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02 noviembre 2007

Invitación

VII Jornadas de Sociología
Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de Buenos Aires

Fotografiando Memoria(s)
Reflexiones sobre Imagen, Memoria y Juventud

Participan
Susana Murillo / Ricardo Parodi / Silvia Pérez Fernández

Coordinan
Sebastián Russo y Daniela Zampieri

Miércoles 7 de Noviembre - 10 hs. Aula 300 - Marcelo T. de Alvear 2230

Fotografiando Memoria(s) es un proyecto que surge a partir de un grupo de ensayos fotográficos realizados por alumnos/as de colegios secundarios públicos, en el marco de un concurso cuya temática fue “La memoria”. Estos trabajos fotográficos fueron acercados a ensayistas, investigadores y fotógrafos, los que realizaron textos inspirados en ellos. Los escritos, junto a las fotografías, están en camino a ser publicados, con la intención de promover/actualizar las reflexiones en torno a imagen, memoria y juventud.

Participan
Horacio González – Osvaldo Bayer – Elizabeth Jelin –Lucas Rubinich - Susana Murillo - Sandra Raggio – Silvia Pérez Fernández - Leonor Arfuch -Ricardo Parodi -Alicia Entel - Estela de Carlotto – Claudia Feld – Lidia Acuña – Ana María Careaga - entre otros…

Auspicia
Instituto Espacio para la Memoria (IEM) - Centro Cultural de España de Buenos Aires (CCEBA)

26 febrero 2007

the dream is over

Sebastián Russo


Dos seres. Dos almas. Dos cuerpos perdidos en una maraña de apatía, pavimento, máquinas, violencia. Cuerpos sufrientes que intentan abrirse paso en una megalópolis. Un avanzar errabundo que configura una ciudad, en tanto ámbito infernal, vital, sanguinario, dador de sangre, desde sus arterias siempre pobladas, siempre fluyentes, pero de sangre maldita, infectada. Ámbito de degradación, de cuerpos derruidos, de cuerpos en erosión. Donde las relaciones humanas son el único refugio, aunque precario, inestable.

En ese enjambre siniestro, una pareja. Dos hombres, de masculinidad estoicamente sostenida. Donde uno de ellos (el vaquero iluso, Jon Voight, tan vulnerable como arraigado en su grotesca y trágica pose de toro semental texano) aparece como símbolo de una ingenuidad –social– en dilución, en amargo despabile; y el otro, Dustin Hoffman, como símbolo –por oposición– del consumismo triunfante, de lo burgués reificado patológicamente (rengo, carterista, y con la cabeza puesta en Miami, y hotel de lujos varios) En tal aglomeración homogeneizante de seres ahuecados, el mirarse al espejo, verse duplicado, sublimado, actuando desde los movimientos prefigurados que Hollywood dispersó (...are you talking to me?), puede ser la única forma de desalienarse, o re-alienarse a través del tópico propuesto, de ser star, de ser otro, otro distinto a ese ser atormentado, a ese ser perdido, desamparado entre las fuerzas de la noche, de la ciudad.

Midnight Cowboy (1969, Schlesinger), podría unirse fatalmente a Joe (1970, Avildsen), y a Taxi Driver (1976, Scorsese), para conformar una tríada trágica que da cuenta de un sueño colectivo, una utopía que llega a su fin, la de los 60, para adentrarnos en los salvajes 70, de despiadado individualismo. Sus imágenes parecen clamar con cínica sorna: “esto es lo que les espera, sucios maricas comunistas: soledad, desolación, intolerancia... un mundo rudo, árido, sórdido, donde cada uno cuida su pellejo... el sueño terminó... las calles son selva, los autos armas, el otro tu enemigo...”

