, ya es suficiente.
El camino a Guantánamo, dirigida por los británicos Michael Winterbotton y Mat Whitecross, es un ejemplo de esa clase de denuncia. Bajo un formato semidocumental el film se basa en la verdadera historia de tres jóvenes que sobrevivieron al infierno de la, aún vigente, cárcel de Guantánamo (base militar norteamericana en Cuba).
La historia comienza en septiembre de 2001 cuando Shafiq Rasul, Ruhel Ahmed y Asif Iqbal, ingleses de origen musulmán, viajan desde Tipton (Reino Unido) a Pakistán con motivo de la boda de uno de ellos. En el camino deciden llegar hasta Afganistán para ayudar a sus hermanos musulmanes ante la inminente caída del régimen talibán y la invasión de tropas norteamericanas. A pesar del contexto desfavorable, la travesía narrada como una suerte de road movie, los dejó atrapados en medio de los bombardeos, de los campos de mutilados y de las fosas comunes donde veían arrojar cuerpos de vivos y muertos. La Alianza del Norte (una Fuerza Antitalibán dentro de Afganistán) los capturó junto a cientos de afganos para entregarlos al ejército norteamericano, que los envió a la prisión de Sheberghan, y bajo la ley del más fuerte, el que sobreviva al hacinamiento irá hasta Guantánamo, último destino de la travesía.
La prisión es un gran jaulón donde los hombres son encerrados en jaulas individuales, al igual que un zoológico, pero con algunas diferencias importantes: a los animales se los alimenta, se los higieniza, nadie les impide comunicarse entre ellos, se los visita, se los trata bien, se los cura si se enferman y se les imparte cariño. A ese contraste, se suman las torturas físicas y psicológicas, las vejaciones y los interrogatorios bajo los métodos más descabellados. La pesadilla duró algunos años.
El relato está dirigido por los verdaderos protagonistas y reconstruido por actores en los escenarios donde sucedieron los hechos. También se intercalan imágenes de archivo y comentarios, como por ejemplo los de George W. Bush: “Conocemos a estos muchachos y son malos. No comparten los mismos valores que ustedes y nosotros: son asesinos”. Otra frase para recordar es el lema escrito sobre el cartel de la cárcel de Guantánamo: “El honor para defender la libertad”. Paradoja si las hay.
La película remarca la inocencia de esos jóvenes que llevaban una vida como la de tantos otros y que no tenían participación en ningún hecho asociado al atentado del 11 de septiembre, ni pertenecían a la red Al Qaeda. Se los muestra muy occidentalizados, sin militancia y en pleno apogeo de su adolescencia. Pero están solos. Nadie los defiende, ni siquiera los británicos. Nadie pide perdón, nadie da una explicación y nadie les cree. ¿Habrá alguien que les devuelva todo lo que allí perdieron? ¿Seremos testigos de la fecha de vencimiento aplicada a la tortura?
El cine tiene el maravilloso poder de la comunicación, de mostrarnos cosas que aunque conocidas nos enseñen algo más; nos permite ver aquel lado que la sombra nos tapaba y saber más para valorar otro tanto. Es una herramienta educativa y concientizadora. Esta vez la ficción no finge y la historia no es inventada, aunque me gustaría que lo fuera y que me estén mintiendo descabelladamente con el relato más absurdo que se pueda imaginar.
08 enero 2007
Celebración
Tu paso se ha convertido en una vertiente de miradas,
te expandís cubierto en una manto de palabras
y vas fertilizando aquello que tocas.
Has surgido del vientre de una pantalla encantada
y vuelves a renacer cada vez que alguien te nombra
porque sos la sombra que perdieron las imágenes
cuando guardiana te vuelves de ficciones y poesía
de sueños y denuncias en tu refugio celebradas.
Cumplís:
con la tarea desvalorizada de pensar
con la lectura de aquellos renglones nunca leídos
y con la firme convicción de resucitar la memoria.
Por el cine vital de tus entrañas
por las letras escapadas de tus latidos
celebro, a tan sólo un año de este encuentro,
tus huellas dejadas en nuestras retinas.
¡Feliz Cumpleaños!
Tu amiga, Marcela Barbaro
04 diciembre 2006
El desamor en el tiempo

A veces nos preguntamos sobre la necesidad de crear un mundo opuesto al nuestro, donde se disfrute la ilusión de vivir en la irrealidad, a fin de realizar lo que deseemos. Dar paso a lo imposible; como que lo efímero pueda eternizarse y la soledad deje de estar sola. Cuestiones que se desprenden de 2046, el último film del honkonés Wong Kar Wai.
