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12 febrero 2009

No te olvides de despertarme...


Difícil creerlo, de veras, pero todavía me siento de treinta y vivo con esta idea, muy criticado, claro está, por mis amigos, por mi familia, por mis admiradores. Antonin Artaud perdió todos los dientes el año antes de su muerte, pero estaba convencido de que le saldrían de nuevo. Yo estoy convencido de que soy inmortal. Probablemente, mis últimas palabras sean: “no te olvides despertarme a las ocho en punto porque tengo que perfeccionar un solo de trompeta”.
Julio Cortázar






¿Hay algo más cinematográfico que un vampiro? Sí, un tren, por ejemplo, pero no importa. Desde el Nosferatu de Murnau, un vampiro es cine, por donde lo mires.

Hace 25 años que Julio Cortázar dejó de escribir. Mi homenaje a ese fabulador como pocos, será a través de un cuento, que forma parte de la colección de narraciones La otra orilla. Escrito en 1937, "El hijo del vampiro" tiene la frescura de la juventud del autor y su pureza de novato. Todavía no conocía el autoexilio. Todavía no conocía la fama. Todavía no había escrito Rayuela ni sus famosos libros de cuentos.
Que lo disfruten…

LS


EL HIJO DEL VAMPIRO

Probablemente todos los fantasmas sabían que Duggu Van era un vampiro. No le tenían miedo pero le dejaban paso cuando él salía de su tumba a la hora precisa de medianoche y entraba al antiguo castillo en procura de su alimento favorito.
El rostro de Duggu Van no era agradable. La mucha sangre bebida desde su muerte aparente —en el año 1060, a manos de un niño, nuevo David armado de una honda-puñal— había infiltrado en su opaca piel la coloración blanda de las maderas que han estado mucho tiempo debajo del agua. Lo único vivo, en esa cara, eran los ojos. Ojos fijos en la figura de Lady Vanda, dormida como un bebé en el lecho que no conocía más que su liviano cuerpo.
Duggu Van caminaba sin hacer ruido. La mezcla de vida y muerte que informaba su corazón se resolvía en cualidades inhumanas. Vestido de azul oscuro, acompañado siempre por un silencioso séquito de perfumes rancios, el vampiro paseaba por las galerías del castillo buscando vivos depósitos de sangre. La industria frigorífica lo hubiera indignado. Lady Vanda, dormida, con una mano ante los ojos como en una premonición de peligro, semejaba un bibelot repentinamente tibio. Y también un césped propicio, o una cariátide.
Loable costumbre en Duggu Van era la de no pensar nunca antes de la acción. En la estancia y junto al lecho, desnudando con levísima carcomida mano el cuerpo de la rítmica escultura, la sed de sangre principió a ceder.
Que los vampiros se enamoren es cosa que en la leyenda permanece oculta. Si él lo hubiese meditado, su condición tradicional lo habría detenido quizá al borde del amor, limitándolo a la sangre higiénica y vital. Mas Lady Vanda no era para él una mera víctima destinada a una serie de colaciones. La belleza irrumpía de su figura ausente, batallando, en el justo medio del espacio que separaba ambos cuerpos, con el hambre.
Sin tiempo de sentirse perplejo ingresó Duggu Van al amor con voracidad estrepitosa. El atroz despertar de Lady Vanda se retrasó en un segundo a sus posibilidades de defensa. Y el falso sueño del desmayo hubo de entregarla, blanca luz en la noche, al amante.
Cierto que, de madrugada y antes de marcharse, el vampiro no pudo con su vocación e hizo una pequeña sangría en el hombro de la desvanecida castellana. Más tarde, al pensar en aquello, Duggu Van sostuvo para sí que las sangrías resultaban muy recomendables para los desmayados. Como en todos los seres, su pensamiento era menos noble que el acto simple.


