06 febrero 2018

120 pulsaciones por minuto (120 battements par minute, Robin Campillo)

Liliana Sáez



Las luces de una discoteca parpadean al son de la música, los cuerpos, agradecidos, se mueven sensuales al compás, entre risas y miradas seductoras. De pronto, ni la música ni las personas importan, solo la luz cobra protagonismo, descompuesta en miles de copos de colores que se mueven en cámara lenta, convirtiéndose, como si fueran fagocitadas, en otras formas, no tan vistosas, que se van definiendo como bacterias. Así es como irrumpió el sida a finales de los 80.
Robin Campillo y Philippe Mangeot escribieron una historia basada en su propia experiencia como activistas de Act Up, una agrupación que nació 1987, con la intención de promover políticas que contribuyeran a salvar vidas, generalmente muy jóvenes, que, para esa fecha, el sida se llevaba compulsivamente. 120 pulsaciones por minuto habla de aquella década signada por la enfermedad y el miedo. Miedo al contagio, a morir, a ser discriminado, a perder a alguien querido, a amar… Junto al miedo, la necesidad de apurar las experiencias, la rabia, la solidaridad, el compromiso…
Mangeot habla de la estructura del guion, dividida en dos partes muy visibles. La primera, narrada con un estilo distante, da cuenta de las reuniones semanales de la agrupación en París, así como de las actividades que debían realizar. La cámara observa con cierta distancia a este colectivo variopinto, comprometido en la lucha. Las discusiones se centran en qué acciones llevar a cabo. Si deben ser sorpresivas y violentas para sacudir la conciencia social, como ingresar en las oficinas de un laboratorio para pintar con sangre falsa sus instalaciones. O si deben llamar la atención con pequeños grandes gestos, como conversar con los adolescentes en los colegios para que tomen precauciones. Todo ello, con la consiguiente preocupación de padres y docentes, que se debaten entre la alarma por ver transgredido el muro de seguridad que, creen, protege a sus hijos y la colaboración solidaria hacia estos jóvenes que no saben cómo alertar a ese mundo que los tiene como parias… En largos coloquios se desmadeja la discusión, ¿qué será lo más apropiado o efectivo, radicalizar la lucha o establecer una militancia más pacífica?

04 diciembre 2017

Mar del Plata 2017

Liliana Sáez



La Rambla de Mar del Plata amaneció intervenida por Marcos López, en una fuerte constatación de los cambios sufridos por el Festival en su 32° edición, empezando por su director artístico, Peter Scarlet, nombrado por el INCAA para reemplazar a Fernando Martín Peña, y la productora, Rosa Martínez Rivero. El festival se desarrolló con algunos inconvenientes los primeros días, pero luego retomó su ritmo habitual, convocando a un público que le es fiel y que colma cada año las salas. En esta oportunidad, la fiesta del cine se vio ensombrecida por la tragedia de los 44 tripulantes del submarino hundido en el fondo del mar que, al día del cierre de nuestra publicación, seguían desaparecidos y sin esperanza de que arriben vivos a la Base de Mar del Plata.
La sombría desesperanza no impidió las programadas Charlas con Maestros, donde asistimos al retorno del francés Claude Lelouch, quien obtuvo su primer premio en 1965, por Une fille et des fusils, otorgado por este Festival: “Tal vez, gracias a Mar del Plata fue que después pude filmar 47 películas más”, afirmó. El encuentro con el director francés, de quien se programó una retrospectiva, fue ameno. Habló de Un homme et une femme, exhibida en el Festival, de cómo escogió a su actriz, Anouk Aimée, una mujer común, preferible a la contundente presencia actoral de Romy Schnider; de la importancia que tiene el director de fotografía en una película y de la simbiosis que debe alcanzar con el realizador; así como también de sus encuentros y desencuentros con los integrantes de la Nouvelle Vague. Mencionó sus conflictos con la crítica, obteniendo como balance que “la única crítica que cuenta es el tiempo, y el tiempo me ha favorecido”.  Es muy optimista sobre el futuro del cine, ya que “las mejores películas están por hacerse, las nuevas tecnologías permiten registrar más fácilmente las emociones” y lamenta que no le quede mucho tiempo para ver esa transformación del cine. Fue una charla amable.
La gran presencia francesa en el festival contó con la visita de Sylvie Pialat, productora independiente francesa y esposa de Maurice Pialat, de quien se ofreció una retrospectiva. Se considera una aliada de los cineastas y cree que una productora siempre se debe quedar con la sensación de que se podría haber logrado algo más y mejor. Ha producido poco menos de 50 películas: además de las de su esposo, las de realizadores como Emilie Deleuze, Xavier Beauvois, Abderrahmane Sissako y Lisandro Alonso. Hace dos años fue premiada por L’Académie des Arts et Techniques du Cinema como la mejor productora.

