19 mayo 2017

Out there (Takehiro Ito) y Porto (Gabe Klinger)

Liliana Sáez



En una búsqueda espacial e íntima, a la vez, para encontrarle sentido a la existencia, también se decanta Out There, del japonés Takehiro Ito, donde un director de cine busca en un actor novato la solución a su bloqueo creativo, mientras que el joven principiante trata de hallar ese lugar en el mundo que cada uno tiene asignado. Juntos encontrarán más de que lo que buscan. 




Si en las calles de Japón, el joven rastrea signos de su país natal, en Porto, filmada sin prisas ni pausas, con un ánimo melancólico y nostálgico, el portugués Gabe Klinger nos lleva de la mano por los sentimientos, recuerdos y vivencias de una pareja de extranjeros, entre las paredes íntimas de un hotel o en el recorrido de las calles de la bella Oporto de Manoel de Oliveira.

Arábia, Affonso Uchôa y Joao Dumans

Liliana Sáez



Narrador también es el personaje principal de Arábia, de los brasileros Affonso Uchôa y João Dumans, que obtuvo una Mención Especial en Bafici 2017. Un adolescente encuentra el cuaderno de memorias de un obrero accidentado en la fábrica de aluminio donde trabaja, en Ouro Preto.  El relato leído por el joven es una verdadera travesía rural, que busca narrar los sucesos de su vida y de cómo la vida lo llevó a Ana… A Ana no la conoceremos, porque el hombre prefiere relatarnos el transcurso del viaje que lo ¿llevará? a ella. Como un ave que se desplaza según se encuentre el verano, nos llevará por territorios del Brasil profundo, donde conocerá compañeros y amigos que quedarán registrados en su cuaderno. Esos recuerdos llegarán a nuestras pupilas en entornos cálidos, de gran camaradería, donde un grupo de hombres entona una canción al son de una guitarra rasgada desde la borrachera. Ese deambular que implica despedidas y nuevos encuentros enriquecerá el bagaje del peregrino, que sigue caminando para volver a una casa de la que se aleja cada vez más. 

Con una narración serena, el hombre transmite sus recuerdos sin altibajos, recubriendo de una melancólica añoranza cada lugar dejado atrás. Las escenas están cuidadosamente fotografiadas, dándole a cada espacio una atmósfera particular, de modo que cada lugar donde el hombre se ha detenido por unos días, meses o años, se nos ofrece amable u hostil.

18 mayo 2017

2557, Roderick Warich

Liliana Sáez


Si de relato se trata, no puede ser más literal en el caso de 2557, del alemán Roderick Warich. Narrada de principio a fin en tailandés, cuenta la historia de dos europeos que intentan emprender un negocio en Tailandia, pero son traicionados por una mujer muy atractiva. Una amiga común nos va contando la historia, mientras vemos en una ciudad oscura, primero, y en un ámbito rural y luminoso, después, a los protagonistas, víctimas y victimarios, desarrollar sus papeles en una larga, casi interminable narración con la permanente voz en off. Si bien la voz de la chica no es monótona ni cansona, durante casi dos horas recreamos nuestros ojos con imágenes ágiles, planos barridos, encuadres bien pensados, mientras van pasando los interminables minutos para saber cómo será el desenlace. 

Un thriller con los componentes básicos del género, ambientada en una distópica Bangkok, con paisajes nocturnos, pisos húmedos e iluminación de neón, mientras seguimos a los turistas devenidos empresarios perseguidos por la mafia local, que no tiene demasiado apuro por encontrarlos. Buena propuesta formal, aunque si hubiera concentrado la acción, quizá nos hubiera obligado a estar pendiendo de la butaca.

