07 junio 2009

El diablo también sabe filmar

Les presento a Pablo Castriota, quien inaugura su presencia en este espacio con una película que ha rescatado de los archivos “dvdianos” e internaúticos. Se trata de un film, ya leerán, muy particular. A mí, personalmente, me trae recuerdos de la Cinemateca venezolana, donde programé esta película en varias ocasiones, ya que en el archivo de esa institución existía (y espero que aún siga existiendo) una copia en perfecto estado. Así que festejo esta presencia de Pablo aquí, primero, porque llegan aires nuevos a kinephilos; segundo, porque se detiene a observar Häxan, la brujería a través de los tiempos, una película que es una verdadera rareza; y tercero, porque me ha llevado durante su lectura a la sala íntima de aquella querida Cinemateca en el Museo de Bellas Artes, que no era como hoy se cree un ámbito para intelectuales burgueses, sino que era un espacio abierto para niños, jóvenes y adultos con un abanico de propuestas que abarcaba todo un universo de gustos y posibilidades (cerca de 30 películas agrupadas en unos 10 ciclos, proyectadas en 90 funciones por mes no es tan marginal como se ha pretendido hacer creer) . Espero que disfruten este aporte. ¡Bienvenido, Pablo! LS


EL DIABLO TAMBIÉN SABE FILMAR - SOBRE HÄXAN, LA BRUJERÍA A TRAVÉS DE LOS TIEMPOS (1922)

Pablo Castriota




Ver Häxan - La brujería a través de los tiempos" (1922) genera una sensación probablemente similar a la de presenciar la revelación de un documento encontrado en una cripta o una catacumba. Mientras muchos críticos actuales interpretan como gestos transgresores u osados la cruza de los "difusos límites entre el cine de ficción y el documental" en muchos cineastas festivaleros contemporáneos, esta rareza de casi 90 años de existencia hace explícita la presencia de su director apenas comenzada la película, anticipándose en muchas décadas a gestos presuntamente "modernos" o poner bajo cuestionamiento el llamado Modelo de Representación Institucional. Häxan... es un docu-ficción mudo de origen sueco firmado por Benjamin Christensen, director del que desconozco el resto de su filmografía. Esta película está dividida en siete capítulos. La introducción, a modo didáctico e informativo, le permite al director trazar, mediante ilustraciones y textos de las más diversas épocas y orígenes, un recorrido por las supersticiones y mitos en torno al origen del Universo, la hechicería y, el tema principal de la película, la figura de las brujas. Pero cuando todo parecía tratarse de una especie de lección de Historia en formato documental, llega el segundo capítulo, y con él se pasa al punto más atractivo y de dominio central en todo el film: la puesta en escena grotesca de esas supersticiones a cargo del realizador, que aborda la paranoia y persecución a las que se sometieron a infinidad de personas bajo la acusación de cometer actos de brujería, las prácticas y tormentos que la Inquisición ejerció sobre estos acusados y, por sobre todas las cosas, un tratamiento sumamente humorístico de algunas de estas cuestiones, no privadas de un tono algo anticlerical y que confieren a la película la condición de simpático fetiche blasfemo ideal para cinéfilos herejes.

En la primera secuencia dramatizada vemos a una bruja en pleno preparativo de sus pócimas; dos asistentes le traen la mano amputada de un ladrón muerto en la horca envuelta en ramas; la hechicera procede a preparar una infusión curativa agregándole un dedo de la mano del muerto cuando, en el medio de la noche, recibe la visita de una mujer que viene a pedirle alguna "poción" para atraer el apetito sexual de un "devoto hombre de la Iglesia". Mientras la hechicera cede a su pedido comentándole de qué están hechas sus "recetas", la mujer fantasea con los efectos que este brebaje pudiera llegar a tener sobre el objeto de su deseo. Fundido mediante, vemos a un obeso monje que devora su cena como un cerdo, mientras la mujer le vuelca secretamente la poción sobre su bebida. El rechoncho monje bebe el líquido, y rápidamente vemos como su rostro expresa el efecto favorable que la bebida ha surtido en él. No satisfecha con esto, la mujer intensifica aún más su fantasía cuando la bruja le ofrece una poción de efecto aún mas poderoso que el anterior. Volvemos a la escena de la fantasía, donde esta vez el monje no se limita solo a miraditas de picardía sino que, directamente, emprende la persecución de la mujer por el medio de un bosque. Estas representaciones satíricas son coherentes en su forma, dado que el director apela al fabuloso poder expresivo del cine mudo en la gestualidad exacerbada de sus actores, en la graciosa literalidad burlona de los intertítulos y en el uso irónico de la música clásica, borrando cualquier posible rastro de impostación o rigor histórico en el tratamiento de los hechos.