04 septiembre 2017

Sabuesos temerarios: El Sur también existe

Liliana Sáez




Desde hace unos días, la Argentina se encuentra convulsionada por la desaparición de un joven durante una marcha de protesta de la comunidad mapuche. Quieren recuperar sus tierras hoy ocupadas por el emporio de Benetton, que posee la friolera de 900.000 hectáreas en la Patagonia. Un desaparecido en democracia es grave, pero más aún para un país que tiene a tantos acumulados desde la última dictadura.

La Patagonia es una tierra extensa y árida, barrida por los vientos, ubicada al sur del país. Arrasada su población ancestral por el presidente Julio A. Roca, en su denostada Conquista del Desierto, fue repartida entre grandes terratenientes extranjeros. Siempre hubo ricos y pobres, en niveles tan extremos que cuesta ponerse del lado de los hacendados, porque las víctimas siempre fueron los peones, que malvivían hacinados y cobraban con vales o con mercancías.
Lo cierto es que esta gran porción de tierra posee cicatrices perennes que se profundizan de tiempo en tiempo. Hoy es el caso de Santiago Maldonado, un joven que apoya la lucha mapuche en Cushamen, al noroeste de la provincia de Chubut. La protesta de un pueblo originario, su demonización y la chilenofobia a la hora de encontrar justificaciones a la desaparición del joven, son resonancias de otros hechos violentos sucedidos en la Patagonia: La Campaña del Desierto (1833-1834), emprendida por Rosas para empujar a los indígenas hacia la frontera con Chile fue sólo el comienzo; la Conquista del Desierto (1878-1885) ya mencionada, con la que se intentó exterminar a un pueblo “invasor” proveniente de Chile, cuando para los mapuches la tierra es de ellos y se extiende de mar (Pacífico) a mar (Atlántico); los fusilamientos de peones (donde también se utilizó el argumento xenófobo) durante las huelgas de 1922; la masacre cometida sobre dieciséis jóvenes militantes peronistas y de la izquierda, que permanecían presos en la cárcel de Trelew (1972)… Lo dicho, son ecos de un mismo discurso y un mismo accionar. Siempre están presentes los hacendados y los campesinos, los militares y los políticos, la represión armada y el tendal de víctimas.
Mientras una parte de la población mira hacia otro lado, los muertos suman y los poderosos siguen enriqueciéndose. Por suerte existen aquellos que se paran en la línea de fuego para oficiar de testigos para la posteridad. Son periodistas insumisos, curiosos y con el talento de encontrar, como un sabueso, dónde están sucediendo los hechos, esos hechos que se esconden en la prensa diaria.

04 julio 2017

Medici, Masters of Florence (serie)