17 mayo 2017

Wind (Vetar), Tamara Draculic

Liliana Sáez


En Wind (Vetar), de la serbia Tamara Drakulić, caracterizada por rohmeriana en el catálogo del Bafici, hay un relato. Una adolescente pasa las vacaciones con su padre en la playa. Una playa solitaria, donde lo más entretenido es surfear con parapentes. Una de las imágenes más atractivas del filme son estos artefactos flotando al son del viento sobre el mar. Cual gaviotas, entretienen por pocos momentos el tedio de la chica, que pasa las horas de unas vacaciones interminables y aburridas. Esa morosidad sí se siente desde la butaca. Así como también la presencia de esa brecha generacional que mencionamos anteriormente. No hay mayor comunicación con el padre, algún coqueteo con el chico más lindo del lugar. La playa sin sol y una joven inmersa en ese paisaje experimenta los primeros sentimientos del amor. Así de simple e intimista es este filme, donde solo los escasos diálogos perturban la tranquilidad del lugar.

16 mayo 2017

Medea (Alexandra Latishev), Una simple aventura (Ignacio Ceroi) y Reinos (Pelayo Lira)

Liliana Sáez

Medea  (Alexandra Latishev), también de Costa Rica, comparte síntomas. El cuerpo de una rugbier encierra un embarazo no deseado. El rostro de la protagonista es inmutable. La cámara la registra insistentemente en primeros planos que no nos transmiten demasiado. ¿Piensa?, ¿sufre?, ¿hay algo que le importe? Los personajes no tienen carnadura, no poseen un mundo interior que permita la identificación o el rechazo por parte del espectador. Como en el caso de María, el personaje de la cinta argentina Una aventura simple (Ignacio Ceroi), va por la vida porque algo la lleva de la mano. Los diálogos son fríos, sin matices, y los personajes, abúlicos… 

En la primera, hay una historia y una cámara que se demora en momentos intrascendentes, con personajes que entran y salen de escena y de la vida de la protagonista sin justificación. No sabemos qué es de ellos. Al personaje principal tampoco le importa. Es igual si están o no. En la segunda, el coprotagonista lanza una mirada expresiva, ¡una!, y es un personaje más acabado que el de María. Ella atraviesa fronteras en busca de su padre, pero no transmite sentimientos, parece más bien llevada por un impulso, el del director, que parece no lograr convencerla de que es ella quien debe decidir y partir de viaje. Una larga secuencia de un indio armado que caza una culebra, rodada en blanco y negro, es lo más esmerado del filme, aunque la escena se alarga más de lo tolerable y no halla parentesco con la historia que se nos viene contando.

En este tipo de registro también ubicamos a la chilena Reinos, de Pelayo Lira, donde un joven estudiante y una tesista entablan relación en la Universidad e intentan acercarse al amor. Las diferencias sociales, de edad y de proyectos conspiran continuamente con una histérica historia de encuentros y desencuentros que no llevan a ningún lado. Para ser justos, debemos decir que nos encontramos con mejores interpretaciones que en las otras dos mencionadas, pero la historia no termina de cuajar.

14 mayo 2017

Atrás hay relámpagos, de Julio Hernández Cordón

Liliana Sáez




En Atrás hay relámpagos, del guatemalteco Julio Hernández Cordón (también autor de Te prometo anarquía, 2015), exhibida fuera de competencia, dos amigas descubren un cadáver en un auto viejo y no saben qué hacer con él. Aparentemente, un buen tema. Lástima que no se desarrolle. La historia va por otro lado, prefiere detenerse en la camaradería de las chicas y su inclusión en un grupo de amigos cuya principal preocupación son sus bicicletas y las acrobacias que pueden hacer con ellas. 

A lo largo del filme, los veremos realizar acciones tan extremas como burlarse de la gente, robar luces de los negocios, mentirle a la Justicia o tentar a la muerte, que aparece al comienzo con el cadáver encontrado y termina con caída del más popular del grupo, que hasta ahora ha lucido su torso desnudo, su cara bonita y sus destrezas con la bicicleta. Apenas asoman preocupaciones, como una posible xenofobia entre los costarricenses y los nicaragüenses o el choque de clases sociales, otra arista desaprovechada. 

Un filme con varias puntas para desarrollar, pero que fueron dejadas de lado para contar una historia sin demasiado sentido. Durante una “bicicleteada”, los jóvenes, que han robado lámparas, se desplazan por las calles iluminando la noche. Ya se sabe que la oscuridad y la luz artificial pueden hacer maravillas. Aquí cada uno de los chicos cubre su pecho con farolitos, convirtiéndose esta en la única y verdadera escena con una carga poética, a cargo de Nicolás Wong, el director de fotografía. 