En el castillo hubo congreso de médicos y peritajes poco agradables y sesiones conjuratorias y anatemas, y además una enfermera inglesa que se llamaba Miss Wilkinson y bebía ginebra con una naturalidad emocionante. Lady Vanda estuvo largo tiempo entre la vida y la muerte (sic). La hipótesis de una pesadilla demasiado verista quedó abatida ante determinadas comprobaciones oculares; y, además, cuando transcurrió un lapso razonable, la dama tuvo la certeza de que estaba encinta.
Puertas cerradas con Yale habían detenido las tentativas de Duggu Van. El vampiro tenía que alimentarse de niños, de ovejas, hasta de —¡horror!— cerdos. Pero toda la sangre le parecía agua al lado de aquella de Lady Vanda. Una simple asociación, de la cual no lo libraba su carácter de vampiro, exaltaba en su recuerdo el sabor de la sangre donde había nadado, goloso, el pez de su lengua.
Inflexible su tumba en el pasaje diurno, érale preciso aguardar el canto del gallo para botar, desencajado, loco de hambre. No había vuelto a ver a Lady Vanda, pero sus pasos lo llevaban una y otra vez a la galería terminada en la redonda burla amarilla de la Yale. Duggu Van estaba sensiblemente desmejorado.
Pensaba a veces —horizontal y húmedo en su nicho de piedra— que quizá Lady Vanda fuera a tener un hijo de él. El amor recrudecía entonces más que el hambre. Soñaba su fiebre con violaciones de cerrojos, secuestros, con la erección de una nueva tumba matrimonial de amplia capacidad. El paludismo se ensañaba en él ahora.
El hijo crecía, pausado, en Lady Vanda. Una tarde oyó Miss Wilkinson gritar a su señora. La encontró pálida, desolada. Se tocaba el vientre cubierto de raso, decía:
—Es como su padre, como su padre.


Duggu Van, a punto de morir la muerte de los vampiros (cosa que lo aterraba con razones comprensibles), tenía aún la débil esperanza de que su hijo, poseedor acaso de sus mismas cualidades de sagacidad y destreza, se ingeniara para traerle algún día a su madre.
Lady Vanda estaba día a día más blanca, más aérea. Los médicos maldecían, los tónicos cejaban. Y ella, repitiendo siempre:
—Es como su padre, como su padre.
Miss Wilkinson llegó a la conclusión de que el pequeño vampiro estaba desangrando a la madre con la más refinada de las crueldades.
Cuando los médicos se enteraron hablóse de un aborto harto justificable; pero Lady Vanda se negó, volviendo la cabeza como un osito de felpa, acariciando con la diestra su vientre de raso.
—Es como su padre —dijo—. Como su padre.
El hijo de Duggu Van crecía rápidamente. No sólo ocupaba la cavidad que la naturaleza le concediera sino que invadía el resto del cuerpo de Lady Vanda. Lady Vanda apenas podía hablar ya, no le quedaba sangre; si alguna tenía estaba en el cuerpo de su hijo.
Y cuando vino el día fijado por los recuerdos para el alumbramiento, los médicos se dijeron que aquél iba a ser un alumbramiento extraño. En número de cuatro rodearon el lecho de la parturienta, aguardando que fuese la medianoche del trigésimo día del noveno mes del atentado de Duggu Van.
Miss Wilkinson, en la galería, vio acercarse una sombra. No gritó porque estaba segura de que con ello no ganaría nada. Cierto que el rostro de Duggu Van no era para provocar sonrisas. El color terroso de su cara se había transformado en un relieve uniforme y cárdeno. En vez de ojos, dos grandes interrogaciones llorosas se balanceaban debajo del cabello apelmazado.
—Es absolutamente mío —dijo el vampiro con el lenguaje caprichoso de su secta— y nadie puede interpolarse entre su esencia y mi cariño.
Hablaba del hijo; Miss Wilkinson se calmó.
Los médicos, reunidos en un ángulo del lecho, trataban de demostrarse unos a otros que no tenían miedo. Empezaban a admitir cambios en el cuerpo de Lady Vanda. Su piel se había puesto repentinamente oscura, sus piernas se llenaban de relieves musculares, el vientre se aplanaba suavemente y, con una naturalidad que parecía casi familiar, su sexo se transformaba en el contrario. El rostro no era ya el de Lady Vanda. Las manos no eran ya las de Lady Vanda. Los médicos tenían un miedo atroz.
Entonces, cuando dieron las doce, el cuerpo de quien había sido Lady Vanda y era ahora su hijo se enderezó dulcemente en el lecho y tendió los brazos hacia la puerta abierta.
Duggu Van entró en el salón, pasó ante los médicos sin verlos, y ciñó las manos de su hijo.
Los dos, mirándose como si se conocieran desde siempre, salieron por la ventana. El lecho ligeramente arrugado, y los médicos balbuceando cosas en torno a él, contemplando sobre las mesas los instrumentos del oficio, la balanza para pesar al recién nacido, y Miss Wilkinson en la puerta, retorciéndose las manos y preguntando, preguntando, preguntando.