Liliana Sáez


Para estar a tono con el Investigamos de este mes, dedicado a los personajes históricos, elegí escribir acerca de una serie que ha culminado su primera temporada. Médici: Masters of Florence es una coproducción de la italiana Lux Vide (La BibliaDon MatteoAnna Karenina), la británica Big Light, de Frank Spotnitz (The Indian Detective y The Man in the High Castle), y la distribuidora francesa Wild Bunch. Creación de Spotnitz y Nicholas Meyer, los ocho capítulos de la temporada fueron dirigidos por Sergio Mimica-Gezzan (The Last ShipSalem).
La serie narra la historia de los primeros Medici de Florencia, cuando esta deja de ser una ciudad feudal para convertirse en una próspera comarca, donde los comerciantes de la lana se convierten en banqueros que desplazan a los dueños del poder político, conseguido a fuerza de títulos de nobleza e interminables guerras.
La primera temporada se centra en la figura de Cosimo de Medici (Richard Madden), quien va a instalarse en el centro del poder florentino, debido a la herencia recibida de su padre Giovanni (Dustin Hoffman), un comerciante que crea el primer banco de Florencia y la moneda más fuerte de la Europa durante los siglos trece y catorce, el florín de oro. Su éxito se debe a que estos “Masters of Florence” lograron ubicarse social y políticamente en el poder, gracias a su influencia en la economía de las arcas papales. Su origen no noble les permitió transformarse en prestamistas de gentes humildes para que pudieran acceder a pequeñas propiedades o el inicio de incipientes comercios y así independizarse de una casta que los arrastraba a las condiciones del feudalismo. Inevitablemente, los banqueros, tachados de usureros, se convertirían en los enemigos más encarnizados de las clases nobles y poderosas, representadas, en este caso, por Rinaldo degli Albizi (Lex Shrapnel).
Con continuos flashbacks que nos llevan veinte años atrás, asistiremos a los conflictos familiares, entre padres e hijos, por expectativas frustradas o amores inconvenientes. El asesinato de Giovanni será el hilo conductor de esta primera temporada y servirá para desvelar las intrigas familiares, políticas y religiosas que van a colocar a la familia Medici en el centro de la escena florentina, como bienhechores sociales y grandes mecenas artísticos, a quienes se les debe la transformación de Florencia en la capital artística del Renacimiento.

22 mayo 2017

Documentales y animación en Bafici 2017

Liliana Sáez
95 and 6 and go
Los documentales exhibidos fueron tres. Liberami, de la italiana Federica Di Giacomo,  es una débil propuesta sobre el tema de los exorcismos en Sicilia, sin búsqueda formal. Lo más interesante que tiene para decir está en los títulos finales, donde se plasman las estadísticas de los exorcismos que se llevan a cabo en la actualidad. Una pena… No sabemos qué estaba pensando quien lo haya seleccionado para la Competencia. 95 and 6 to go, de la estadounidense Kimi Takesue, plasma la vejez del abuelo nonagenario de la directora, mientras ella le da a leer el guion de su primera película. Si bien se disfruta la entrevista, donde el abuelo va recordando su juventud y su matrimonio, y le va dando ideas para el guion, nos da la impresión de haber entrado en una historia sin haber sido invitados y sentimos que estamos ante una película casera y de índole familiar, con la que no encontramos demasiados puntos en común. A distancia de estos documentales se encuentra No intenso agora, del brasileño João Moreira Salles y exhibida fuera de competencia. Con imágenes de archivo de la Revolución Cultural China, en sintonía con eventos europeos y de Brasil, nos lleva a la convulsión política de la década del 60. Nada nuevo bajo el sol.

De toda la muestra, una sola película de animación se presentó en la Competencia Internacional: My Entire High School Sinking into the Sea, del estadounidense Dash Shaw, es definida en el catálogo del Festival como “Punk visual en colores, con un humor que puede morder y que se permite ir más allá”. También del estadounidense Tim Sutton, se pudo ver Dark Night, un puzzle de imágenes aparentemente sin sentido, bajo una delicada banda sonora, que anticipa el horror de una masacre en un multicine.

The Wedding Ring (Rahmotou Keïta)

Liliana Sáez



No hubo ni una mención para The Wedding Ring en la premiación de Bafici 2017. La nigeriana Rahmatou Keïta estuvo en Buenos Aires para presentar el estreno latinoamericano de su película. Ante el público, la directora expresó que con su pequeña película sólo pretendía invitarnos a su casa. Al abrirnos la puerta, nos mostraría cómo se declara el amor en una pareja por medio de la negación; cuáles son los rituales necesarios antes de casarse; cuáles son las costumbres de la familia, donde los hombres rezan y trabajan en el telar y el campo, mientras las mujeres acarrean el agua, cuidan a los animales domésticos y realizan las tareas de la casa. Ese universo femenino es el centro más atractivo del filme de Keïta. La complicidad de las mujeres no es típica solo de Occidente. Aquí las mujeres se acompañan, se indagan una a la otra, se ayudan en los quehaceres, se cuentan intimidades y sueños que esperan que se hagan realidad.