Luego de una divertida alusión a las múltiples representaciones del Diablo y sus manifestaciones, en donde el mismo director encarna la figura de un promiscuo Satanás a cuyos brazos se rinde una "embrujada" sonámbula desnuda, pasamos al tercer capítulo en donde la película focaliza en el rol de los Inquisidores y la feroz persecución que se ejerció sobre toda aquella persona sospechada de perpetrar hechizos contra los demás. El criterio de acusación se basaba prácticamente en el aspecto del acusado, y dada la fama de viejas decrépitas que desde siempre se le otorgaron a las brujas, las que mayor riesgo corrían de caer bajo la siniestra acción de los Inquisidores y el prejuicio de la gente eran las ancianas que mendigaban en las puertas de las casas de los burgueses. Es lo que le sucede a la pobre María, la Tejedora, quien no tiene mejor suerte que la de caer a pedir pan en la casa de un enfermo a quien el dictamen de un ridículo ritual hecho con plomo lo diagnostica como "hechizado". Anna, la sufrida mujer del enfermo, influenciada por el diagnóstico del curandero y los prejuicios de su época, hace caer el peso de la acusación sobre María, a quien toman como prisionera y llevan ante los Inquisidores para ser sometida a toda clase de torturas. Ante el cruel trato recibido, la anciana comienza una falsa "confesión" en la que, ante los exhortos interrogadores presentes, describe toda una serie de ritos satánicos de los que ella habría formado parte. Esto da pie a que el director represente estas secuencias, que se encuentran entre lo mejor de toda la película: vuelos sobre escoba, diablos soplando cuernos y golpeando timbales, pisoteos y escupitajos sobre crucifijos, bebés sin bautizar arrojados a un caldero hirviendo y, lo mejor, la orgía en la que las mujeres participantes besan el trasero de los demonios. El peso de la acusación se vuelve contra Anna y su familia, quienes, según el falso testimonio de María, la Tejedora, formaban parte de esos rituales. Hay una frase que aparece poco después en la película y que resume perfectamente el grado de peligro que llevaban consigo los prejuicios sociales de la época:

Durante la época de brujería era peligroso ser vieja y fea, pero tampoco era seguro ser joven y guapa.

Anna es capturada en su hogar junto a su madre y sirvienta por los Inquisidores y sometida a los mismos sufrimientos que María, la Tejedora. El hermano John, uno de los más jóvenes y piadosos integrantes de la Inquisición, se siente tentado ante la presencia de la atractiva Anna, y le pide a uno de sus "hermanos" que lo castigue porque sus sentimientos son pecaminosos. El hermano, siempre bien predispuesto para limpiar culpas ajenas, toma el azote y flagela a John, a quien suponen "hechizado" por acción de la joven Anna; el hermano debe firmar, a instancias de sus duras autoridades, una acusación de "bruja" contra la joven. Como si esto fuera poco, los Inquisidores no dudan en ejercer prácticas de extorsión contra los acusados, como por ejemplo, prometerles la liberación en secreto si les revelan cómo generar truenos con agua. Cuando la persona acusada, víctima de la desesperación, cede ante este capricho de sus jueces, deciden inventar algo al respecto, atribuyéndose a sí mismos falsas cualidades hechiceras. La acusada es sorprendida "in fraganti" por alguna autoridad en el medio de su "confesión" y así se ratifica su destino inmediato de arder en la hoguera. Si bien este es el tramo más melodramático del relato, Benjamin Christensen no puede evitar el humor en la ridícula temerosidad que le adjudica a los inquisidores, sobre todo en aquella escena donde el hermano John presencia escondido la trampa que le tienden a la joven Anna para que les enseñe algunos trucos de brujería bajo la promesa de ser liberada. Al verla romper en llanto, John trata de convencer al severo Padre Henrik de que una verdadera bruja no podría llorar, a lo que recibe como respuesta:

"¡Muchacho estúpido! ¿No sabes que las brujas se untan en secreto con saliva, para que creamos que son lágrimas?"

La película sigue con una descripción detallada de las prácticas de la Inquisición, exhibiendo ilustraciones de "interrogatorios" así como también mostrando auténticos instrumentos de tortura y explicando su funcionamiento con actores. Alcanza conque la mano del torturador simule el movimiento de activación de cada mecanismo para que nos podamos imaginar el resto. Christensen llega al punto de probar el "retuerce-pulgares" en una de sus actrices, según lo que dicen los intertítulos, por "insistencia" de la misma actriz. A esto le sigue una divertida secuencia de posesiones demoníacas en un convento, donde una beata, la hermana Cecilia, es tentada por el diablo para cometer un acto de herejía en pleno altar. Las hermanas descubren la "confabulación", pero a esa altura el maligno ya tomó posesión absoluta de su influjo y todas se entregan a una frenética danza de la que la espantada hermana superiora rehúye ocultando su cabeza bajo una tarima como un ñandú.