07 enero 2009

En mi cumple, un regalo para ti

En su tercer cumpleaños, kinephilos te regala Ten minutes older,  de Herz Frank (1978). Se trata del corto documental que sirvió de inspiración para que 24 años después se filmara con el mismo nombre la obra colectiva, que reúne los trabajos de Chen Kaige, Werner Herzog, Jim Jarmusch, Aki Kaurismaki, Spike Lee, Wim Wenders, Bernardo Bertolucci, Claire Denis, Mike Figgis, Jean-Luc Godard, Jiri Menzel, Michael Radford, Volker Schlöndorff, István Szabó... y Alumbramiento, de Víctor Erice, que ya hemos comentado.
Espero que lo disfruten.

LS






30 marzo 2007

Alumbramiento

(Para ver el corto, hacer clic aquí)


UNA CLASE DE CINE
Liliana Sáez

Lo hemos dicho varias veces en este blog. Víctor Erice es un maestro. Su escasa filmografía basta para instalarlo entre los mejores (si no el mejor) director de cine español. Hace muy poco tiempo fue invitado a participar en un film colectivo, donde él aportó Alumbramiento, un corto de casi diez minutos, con una secuencia de planos que habla del mismo universo al que pertenece una de sus películas (la más hermosa, a mi entender), El espíritu de la colmena.

En esos diez minutos están presentes tres de sus temas favoritos: el entorno realista, la fantasía infantil y la guerra. Estructurada a la manera clásica –introducción, conflicto, desenlace–, la habilidad de Erice radica en que casi sin diálogos (que aparecen casi al final del film) y con una serie de planos cortos, rodados en blanco y negro, y algunas disolvencias y sobreimpresiones, nos va narrando no sólo la acción, sino que también va instalando en el espectador la sensación del ritmo que se vive en una casa. Cada personaje es definido con un plano... no son los actores los que hablan, es la cámara la que nos relata.


Un niño recién nacido, una mujer que duerme un sueño intranquilo, una mancha de sangre que se va expandiendo por la ropa del bebé.

Un niño que dibuja un reloj en su muñeca y que lo acerca a su oreja para escuchar el tic-tac (¿dispara una especie de cronómetro fatal?). Un reloj verdadero que marca la hora de la siesta, y cuyo péndulo irá pautando cada uno de los segundos de la película.

Dos hombres en la sala, uno juega al solitario, el otro dormita en el sofá. Un suave tilt up nos muestra las fotografías de la pared sobre el respaldo del sillón.

El bebé, la madre, la mancha...

Una máquina de coser que borda un babero, una mujer que amasa en la cocina y que apoya la jarra sobre un diario que muestra la fotografía de tres soldados
(los títulos narran la llegada de los alemanes a la frontera española).

El bebé, la madre, la mancha...

Dos hombres siegan el campo, una mujer tiende la ropa, un soldado trenza una cuerda. Un suave tilt down nos muestra que ha perdido una pierna...
(¿en la guerra?)

Corte a dos pies balanceándose (ya nos genera cierta angustia, hemos visto al joven lisiado, ahora vemos dos pies colgando), pronto Erice nos muestra a una niña hamacándose.