La aldea familiar a la que llega Tiyaa (Magaajyia Silberfeld), proveniente de París, donde estudia, es una comunidad de casas que van entre el ocre y el color ladrillo. Sus espacios son cálidos y confortables, sus costumbres difieren de las occidentales, pero se parecen en la intención. La amiga, la prima, la mujer que pide asilo, la que pretende que le escaren el rostro para seguir con la tradición familiar, oponiéndose a las leyes que lo prohíben… El tejido de la manta nupcial, la recolección de la leche donde se bañará el anillo de bodas, la intempestiva visita al chamán… todos, frescos de la vida en Níger (no Nigeria, dice Keïta, ya que en esa diferencia está el país libre del país colonizado), con unos jóvenes enamorados y una chica ilusionada que tiene toda la complicidad de las mujeres de la casa para que pueda ser la novia más bonita del lugar. Momentos como el de la precaria ducha, el abanicado durante la siesta, el paciente peinado de su melena, la hermosa filigrana de henna que dibuja la tía sobre la piel… 

La cámara no es protagonista, solo asiste a los rituales que se desarrollan sin prisa ante nosotros,  sumados al despliegue que se realiza en la casa de la novia. Imágenes que quedan en la retina: la fila de jóvenes con cántaros que se desplazan en diagonal junto al mar de un lado, y el desierto del otro; el hombre que teje en el telar la capa de la novia; los hombres con lienzos azules y blancos, que se inclinan ante la puesta del sol a orar… Una obra pequeña, sensible, hermosa. Una especie de viaje por Níger, en días de calor, cuando los quehaceres de una casa se despliegan sin prisas y sin pausas para coronar a una novia con el velo de su boda. Antes del final, un iris cierra sobre el plano de un músico que toca una corneta para avisar que la fiesta da comienzo.


21 mayo 2017

Niñato (Adrián Orr)

Liliana Sáez


La infancia ha calado hondo en el Jurado del Bafici este año. La española Niñato, de Adrián Orr, ganadora como Mejor Película, narra la cotidianidad de David, un joven padre que debe ocuparse de sus tres hijos, mientras trata de sobrevivir con lo que más le gusta, la música. Otra vez veremos aquí la brecha generacional, donde los hijos de más de 30 años siguen apoyándose en sus padres y hermanos, mientras los pequeños, en especial Oro, el menor de sus hijos, se rebela ante las obligaciones propias de su edad. Los chicos comparten espacios llenos de libertad, nos lo dicen las paredes escritas y dibujadas por los niños, pero tienen la rutina de ir al colegio cada día y realizar sus tareas. Oro quiere cantar canciones de hip hop, como su padre. Es lo único que lo hace sonreír. 

Niñato es un fresco sobre la paternidad, la vida de una clase media baja en la España de hoy y las trabas que existen para poder surgir. El caso de David es ilustrativo. Mientras su novia consigue una beca, su hermana es contratada para dar clases en la universidad y los niños han aprendido a vestirse e ir solos al colegio, David sigue con su rutinaria vida, intentando encontrar acordes que le permitan componer algo que lo impulse un poco más allá de su gris existencia. 

Hoy partido a las 3, de la argentina Clarisa Ramos, ha ganado el premio a la Mejor Actuación de Elenco, un equipo de fútbol de mujeres, que viven entre risas y conflictos, pero a la hora de competir, prima la camaradería. Ese reconocimiento se lo hubiéramos dado a los tres chicos de Niñato, que le han puesto garra, matices y encanto a sus personajes para hacerlos creíbles y cotidianos.


20 mayo 2017

Estiu 1993 (Carla Simon)

Liliana Sáez



La pequeña, hermosa y poderosa narración de la catalana Carla Simon, Estiu 1993, obtuvo el premio a la Mejor Dirección y premio del Público en Bafici 2017, aunque para nosotros sea reveladora no sólo en esa especialidad, sino como mejor película de la competencia y mejor interpretación (la de la niña Laia Artigas, en la talentosa recreación de la huérfana Frida). 

Verdadera maravilla escondida entre poderosos intentos por subyugar al espectador. La historia de la niñez de la directora es llevada a la pantalla de la mano de unos pocos actores que funcionan a la perfección para que la cámara sólo se centre en el personaje de Frida. El drama de una pequeña que ha perdido a sus padres por el Sida y que debe acomodarse a una nueva familia es el centro de la historia. 

