
En España estamos en tiempos de perder nuestra amnesia histórica referente a nuestro siglo XX. La Ley de Memoria Histórica genera, no obstante, controversia y ampollas entre los sectores conservadores, católicos y los de derechas, que ven amenazado su idílica versión donde todos los males se cargan a lomos de la izquierda, y todas las virtudes, con algunas imperfecciones, a la dictadura de Franco. Una dictadura que en realidad se cimentó tras un golpe de Estado por militares, banqueros, monárquicos, fascistas y obispos que derivó en una guerra civil que vino a acabar con la democracia elegida por las urnas de la Segunda República. Una dictadura que tras acabar la guerra civil deseó ayudar, y lo hizo en lo que pudo, a los NAZIS y fascistas de Alemania e Italia durante la Segunda Guerra Mundial. Una dictadura que se prolongó en el tiempo hasta la muerte del dictador general Franco (1975) y que no se entendió como efectivamente acabada hasta la instauración de la Monarquía Parlamentaria del Rey Juan Carlos I con la Constitución de 1978.
La dictadura de Franco fue un régimen brutal de 36 años (39 si se cuenta su mando en el bando franquista durante la guerra civil de 1936 a 1939) que no dudó en exterminar a sus oponentes costase lo que costase. Franco, incluso antes de acabar la guerra, había estado generando leyes por las cuales se consentía la depuración, ejecución, encarcelación, penalización, marginación, etcétera, de toda persona de izquierdas, preferentemente de aquellos que hubieran demostrado su convicción en sus ideas, hubieran detentado un cargo, pertenecido a determinadas sociedades o hubieran sido maestros que no instruyeran únicamente en las ideas del catecismo católico. Inmediatamente dio de giro de tuerca en sus papelotes jurídicos a los hechos verídicos y se presentó a los partidarios de la República, régimen democrático elegido por el pueblo, como rebeldes de España, cuando había sido él con el general Mola y otros quienes se habían alzado contra el gobierno provocando una guerra civil cuyo resultado final sería una dictadura de origen fascista y posteriormente nacionalcatólica.
Muchos fueron los muertos en la guerra por mero capricho de la represión franquista, desde el asesinato del poeta Federico García Lorca a los 5.000 ejecutados de la plaza de toros de Badajoz. Bien es cierto que, como dijo recientemente el poeta Marcos Ana, encarcelado durante 23 años por Franco, durante la guerra ambos bandos cometieron asesinatos injustificables, pese a que la República tratase de frenarlos con leyes y guardias de asalto desde diciembre de 1936 y los franquistas de potenciarlos con leyes que los legitimaban. Sin embargo, acabada la guerra, la dictadura no trató de reconciliar a las dos Españas, sino que trató de eliminar por diversos medios a la España de sentir democrático, la España laica, la España de izquierdas o incluso de derechas democráticas. De 1939 a 1942, cuando Franco estuvo a muy poco de introducir al país de lleno en la Segunda Guerra Mundial apoyando a Adolf Hitler, hubo un gran exterminio de personas que se habían significado o habían sido identificadas por amigos o familiares, de izquierdas o laicas. De 1942 a 1945, cuando parecía que Hitler perdería la guerra y los aliados entrarían en España para acabar con Franco, el dictador decidió pasar de la no beligerancia al estado de neutralidad para favorecer no ser depuesto por los aliados. De este modo aminoró el número de las numerosas ejecuciones, pero una vez comprobado que los aliados no entrarían en España, de 1946 a 1949 se reprodujo la virulencia de la represión de la etapa 1939-1942. Tras 1949 siguieron las ejecuciones, pero ya no había tanta gente para matar. Los últimos ejecutados de Franco fueron, incluso, a dos meses de la muerte del dictador en 1975, no le temblaba el pulso ni en sus últimas horas. Y no sólo hubo muertos de 1939 a 1975, hubo exilios, encarcelados, torturados, sancionados económicamente, en trabajo, etcétera. Heridas de una sociedad que en 2007 aún debe lamérselas de vez en cuando porque escuecen, sobre todo cuando algún político conservador del Partido Popular llega a afirmar que en la dictadura se vivía muy bien y por ello no se debe revisar la Historia (cito de memoria comentarios de Mayor Oreja, antiguo ministro de José María Aznar).