En el séptimo y último capítulo, el director se sitúa en la actualidad (1922, dado el año de realización de esta película) para efectuar un análisis de las equivalencias entre las viejas supersticiones con las de nuestro tiempo. Para ello se vale de una exhibición de "freaks" cuyas deformidades hubieran derivado en una cruel persecución siglos atrás, mientras que hoy, estas ancianas jorobadas y tuertas deben recibir ayuda de los comedores públicos. El grado de honestidad que Christensen exhibe con los espectadores a través de los intertítulos permite dar una idea del compromiso que el realizador tuvo a la hora de abordar el tema, que sin anular su potencial cómico le permiten reflexionar sobre la linealidad del pensamiento humano y su dudosa evolución a la hora de lidiar con las supersticiones. El director muestra a la anciana actriz que interpretó a María, la Tejedora, diciéndole que ella cree en el Diablo y que éste se le ha aparecido varias noches sentado sobre su cama. Si bien Christensen es respetuoso con el testimonio de su actriz, también muestra lo endeble que resultan estas creencias al dotar la observación de una mirada objetiva (si tal cosa fuera posible), exhibiendo el pequeño cuaderno de oraciones que mantienen a la anciana a salvo de la mala influencia de Satanás. Que el director presente a sus actores en el plano real de las cosas y fuera del rol que venían desempeñando con sus personajes constituye un insólito (para la época) acto de explicitación de la condición representativa del cine, cuando no muchos se atrevían a violentar ese pacto con el espectador. Christensen prosigue advirtiéndole al espectador que una misma actriz se encargará de personificar a diferentes mujeres de la "actualidad", víctimas de diferentes signos de histeria de los que el director se sirve para trazar un interesante paralelo con las posesiones demoníacas de antaño. Así es como resulta sencillo equiparar a los sonámbulos o a los cleptómanos con aquellos extraños poseídos que salían por la noche al encuentro con el Diablo, para luego no recordar nada al despertar. Una paciente muestra insensibilidad física ante los contactos de un médico que examina su espalda, y el director recurre a un montaje paralelo en el que, en la Edad Media, los Inquisidores le hacían creer a los prisioneros que habían estado torturando por la espalda al acusado y que éste ni siquiera había sentido dolor alguno cuando, en realidad, no se había producido ningún contacto físico entre el instrumento de tortura y el cuerpo de la víctima. Esta supuesta "inmunidad" era lo que le confería a la persona su supuesto "status" de bruja, por lo cual la acusación de los inquisidores quedaba fortalecida ante la incredulidad del acusado. El diagnóstico del médico para con la paciente resulta ser de "histérica", y recomienda a la madre que su hija permanezca internada en la clínica. Hay una línea de texto brillante que pone de manifiesto el humor ácido de su director al abordar este paralelismo entre brujería e histeria y su sistema de equivalencias:

"¡Pobre brujita histérica! En la Edad Media hubieras tenido problemas con la Iglesia. Actualmente los tendrías con la ley".

Häxan está bastante lejos de ser una película misógina; que la totalidad de las acusaciones de brujería hayan recaído sobre mujeres, y que las víctimas de estas supuestas posesiones también las hayan incluido en su mayoría a ellas sólo habla de un desprecio al sexo femenino ejercido por el dominio imperante de la lógica masculina volcado en la figura de las autoridades políticas y religiosas a lo largo de los siglos. Dado que las víctimas excluyentes de estas persecuciones han sido mujeres, resulta sensato que el director ejemplifique desde la actualidad (bueno, desde principios del siglo XX), los signos de histeria manifestados en la sociedad corporizados en la figura femenina.

Una buena manera de acercarse a Häxan, película de limitadísima difusión en nuestro país, sería por medio de la mula electrónica. Existe dando vueltas una versión rippeada de la edición en DVD lanzada por Criterion, el mejor sello de ediciones en DVD del mundo. Si bien los efectos de la compresión se hacen visibles en el rojo monocromático que domina toda la imagen, la copia está en un punto aceptable, pero que seguramente difiere en mucho, muchísimo, de la original lanzada por Criterion. Los subtítulos en español pueden conseguirse fácilmente en www.subtitles-divx.net. La película también puede descargarse de manera gratuita en http://www.archive.org, dentro de la categoría Moving Images - Movies. Para quienes puedan desembolsar un dinero, contar con una edición original de Criterion siempre es preciable para cualquier coleccionista: según la descripción que se hace en el sitio web de la editora (www.criterion.com), la edición consiste en dos versiones de la película: la primera es la original y la segunda es una versión reducida a 76 minutos, que incluye la narración del poeta beatnik William Burroughs, con banda de sonido de Jean Luc Ponty. También incluye una presentación a cargo del director, Benjamin Christensen, con motivo del re-estreno del film en 1941, escenas eliminadas, un recorrido fotográfico por las fuentes históricas de información de las que se sirvió el realizador para su investigación, y como es costumbre en esta editora, un transfer digital con colores restaurados traslucido en el infernal rojo monocromático que impregnan estas películas, que seguramente debe formar parte de la colección privada del mismísimo Satanás. La edición, como todas las de Criterion, no cuenta con subtítulos en español, por lo que tendrán que valerse de sus conocimientos de inglés para interpretar la traducción de los intertítulos que se encuentran en su idioma original, el sueco, y que según informa la editora, también debieron ser agregados dada la desaparición de los originales.

1 comentario:

Israel Macedo dijo...

Què buenas aportaciones en èste blog, desconozco mucho de cine sin embargo es de mi agrado, saludos:)