07 abril 2009

Andrés Caicedo no es un blogger

Liliana Sáez


Me resisto a ver a Andrés Caicedo desprovisto de las vestiduras con que gentilmente lo arroparon sus buenos y verdaderos amigos Luis Ospina y Sandro Romero Rey. Me resisto a que le corten el pelo, a que lo consideren un precursor del movimiento blogger o de la comunicación entre internautas. Me resisto a creer que Andrés fue un depresivo suicida antes que todo lo que realmente fue...

El pasado 30 de marzo, el Bafici organizó una mesa redonda felizmente multitudinaria, donde Luis Ospina habló de su película Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos y Alberto Fuguet de su libro: Mi cuerpo es una celda, un montaje de textos que muestran a un Caicedo más atormentado, si se quiere, más aggiornado para el gusto de los jóvenes cinéfilos. Este libro es el "rosebud" de Andrés, dijo Ospina. Pues sí, yo creo que este libro está sirviendo para derribar fronteras, para liberar a Caicedo de su Calicalabozo.

Ahora bien, como ya sabemos qué significa "rosebud", veamos qué más hay en la obra de Andrés. Profundicemos en su corta y obsesiva trayectoria, que no es únicamente cinéfila. Andrés Caicedo, antes que cinéfilo es escritor (de cuentos, de una novela, de teatro y hasta de guiones para cine). Luego, sí, Andrés es un cinesifilítico, ser infecto de una pasión que no se limita a consumir cine.

Lo he dicho varias veces, creo que puedo decirlo una más... Andrés experimentó el cine en todas sus facetas: como espectador, persiguiendo con sus amigos, como bien contaba Luis Ospina, una película desde una sala de estreno hasta otra más marginal, para ver cuantas veces fuera necesario un film que le hubiera llamado la atención (no había reproductores de vídeo, así que había que buscar la manera de retener aquellos planos que lo obsesionaban); como crítico, con la creación de la revista Ojo al cine, así como con las colaboraciones en otras publicaciones. Su obra crítica ha sido recopilada por sus buenos amigos en un libro, Ojo al cine, que además presenta los textos que compartía con los cineclubistas los sábados a la mañana. Esa es otra faceta, la del distribuidor, que obsesivamente proyectaba las películas antes de su pena de muerte, cuando finalizaban los derechos de autor y había que destruir la copia. Como guionista, ya lo dijimos y hasta se contaron anécdotas de su viaje a Los Ángeles para contactar a Roger Corman y mostrarle sus guiones. O como realizador con la abortada Angelita y Miguel Angel, que por desacuerdos con Carlos Mayolo sólo pudo ver la luz fragmentariamente en el documental de Ospina. O como docente, ya que fue formando un público en el (su) gusto por el cine.

¿Cómo asomar la idea de que Andrés sea un blogger? Por favor...

Sobre la red cinéfila que estableció con la gente de Perú, España, Venezuela... hay que contradecir lo que se dijo en la mesa redonda. No fue precursor de esa red, fue integrante de ella; tampoco fue un caso aislado, todos estos países tenían una generación cinéfila que bebía de la nouvelle vague y que permitió que se promoviera el primer verdadero encuentro de cine latinoamericano en Mérida, en 1968.Existían revistas de cine, verdaderos iniciados en cine que se fueron convirtiendo en especialistas. Existía Hablemos de cine en Perú; Tiempo de cine en la Argentina; Cine al día en Venezuela y Ojo al cine en Cali. Andrés fue un hombre de su época, sí se inmoló en pasión cinéfila, pero no lo convirtamos en mártir. No lo fue. Fue un verdadero apasionado de cine y creía que vivir más de 25 años era una insensatez, quizá por aquello que contó Luis Ospina, que Andrés tenía dificultad para vivir: para hablar, para cruzar una calle, con su torpeza lewisiana, su miopía, su tartamudez, que sólo le permitían realizarse a través de la incontinente escritura y la oscuridad de la sala de cine. O como dijo Carlos Mayolo, que Andrés se suicidó para morir con las ideas vigentes...

¿Cómo sería Andrés hoy? No sé, no importa. De la manera más tonta cruzó las fronteras, una pena que no lo haya hecho con toda la producción publicada por sus amigos desde hace tantos años. Andrés se puede leer hoy porque ya es un clásico, pero no lo es por un libro que se está traduciendo en varios idiomas. Lo es por su obra propia y por el amor con que sus amigos resguardaron sus textos. Para muestra, basta ver el documental pirata que Ospina mostró en el Bafici, donde con su cámara grabó, en un intento por retener al amigo ido, el programa de televisión donde un Andrés con frases entrecortadas por la tartamudez habla de una de sus pasiones, quizá la que más le quemaba, el cine.