La guerra civil acabó oficialmente el 1 de abril de 1939 con la victoria del fascismo en España. Existieron grupos guerrilleros que se resistieron a tal victoria con la idea de mantenerse en activo hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, en la creencia de que realmente los aliados ayudarían a los españoles republicanos contra una dictadura amiga de Hitler. Uno de estos grupos clandestinos asesinó al comandante de la guardia civil Isaac Gabaldón junto a su hija y su chófer en una cuneta de carretera, al igual que en cunetas estaban fusilando a cientos de personas la dictadura sin distinguir ni en sexos ni edades y tan sólo distinguiendo si se mataba o no a gente de izquierdas. Semanas antes, habían sido arrestadas y encarceladas por distribuir panfletos pidiendo “menos Franco y más pan blanco” a diversas mujeres cuyas edades oscilaban de los 18 a los 32 años, siendo en aquella época los 21 años la mayoría legal de edad en España (hoy día es a los 18). El asesinato de Gabaldón fue una excusa más del régimen para procesar, sin derecho a la defensa, a un promedio de setenta personas encarceladas y sin vínculos con tal suceso, para ejecutarlas. Fueron fusilados, el 5 de Agosto de 1939, 57 hombres (la película los rebaja a cuarenta y pico) y las trece mujeres citadas, varias de las cuales por su edad legal eran consideradas por entonces niñas adolescentes. Grupo enorme de gente que, no obstante, cada día se repetía por toda la geografía española. No es de olvidar que hoy día aún se sigue desenterrando de nuestras cunetas de carretera fusilados. Todo el grupo fue fusilado en diversas tandas en el Cementerio del Este de Madrid, actual cementerio de La Almudena. La juventud de muchas de ellas hizo que desde el primer instante se las llamara Las Trece Rosas. La ejecución causó gran consternación entre las presas de la cárcel a la que pertenecían y provocó una revuelta que se extendió a otras cárceles franquistas e hizo que el exilio conociera la Historia de lo sucedido, convirtiéndolas así en nombres propios de la represión franquista.
Un hecho terrible que la película nos brinda la posibilidad de recordar y poner a cada uno en su sitio de quién estaba dónde. Yo mismo conozco hoy día a un anciano que fue un militar que daba los tiros de gracia a los ejecutados en el Valle de los Caídos. Hoy día es un anciano entrañable que dice que obedecía órdenes so pena de ser ejecutado él, excusa que se oyó mucho en Nuremberg en boca de NAZIS al final de la guerra mundial. Pero a diferencia del año 1945, no pedimos hoy día en España procesar a nadie por lo que hizo, sino simplemente recuperar la justicia recuperando la Historia. Por mí el anciano que he citado puede seguir tranquilo viviendo con sus nietos. No me importa, ni a nadie le importa ya, cuando incluso los familiares de numerosos ejecutados piden hoy día simplemente poder enterrar a sus muertos en un cementerio y que se recuerde porqué y cómo los mataron. Pero sí me importa que se pretenda decirnos que la dictadura de Franco fue cosa de poco donde se vivía bien. No se pide procesar a nadie, aunque haya sectores políticos españoles actuales que les escueza que se diga cual era el origen y actitudes de la dictadura de Franco, la cual aportó en sus postrimerías numerosos políticos que darían paso a los partidos políticos democristianos de la transición a la monarquía parlamentaria. O del mismo modo cuando el Papado decide beatificar a católicos muertos durante la guerra civil porque al Papa actual no le gusta que se pretenda restaurar la memoria de unos ejecutados que a menudo lo fueron con complicidad de la Iglesia. Más les valdría, en mi opinión, rectificar lo que se hizo mal, del mismo modo que un juez de Chile les ha hecho rectificar con la condena judicial a un sacerdote que colaboró con la represión de Pinochet.
Esta película acerca, de modo universal, las miserias del ser humano cuando se llena de odio. Quizá por eso merece la pena verla, aunque a mí me deje aún regustillo de que en algo falla. Quizá es una película muy dirigida a los españoles para que recuerden.