Un perro duerme... un espantapájaros en el campo... disolvencia al bebé
(por un momento vemos una cruz, la del espantapájaros, dibujada sobre el cuerpo del niño, nos genera inquietud). La mancha de sangre sigue expandiéndose.

Una gota cae en un lavamanos y su ruido marcará ahora los segundos. Sobreimpresión sobre una de las fotos de la pared. En una panorámica de la fotografía, que se detiene en el borde izquierdo vemos a un hombre joven: En un bar de La Habana, el hombre posa junto a su personal en un almacén. De allí, pasamos al habano que actualmente aprisionan los dedos del hombre que dormita en el sofá
(con esos únicos dos planos, ya nos contaron su pasado), un auto con placa cubana está frente a la casa. Allí, un encuadre nos muestra a dos niños en la parte delantera del auto; otro, a dos niñas en la parte posterior; un nuevo encuadre integrador enfoca a los cuatro niños que juegan.

Dos mujeres lustran zapatos, un tilt down nos muestra una colección de los zapatos de la familia
(y el trabajo realizado o por realizar de estas dos mujeres). Los hombres siegan el campo, un pájaro arroja un fruto al suelo, donde aparece una culebra (nuevamente sentimos cierta inquietud).

El perro dormido, el espantapájaros, el bebé, un gato que ingresa al cuarto, que se asoma a la cuna, el niño que llora, la mujer que cuelga la ropa atiende al grito que rompe el silencio de la tarde, los niños corren hacia la casa, el sofá queda vacío, la cocina ha sido abandonada... Tilt down y paneo sobre los rostros de los personajes asomados a una puerta: el viejo, la mujer que tendía la ropa, los niños; la cocinera, junto a las dos mujeres que lustraban zapatos tratan de calmar al bebé, la cocinera anuda el ombligo, el niño llora, la mujer en la cama es acompañada por el marido (el del habano), quien aprieta su mano tratando de calmar su angustia, la cocinera les alcanza el niño, los personajes de la puerta sonríen...

Un canción de campo rompe con la secuencia de imágenes que nos ha generado cierta angustia, mientras vemos la silueta de la mujer que tiende una sábana, en un plano hermosísimo, que nos instala de nuevo en una zona de tranquilidad.

En picado el lavamanos, donde alguien sumerge la ropa del bebé manchada de sangre para lavarla, la máquina de coser termina de bordar el nombre del niño en el babero, el niño borra el reloj imaginario de su brazo (¿será en otra oportunidad?), los segadores siguen con la tarea que no han interrumpido, la niña se hamaca, el perro duerme, el soldado sigue trenzando la cuerda, el niño del desván cierra la puerta, disolvencia al péndulo del reloj, disolvencia a la foto del diario que está sobre la mesa de la cocina. Una mancha
(¿de agua? ¿de sangre?) avanza sobre la foto de los tres soldados, vemos la fecha del diario: 28 de junio de 1940 (dos días antes de que naciera Víctor Erice). Disuelve a negro.


Serie de planos conjugados con maestría, cuánta información obtenemos, cuánta angustia nos invade mientras vemos en un ritmo apacible la secuencia de imágenes premonitorias. Ver este corto es querer apresarlo en la memoria (creo que se nota, la descripción casi textual, las imágenes describiéndolo, el link al propio video). Sólo que desmenuzándolo se nota el artilugio con el que Erice logra embaucarnos y angustiarnos con una historia de final feliz. ¿Feliz? Los rastros de la guerra son los verdaderos elementos desequilibradores.

Queda pensar si estamos ante una historia autobiográfica, si es un discurso sobre la guerra como futuro del niño, como amputación de la vida, si es una historia breve con final feliz y algunas trampas para angustiarnos...

De lo que no me cabe duda es que estamos ante un verdadero maestro, un señor que sabe contar una historia, involucrar al espectador, armar personajes sin que digan una palabra, utilizar la imagen (¿qué otra cosa debe ser un director?) para narrarnos una historia y para dejarnos pensando en algo tan profundo como la vida y la muerte.








Dedicado a mi profesor, Alfredo Roffé.