24 noviembre 2006

No comerás palomas

Sebastián Russo*


Vi Vidas Secas. Vidas Secas, de Nelson Pereira Dos Santos. Película del 63, película enmarcada en el llamado Cinema Novo, en el también llamado Nuevo Cine Latinoamericano, en el también llamado cine político-revolucionario de los años 60. Demasiados motes, demasiadas condiciones que traman su avistaje. En fin, ví Vidas Secas. Y ví (se ven, explotan a la vista) vidas secas, las de los protagonistas, secas también (se ven) las tierras que caminan (la mítica aridez del Sertao, en el nordeste brasilero), secos los árboles, los animales. La sequedad avanza, y de lo material pasa a lo inmaterial. Estos seres, arrojados al polvo, a una naturaleza rarificada, escasamente se comunican, la sequedad avanza entre ellos, en ellos.

El agua es vida, no solo biológicamente hablando, sino en tanto metáfora. El agua fluye, o tiende a fluir, el agua estancada se pudre: otra forma de muerte. Sin agua, o con agua que no fluye, la muerte acecha. El fluir, el movimiento, como símbolo (y facticidad orgánica) de vida. Los personajes: una familia (solo entendida como tal por su canónica conformación: hombre, mujer, niños, perro) que fluye, que no puede dejar de hacerlo: el detenimiento, el no fluir, los condenaría a la muerte. El fluir los hace no muertos, pero el hambre los ubica en el límite de lo humano, de la cultura, de las formas. “El hambre del latinoamericano no es solamente un síntoma alarmante de la pobreza social, sino la ausencia de su sociedad”, escupía Glauber Rocha desde su Estética del Hambre. Y así, una paloma posada demasiado cerca se convierte en límite, transición. La mujer la atrapa de un manotazo, su instinto, su hambre puede más que su andamiaje social. Y ese acto funda un nuevo orden, un nuevo estado de cosas, una barrera se ha traspasado. La necesidad desafía a la norma.

De repente él consigue trabajo, y de repente (¿tan cerca estaba la vindicación digna?) todo cambia. Curiosamente, lo primero que hacen es vestirse, mostrando, evidenciando que esa ruptura de la norma social más elemental (No comerás palomas) pesaba, latía internamente insistente. Evidencia del peso de lo social, de su valor constitutivo, calificador, autocalificante, designador de pertenencias, del ser parte de un algo, del estar imbricado en una trama, siendo con/desde otros. El ser rebotando con su necesidad básica siempre insatisfecha: formar parte, hacer grupo (con la contrapartida trágica de un inevitable no llegar nunca a conformar dicho anhelado grupo: el núcleo deseo/imposibilidad, paradigma de la tragedia contemporánea).

Y tan de repente como vino, se fue. La ropa pareció ser la meta, el fin, y resultó ser un igualador, un mero objeto que nos lanza a la arena de lo social, donde fieras, bestias humanas (otra díada trágica constitutiva: lo bestial/lo humano, traducido en el civilización/barbarie de mucho pensador perezoso) están al acecho. Apelando a la discursividad contra hegemónica de los fervorosos 60, las fieras de Dos Santos están representadas, sintetizadas en policías. El Estado moderno ha delegado su fuerza represiva en la policía: condensación perfecta del aspecto corrupto, arbitrario, cruel, impune de sí mismo. Un acto fortuito (otro más, y es que lo fortuito del acto, del acontecimiento, de la situación, es lo que estructura, lo que constituye) lo lleva a la cárcel. Acto fortuito, miserable, injusto. ¿Pero cuál es la vara que mide? ¿Hay vara, hay medición, hay un tercero imparcial? La cínica burguesidad de la justeza, del castigo justo, de la imagen justa. A ello, Dos Santos impone el ateo credo godardiano, ofreciendo solamente (justamente) imágenes, las que emanan en su materialidad una violencia latente, no practicada, pero potencial, no ejercida por esa familia, pero que rebota pérfida en quien mira. “La más auténtica manifestación cultural del hambre es la violencia”, y es por su ausencia, por su relego a un continuar con el fluir, a un cíclico retorno a la sequedad del Sertao, del desierto mortuorio, que las palabras de Rocha vuelven e incidir, sintomáticamente hacia el final de la película de Dos Santos. El Sertao, la tierra seca, los animales muertos, y ese pequeño núcleo humano lanzado a la experiencia límite del vagabundeo manteniendo el hilo de vida, el hilo que une el hambre con la posibilidad de ser, con la opción de ser, antes que un nuevo manotazo desgarrador -rasgador de mallas ontológicas: del ser, de la trama social toda- encuentre a otra impávida paloma.