Chow (Tony Leung) es un periodista solitario que decide escribir una historia sobre un lugar llamado 2046. En ese mundo del futuro habitan androides con humanos. Allí nada cambia, nada se modifica. Por eso, las personas viajan hacia ese lugar en busca de los recuerdos perdidos. Ningún hombre ha vuelto, excepto uno, quien narra, quien escribe esa historia de amores desencontrados.
Bajo un bellísimo despliegue esteticista tanto sonoro como visual, 2046 comparte con Con ánimo de amar, al protagonista Tony Leung y a sus tópicos habituales: la imposibilidad de concretar un amor, la dificultad de las relaciones afectivas y el tiempo como rector del destino y al cual queda todo sujeto.
En el film, la construcción de ese mundo donde lo que rige es la inmovilidad y lo inalterable nos permite entrever el deseo interno sobre la perdurabilidad del amor como un factor determinante para lograr la felicidad. En toda su filmografía, se percibe esa lucha contra el tiempo y su fugacidad, su movilidad y, en definitiva, contra su finitud. Bajo una mirada agnóstica, el destino del amor recae en manos del tiempo. Un tiempo que establece las coordenadas precisas para que dos seres puedan encontrarse y enamorarse para siempre, si éstas no se cruzan, sólo serán relaciones pasajeras y momentáneas.
En 2046, todo está en función de un tiempo que se rechaza constantemente. Las secuencias se dividen en lapsos: por fechas del calendario (24 de diciembre), por cantidad de horas, o por los viajes realizados en el tiempo. Esta construcción del relato no es más que una paradoja de ese tiempo violado intencionalmente por Wong Kar Wai, quien rechaza contar historias lineales, escapando de la lógica y abriendo un Universo anacrónico.
En dicho Universo, sus personajes son seres solitarios que, sentenciados por los recuerdos de un pasado feliz, buscan el amor en un presente condenado a un futuro incierto. Cada uno de ellos ha sufrido penas de amor, ya sea, por haberlo perdido, por no ser correspondido o por prohibición. Así, viven su angustia bajo una prisión interior.
A pesar de su maestría, Won Kar Wai no logra deslumbrar con una verdadera autencidad como en otras de sus obras: Chungking Express, Felices juntos o Con ánimo de amar. Porque en 2046 el relato se prolonga demasiado en torno al personaje principal, Chow. Un faldero incurable y caprichoso, que con su pedantería y descortesía aleja toda contemplación piadosa sobre la soledad que siente ante su necesidad de amar y sentirse amado. Sumado a una ciudad futurista, que se intercala con androides y efectos visuales, a la manera de Blade Runner o Armageddon, y por último, los encuadres hechos a la manera inconfundible de Antonioni, terminan generando un discurso que, por momentos, se agota.
Sin embargo, uno de los personajes cuenta que “en el hueco de los árboles dejamos nuestros deseos, para luego taparlos y que nadie los escuche”. 2046 es el interesante secreto que Won Kar Wai nos ha dejado en aquel hueco del árbol. Yo, ya puse mis sentidos en él. Pase el que sigue.
06 noviembre 2006
World Trade Center
Marcela Barbaro

Hollywood esperó un lustro para que el cine pudiera llevar a la pantalla el atentado contra las Torres Gemelas perpetrado, como todos sabemos, el 11 de septiembre de 2001. Dicha espera despertó en manos de, un hoy contradictorio, Oliver Stone.
De aquel día de septiembre, recuerdo el manejo apático que realizaron los medios de comunicación estadounidenses para cubrir la noticia. A modo de hipnosis mostraban frente a los ojos de los espectadores la imagen de los aviones estrellándose una y otra vez. Así el tiempo pasaba, y al público lo dejaban atónito. La información era escueta y reservada. Nunca se supo fehacientemente la cantidad de muertos ni el número de aviones que habían caído. Nunca se mostraron imágenes morbosas, los noticieros trataban de actuar con objetividad y valentía, nada se filtraba, la transmisión era cuidadosamente estudiada y correctamente tendenciosa.