Para muchos, Rosebud es la clave de Citizen Kane. Para otros, entre quienes me incluyo, es solo un pretexto para desarrollar un discurso cinematográfico riquísimo. Si Mi cuerpo es mi celda es el Rosebud de Andrés Caicedo, me quedo con lo que me develaron sus amigos a través de la publicación de los textos que escribió: su novela, sus obras de teatro, sus obras inconclusas, sus críticas, sus cartas... Todo lo demás es "cortarle el pelo" a Andrés, que no tiene otra significación que la que tenía para los jóvenes de los 70: "cercenarle las ideas".
Mi conocimiento de causa (lecturas y visionados):

Revista Ojo al cine, números 1, 2 y 5, Cali, 1974-1976.
Luis Ospina: Andrés Caicedo, unos pocos buenos amigos, 1986 (vídeo).
Andrés Caicedo: Que viva la música, Bogotá, Plaza & Janés, 1985.
Andrés Caicedo: Destinitos fatales, Bogotá, La oveja negra, 1988.
Andrés Caicedo: Angelitos empantanados o Historias para jovencitos, Bogotá, Norma, 1995.
Andrés Caicedo: El atravesado, Bogotá, Norma, 2000.
Andrés Caicedo: Noche sin fortuna, Bogotá, Norma, 2008.
Andrés Caicedo (seleccionado y anotado por Luis Ospina y Sandro Romero Rey): Ojo al cine, Bogotá, Norma, 1999.
Andrés Caicedo: El cuento de mi vida. Memorias inéditas, Bogotá, Norma, 2007.
Andrés Caicedo, María Elvira Bonilla Otoya: El libro negro de Andrés Caicedo. La huella de un lector voraz, Bogotá, Norma, 2008.
Luis Ospina: Andrés Caicedo. Cartas de un cinéfilo 1971-1973 y 1974-1976, Cinemateca Distrital, Bogotá, 2007.
Sandro Romero Rey: Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego, Bogotá, Norma, 2007.
Luis Ospina: Palabras al viento. Mis sobras completas, Bogotá, Aguilar, 2007.
Juan Duchesne-Winter: Equilibrio encimita del infierno. Andrés Caicedo y la utopía del trance, Cali, Archivos del Índice, 2007
Alberto Fuguet: Mi cuerpo es una celda. Una autobiografía, Bogotá, Norma, 2009.

8 comentarios:

Torres Tangarife dijo...

Para el próximo año, Alberto Fuguet publicará "Mi cuerpo ya no es una celda: cartas que la familia de A. Caicedo no me quiso mostrar".

¿Hasta cuándo van a seguir metiéndose en el rancho del finado?

Tal es la campaña comercial de Norma y Fuguet que primero trajeron a Buenos Aires "Mi cuerpo es una celda" que "El atravesado" y "Noche sin fortuna", dos novelitas fundamentales. Creo que quieren empezar por vender el lado más atormentado de Andrés para después, como pan caliente, distribuir sus novelas y cuentos.

PALA dijo...

Hace un par de meses conocí un mexicano que me ha llevado sorprendentemente por el camino de la música colombiana más raizal. Por ese lado de mi propio país que -lo admito sin pudor- él conoce mejor que yo.
Leo tu post sobre Caicedo y experimento exactamente lo mismo. El sobrecogiemiento y la sorpresa de caminar por un terreno que en virtud de mi nacionalidad me debería resultar más cercano, pero que ahora me llega amorosamente en la voz de alguien no colombiano y que habla con la voz de quien ama y conoce.
¡Ha sido un lujo!

juanmosquera dijo...

...Palita, si en tu cama duerme una chica que alguna vez tuvo apellido Caicedo antes que Monsalve entonces creo que has ido y vuelto al cali de hace veintitreinta años hace ya rato. Aún asi es hermoso que aún te asombren los asombros de encontrar tu país adentro de bellos acentos extranjeros.

Lili. Con vos estoy. Andrés no es un preblogger o un postmaldito, simplemente fue ese chico que amó lo que amó en un país que desprecia los talentos que no comprende. Un hombre con alma en dolby stereo y mirada en tecnicolor en una época que, aquí, era en blanco negro en medio de una realidad cruda y monofónica. Andrés tenía hambre de aprender y decir. Y aprendía y decía y era Angelita y Miguel Angel y escapó con pastillas de su calicalabozo mientras "unos pocos buenos amigos" se quedaron a calentar(se) con su cuerpo frío. Qué bueno que llega una hora para que más conozcan a Caicedo pero esto no es por Mayolo, Ospina o Fuguet... es por Caicedo mismo sin hacer lo que hizo, sin respirar de aquella manera particular sólo habrían páginas en blanco con el nombre de nadie, es decir: no habría nada y detrás de él no habría nadie. No es Andrés el hermano mayor que nunca tuvo Fuguet aunque si el genio que nunca Alberto llegará a ser...