La cámara se prende como un alter ego a la pequeña desde que la película comienza y no la deja hasta el final. Vivimos sus temores, sus alegrías, su confianza, sus celos, su desamparo, su necesidad de amor, sus dudas, sus creencias… Y vemos como referencia, casi fuera de cuadro, a su nueva familia: sus padres adoptivos y su hermanastra, una niña menor que compartirá y sufrirá su hermandad cuando los adultos no estén cerca. Durante todo el transcurso, estamos pendientes de lo que sucederá… y no sucede más que lo que sucede en cualquier universo infantil. Sin embargo, Carla Simon es precisa en la longitud de sus planos, sabe recorrer las locaciones y pasar sobre las figuras de los padres, manteniéndolos en un segundo plano, como sus diálogos… referencias que no sólo nos explican la situación de la pequeña, sino que ésta va absorbiendo aunque parezca distraída en sus menesteres infantiles. La niña está rodeada de cariño, no sufriremos por ver a una cenicienta explotada. Pero sus padres son jóvenes y tienen en Frida a un cristal entre las manos, mientras deben velar por su hija. 

Cada escena, cada plano, cada diálogo están maravillosamente instalados para que no nos quedemos con dudas, para que no nos sintamos extraños ni distantes, para que nos incorporemos a ese pequeño universo de la campiña catalana, donde el campo, el bosque y la laguna ofrecen peligros constantes. Hay una familia más amplia, la de los abuelos y las tías, que cada fin de semana traen alegría a la pequeña… también berrinches. Y con ellos viene la fe, esa especie de superstición, que le permite a la pequeña conectarse, a través de una imagen de la Virgen, con su madre muerta. Flores, cigarros, una bufanda… apenas objetos que le servirán de ofrenda. Poco a poco veremos que la niña y su nueva familia van integrándose… pero apenas antes del final, un diálogo seco entre la madre adoptiva y la huérfana nos despojan de todo tipo de consideraciones sobre la historia, para dejarnos desnudos, como a la propia Frida, ante su realidad.


19 mayo 2017

Out there (Takehiro Ito) y Porto (Gabe Klinger)

Liliana Sáez



En una búsqueda espacial e íntima, a la vez, para encontrarle sentido a la existencia, también se decanta Out There, del japonés Takehiro Ito, donde un director de cine busca en un actor novato la solución a su bloqueo creativo, mientras que el joven principiante trata de hallar ese lugar en el mundo que cada uno tiene asignado. Juntos encontrarán más de que lo que buscan. 




Si en las calles de Japón, el joven rastrea signos de su país natal, en Porto, filmada sin prisas ni pausas, con un ánimo melancólico y nostálgico, el portugués Gabe Klinger nos lleva de la mano por los sentimientos, recuerdos y vivencias de una pareja de extranjeros, entre las paredes íntimas de un hotel o en el recorrido de las calles de la bella Oporto de Manoel de Oliveira.

Arábia, Affonso Uchôa y Joao Dumans

Liliana Sáez



Narrador también es el personaje principal de Arábia, de los brasileros Affonso Uchôa y João Dumans, que obtuvo una Mención Especial en Bafici 2017. Un adolescente encuentra el cuaderno de memorias de un obrero accidentado en la fábrica de aluminio donde trabaja, en Ouro Preto.  El relato leído por el joven es una verdadera travesía rural, que busca narrar los sucesos de su vida y de cómo la vida lo llevó a Ana… A Ana no la conoceremos, porque el hombre prefiere relatarnos el transcurso del viaje que lo ¿llevará? a ella. Como un ave que se desplaza según se encuentre el verano, nos llevará por territorios del Brasil profundo, donde conocerá compañeros y amigos que quedarán registrados en su cuaderno. Esos recuerdos llegarán a nuestras pupilas en entornos cálidos, de gran camaradería, donde un grupo de hombres entona una canción al son de una guitarra rasgada desde la borrachera. Ese deambular que implica despedidas y nuevos encuentros enriquecerá el bagaje del peregrino, que sigue caminando para volver a una casa de la que se aleja cada vez más. 

Con una narración serena, el hombre transmite sus recuerdos sin altibajos, recubriendo de una melancólica añoranza cada lugar dejado atrás. Las escenas están cuidadosamente fotografiadas, dándole a cada espacio una atmósfera particular, de modo que cada lugar donde el hombre se ha detenido por unos días, meses o años, se nos ofrece amable u hostil.