Cuando se filma una película sobre un atentado, ¿cuántas visiones se pueden dar?, esa fue la primera pregunta que se me ocurrió antes de ver World Trade Center. Pero pocas fueron sus respuestas, ya que el film no se alejó de las informaciones que teníamos, sino que resulta ser la versión cinematográfica de lo realizado por los medios, con el agregado de elementos ficcionales y con un relato armado sobre la historia real de dos policías que quedaron atrapados cuando se derrumbaron las Torres. Uno de ellos es el sargento John McLoughlin, interpretado por Nicolas Cage y el otro es Will Jimeno, caracterizado por Michael Pena.
El film comienza con una cámara que recorre el amanecer de Nueva York. Todo se activa como la rutina de una máquina. Sus habitantes se dirigen a sus trabajos. Los subtes abren sus puertas, los autos invaden las calles y las autopistas colapsan, el sonido de bocinas invade el aire. La polifonía racial fluye entre la vorágine de una de las ciudades más cosmopolita. Es un día como tantos otros, hasta que la sombra de un avión se refleja en un edifico y se estrella. Humo, gritos, desasosiego, sangre, fuego, derrumbe, muertes.
Oliver Stone elige quedarse dentro del derrumbe, deja de lado los planos generales para hacer uso de primeros planos. Se acerca a los personajes y los acompaña. Junto a ellos, percibimos la sensación asfixiante de sentirse enterrados, de convivir con el polvo, del temor a quedarse dormidos y no despertar, de tratar de sobrevivir aferrados a sus afectos y de saber que el sentir dolor les equivale a estar vivos. Así, John y Will pasaron sus horas mientras sus familias los buscaban desesperadamente.
Durante el lanzamiento de la película, el director dijo a la prensa que “para el cine es esencial analizar lo que significa (el atentado)”. Pero esto nunca sucedió, porque su mirada es controversial y superficial, aunque registre dolor, pérdidas humanas y colaboracionismo entre la gente. Más aún, si a eso se le adosan diálogos superfluos y “sensibleros”, y una banda sonora efectista utilizada en los momentos más predecibles. No hay marca autoral, sabemos que se trata de Oliver Stone porque aparece escrito en los créditos del film; perfectamente podría haber sido filmada por cualquier otro director o cadena informativa.
Lo que prima es una película de tono comercial donde se exalta el nacionalismo, el silencio sobre las causas, la ingenuidad de la mirada del pueblo y donde jamás se nombra a sus atacantes. Insisto, es un Stone que no se ha jugado como muchas otras veces, que se muestra silencioso y escondido bajo un aspecto prolijo y hasta conservador.
En el film, hay dos escenas que me inquietaron particularmente por diferentes motivos y que resumen las características ideológicas de la película: una de ellas es el papel de un hombre que al ver el atentado por televisión dice sobresaltado: “¡Estamos en guerra!”. Más allá de la paranoia norteamericana, este personaje era un ex marine que, al quedar obnubilado, se prepara para salir a combate. Se rapa el pelo, se viste con uniforme militar y presta toda su colaboración al servicio de la patria. Casualmente, es él quien encuentra sobrevivientes, y también será él quien irá a participar en la guerra contra Irak. Esta inclinación belicista, vista como salvadora y justiciera, se contrapone con películas abiertamente antibélicas filmadas por el mismo director, como Pelotón y Nacido el 4 de Julio, o de conspiración dentro del propio gobierno como lo fue JFK.
La segunda escena en cuestión, es el pequeño recorrido visual que hace la familia de uno de los policías, dentro del hospital, al mirar un panel con fotos de gente desaparecida. Para los norteamericanos esa es una experiencia nueva y dolorosa. Nunca habían experimentado la sensación de convivir con la incertidumbre angustiante de no saber dónde y cómo están sus seres queridos. Es a partir de esa instancia que se clasifica a la gente extraviada como “desaparecida” o “missing”. Por lo tanto, ese paneo me llevó inmediatamente a recordar y asociar que esas imágenes, esa instancia de búsqueda de personas fue y es una circunstancia crítica en países de Latinoamérica y, entre ellos, Argentina. En dichos lugares se han (mal)acostumbrado a vivir con la incógnita de no saber el paradero de muchas personas que no pudieron ser encontradas nunca más, al ser víctimas de reiterados atentados o de procesos dictatoriales. Aún se siguen viendo sus retratos colgando en diversas plazas, en muchas paredes y en cuantiosos carteles durante manifestaciones. La diferencia entre Norteamérica y el resto de América probablemente sea la intencionalidad de los hechos; el dejar en claro quien tiró la primera piedra.