* Sebastián Russo es sociólogo (especializado en Sociología de la cultura) y está a cargo de la sección El túnel, dedicada al cine latinoamericano en Miradas de cine.

28 mayo 2006

La tragedia de lo social

Sebastián Russo llegó a kinephilos a través de Miradas de Cine. Es un especialista en sociología de la cultura y tiene a su cargo la sección El Túnel, dedicada a cine latinoamericano, en esa revista digital.
Si yo tuviera que elegir sólo una película de Buñuel, escogería
El ángel exterminador. Sebastián nos ofrece su lectura sobre esta obra maestra de don Luis. Bienvenido.
LS



EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Sebastián Russo*


Si no fuera por un “detalle”, El ángel exterminador sería una (entre muchas otras) película de crítica social. Una película de revancha social, de revancha clasista. Un grupo de burgueses, encerrados en una mansión, en un salón, por días, sin criados, durmiendo todos juntos, sin comida, sin agua, comienzan a perder toda compostura, trasvasando las más elementales normas sociales, irradiando ante la adversidad lo peor de cada uno. Hasta ahí, el relato de una historia revanchista. Un revés de la trama del hipócrita burgués. Pero hay un detalle, la historia la cuenta Buñuel: nadie obliga al grupo de burgueses a dejar el salón, ninguna revolución proletaria los ha encarcelado, ningún elemento tangible (rejas, paredes) les impide dejar la mansión. Y el relato se complejiza. De película clasista, pasamos a un proto tratado de filosofía de noventa minutos. Elucubraciones sobre las relaciones insolubles entre el ser y su circunstancia, y el ser y la (su) otredad, afloran en varios niveles. Por un lado un contexto extremo que habilita lo instintivo, que revela lo primigenio, que banaliza lo cultural. Por otro, normas sociales que se evidencian arbitrarias, mutables, pero que fatalmente estructuran, que imposibilitan existencia por fuera de ellas. Y el otro, su mirada, el peso de su juzgamiento visual, verbal. En suma, la tragedia de lo social, de vivir con otros.

El “detalle”, el guiño buñueliano, esa abúlica indeterminación que los encarcela y degrada, esa “nada” que los contiene –en doble acepción: paraliza/protege–, esa exterminación complaciente, esa celestina promiscuidad, hace de El ángel exterminador, algo más que un film de revancha de clase. Buñuel conforma una fábula de registro ontológico, anticlerical/clasista, pero enfocada en un presunto regreso al principio de las cosas, donde objetos, animales y personas conforman un todo indiferenciado, comunitarista por necesidad. En donde el binarismo (si hay revancha, debe haber al menos dos) es inadmisible, en pos de una unicidad (el ser/lo social) en tensión perpetua entre sus elementos internos, y con la naturaleza. Rastreando en lo abyecto, indaga en lo originario. Navegando en la degradación (de las normas, de los seres) redescubre la vida detrás de las formas, detrás de la impostura. Ridiculizando lo social, sus códigos, a la vez que revelándolos imprescindibles, Buñuel expone de forma magnífica la necesidad vital de esa ficción, de ese absurdo llamado “lo real”.

* Sebastián Russo es sociólogo (especializado en Sociología de la cultura) y está a cargo de la sección El túnel, dedicada al cine latinomericano en Miradas de cine.