Liliana dijo...

Qué lujo que sean tres amigos colombianos quienes hayan comentado mi post. Realmente lo escribí un poco temerosa, porque a pesar de que vengo siguiéndole el rastro a Andrés Caicedo hace algunos años (unos 18 para ser más precisa), siempre pienso que mi admiración por su obra no me deja ver algo que los demás ven.
Temo que Caicedo se convierta en un afiche, que su imagen sirva para estampar en una camiseta, que se lo vacíe de contenido... sería una pena, con todo lo que nos ha dejado.
Un abrazo a cada uno.

Fernando dijo...

Hoy he leído una nota sobre Caicedo en el diario rosarino La Capital: http://www.lacapital.com.ar/ed_senales/2009/4/edicion_25/contenidos/noticia_5040.html
Saludos.

Asterión dijo...

Saludos cordiales desde Costa Rica:

Los invito a leer la reseña de “Synecdoche, New York”, en

www.asterionloft.blogspot.com

Vigo dijo...

Estoy leyendo una serie de notas sobre Caicedo. Por una aleatoriedad decido poner mi visión en tu post que fue escrito hace ya más de un año...

No veo el problema de pensar que Caicedo fuera un precursor de blogger... bueh, quizás mucho más correcto hubiera sido decir que seguramente Caicedo si hubiera vivido ahora, tendría su propio blog.

¿Por qué? Sin detenerme demasiado en argumentar... pues porque le encantaba escribir extensas cartas a desconocidos; porque le encantaba discutir sobre las películas que veía y eso es algo que algunos blogs de redes cinéfilas proporcionan; porque le costaba el contacto con la gente, porque tenía muchísimas ganas de aprender (carne de Google).

A mi modo de ver, tenía todos los números para ser un futuro blogger.

Tampoco entiendo que no veáis (tú o los comments) con demasiado buenos ojos el trabajo de Ospina, Fuguet, y demás, como si se estuviesen beneficiando de este boom Caicedo, o como si hablasen más de la vida que de la obra del autor.

Hay al respecto algunas realidades, que sin el esfuerzo de esos "buenos amigos" dudo que Caicedo hubiera sido mínimamente conocido, y que si no se hubiera suicidado tampoco se valoraría su obra como se valora ahora.

Quizás si no hubiera sido ese suicida rebelde y rabioso con la sociedad hubiera escrito muchísimas obras más, mucho más maduras. Pero eso en realidad nunca lo sabremos con seguridad.

Pero en cierta manera Caicedo encarna esa potencialidad frustrada, y eso le convierte en una especie de James Dean de las letras colombianas.

Bueh, en mi opinión. Un saludo.
V.

Liliana dijo...

Es posible que tengas razón, Vigo. Caicedo debería vivir estos días para saber cómo se hubiera llevado con Internet y los blogs. Personalmente, creo como tú que sí le gustaba escribir y mucho. Pero sus interlocutores eran muy especiales, no era un público general. El blog te somete a una exposición que dudo que un tío como Andrés, tímido al extremo, se animara a sufrir. De todos modos, es inútil pensarlo hoy, cuando él no está. O sea, la discusión sobre esto es vana.

Lo que sí creo es que, quizá por el mito que se ha formado en torno a Caicedo -y es lo que subrayo en este post- es esa manera de vaciarlo de contenido, para mostrarnos un ser más anecdótico (el que veo a través de la charla que Fuguet ofreció en el Bafici y que se puede aprehender de su libro) que el talentoso Andrés que Ospina y sus buenos amigos nos han dado a conocer (por cierto, en este segundo tramo de la oración equivocas mi crítica: valoro a Luis Ospina por el trabajo que se ha tomado en validar y dar a conocer la obra de su amigo; que de eso no quede la menor duda).

En fin, son sutilezas, maneras de acercarse a un personaje (más que a la persona). Yo no le veo, realmente, publicando a viva voz sus penas, sus filias y sus fobias. Si hoy las conocemos, es gracias a la publicación póstuma de sus escritos. Él, conscientemente, sólo nos dejó "¡Que viva la música!"

Un saludo y gracias por acercarte a comentar. Aquí, todas las voces son bienvenidas y todos los criterios respetados.