En fin, World Trade Center, un film sin huellas.
29 septiembre 2006
Difícil tarea es mirar lo propio
Marcela Barbaro

Hay muchas palabras feas, como “saqueo”. Término que remite a la apropiación violenta o robo por parte de un grupo de gente de cuanto haya en un lugar. Es precisamente en lo explícito de su significado donde radica la fealdad, porque es algo que despreciamos, que tememos, que aborrecemos y que asusta.
También hay palabras necesarias y valientes, como por ejemplo “memoria”. Vocablo que nos permite recordar y almacenar datos, sucesos, personas, fechas, etcétera. Sin ella no se crece, no se evoluciona. Es de vital importancia para forjar nuestra identidad y construir una historia: la propia y la de un pueblo. Pero fundamentalmente debe ser valiente para poder sacar a la luz aquellas cosas que han sucedido y que, por tremendas que sean o por muy hermosas, no pueden pasar inadvertidas ni quedarse dormidas en el olvido.
Ambas palabras toman forma en el último documental del cineasta argentino Fernando “Pino” Solanas, Memoria del saqueo. Film documental que hace un recorrido histórico por la Argentina desde el golpe militar sufrido en 1976 hasta la caída del gobierno de Fernando de la Rúa, que desató la gran crisis del 2001. Crudo testimonio del latrocinio cometido hacia esta República en sus tres niveles: social, político y económico, al que agregaría un cuarto nivel: el moral.
Desde su antecesora La hora de los hornos (1968), creada bajo la proclama del “cine de liberación” junto a Octavio Getino, la pantalla cinematográfica se convirtió, para estos autores, en un espacio de militancia política, en el marco de la efervescencia idealista e ideológica de los años sesenta. Solanas aún lucha por un cine de alta calidad artística, sin que por ello su discurso se aleje de la comprensión masiva. Cada una de sus imágenes encierra su lucha política. Las imágenes militan y hacen de las voces de los más sentenciados.
Memoria del saqueo tiene una estructura discursiva similar a La hora de los hornos, porque ambas parten de dos necesidades profundas: la denuncia y el hastío contra el sistema. Surgen como consecuencia de las grandes crisis sociales y de los inmensos silencios políticos. Estas instancias permitieron al cineasta hacer el papel de cronista histórico que se involucra en cada uno de los sucesos registrados. El documental se compone de separadores temáticos y cronológicos apoyados en el relato en off que va realizando el propio director a lo largo del film. Lo completan imágenes de archivo, una banda sonora que funciona como leiv motiv, varios reportajes y dos intenciones diferentes en cuanto al manejo de la cámara: por un lado aparece el registro de imágenes libradas a un tono poético y metafórico y, por otro lado, están las tomas subjetivas que participan de la acción que registra como testigo inmediato. Esta bifurcación apela a exaltar negativamente a los responsables del saqueo: políticos, funcionarios, empresarios y lobbistas, a favor del resto de los ciudadanos que padecen las consecuencias de la gran corrupción y de los grandes negociados llevados a cabo. Solanas tiene una mirada acusadora y condenatoria, su cámara funciona como un dedo índice estirado que señala con nombre y apellido los rostros de los responsables, como así también los lugares estratégicos donde se maneja verdaderamente al país.El autor deja ver claramente que la posibilidad para lograr un cambio positivo está en manos del pueblo, en la unión que surja de los movimientos sociales, de los focos de resistencia que luchan por la restitución de los derechos perdidos. Aquellos capaces de decir ¡BASTA!.
Todo el film queda sujeto a una estética que respalda todo su discurso. Nada es arbitrario, porque estamos en manos de un verdadero esteta del cine que supo reunir distintos formatos de documental: investigación, reportero y catalizador o verité. Esta mezcla de estilos funciona para enfatizar el tono apelativo con el que se dirige al espectador.Sin ser ajena al saqueo ni a la memoria como tantos otros latinoamericanos. Vivo aquí. Esa fue parte de la historia de mi país, razón para hacer temblar mi pulso a la hora de escribir objetivamente. Es más duro y doloroso tener que rever lo visto y volver a oír lo escuchado.
La virtud que encierra el cine documental es la resignificación de la realidad en función de su propia historicidad, la cual no sólo es su columna vertebral sino que también será su verdugo si de ella no se aprende.