Intentando encontrar puntos positivos en la cinta, se me ocurre que es un fresco de una juventud ociosa, donde los mayores suelen estar ausentes y los amigos acompañan los momentos de vértigo propios de la adolescencia. Vértigo que no puede estar mejor explicitado que en las bicicletas, que les permiten arriesgar sus vidas, pero también compartir cruzadas divertidas por la ciudad durante la noche. Si la película pretende borrar las marcas de moralidad, les digo que las tiene y más que ninguna. Porque el comportamiento de estos jóvenes es castigado, de la misma manera que, en el cine clásico, quien se atrevía a salirse de los márgenes de la civilidad terminaba ajusticiado.

De la crónica de Bafici 2017.

13 mayo 2017

Bafici 2017. Competencia Internacional

Liliana Sáez

La inauguración del Festival se vio ensombrecida por un abrazo de la comunidad cinematográfica al Gaumont, la sala emblemática del Incaa (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales), en reclamo por el desplazamiento, por parte del gobierno, del director de este instituto autárquico, que se rige por la Ley de Cine. Un verdadero revuelo que sigue resonando en los programas de televisión, donde personalidades del cine y funcionarios del gobierno miden sus fuerzas ante las manifestaciones pacíficas de protesta. Puede decirse que la crisis del sector se midió en los escenarios, cuando varios directores argentinos leyeron su reclamo ante el público presente, pero no pasó a mayores. Sigue siendo un tema de preocupación y debate, pero salvo esa función inicial, no menguó el prestigio del Festival.
La muestra ofreció varias secciones ya instaladas en la historia del evento, como son las dos Competencias a que nos referimos en este número, además de Competencia Latinoamericana, Competencia de Derechos Humanos y la más amplia y heterogénea Género y Vanguardia. Este año, el invitado de honor fue el director y actor italiano Nani Moretti (La habitación del hijoHabemus Papa y Mia Madre, entre otras), de quien se ofreció una retrospectiva completa de su obra y tuvo dos encuentros con el público, donde conversó acerca de su cine, de su manera de trabajar, de las influencias que ha recibido, de su modo de ver la realidad y el desafío que implica plasmarla en su obra, entre otros tantos temas.

09 abril 2017

Ménilmontant, la mirada vanguardista de Dimitri Kirsanoff

Liliana Sáez

Una ventana, una cortina rasgada, primeros planos de un hombre, de una mujer y del asesino de ambos. Un hacha suspendida y gotas de sangre en la tierra. Todo esto en apenas segundos, narrado con un montaje dinámico, a la manera en que Serguei Eisenstein nos muestra los desmanes ocurridos en la escalinata de Odessa. Sin embargo, lo que se nos cuenta ocurre en una zona rural, en Francia. Mientras las escenas aterradoras suceden, dos hermanas juegan en la bucólica campiña, en una imagen pletórica de felicidad, propia del naturalismo poético que aún no había hecho eclosión en el país galo. El contraste entre ambas escenas colocan al espectador contra el respaldo de la butaca, dejándolo absorto, desarmado, para recibir el relato de la historia de las hermanas que, ante tal desgracia, deben mudarse a París para buscar un medio con el cual mantenerse.
Más allá de la historia dramática, prevalece un cuidadoso uso del lenguaje, a través de los, para la época, ingeniosos recursos narrativos que no sólo la fotografía aporta, sino también la música. La composición de las imágenes es acompañada por un tempo (en el término musical, aunque la película sea silente), logrado por la dinámica de la cámara y de las imágenes que suelen pasar prestamente ante nuestros ojos cuando se trata de representar la alegría, el paso del tiempo o, incluso, el cierre de una secuencia. En otros momentos, reina una calma angustiante, mientras nos muestra el río, el movimiento del agua, en planos que intentan seducir a la joven madre hacia el suicidio, con un ritmo adecuado a la introspección, al sentimiento de culpa, a la desesperación. Por momentos, la película rebosa de alegría; en otros, la miseria está presente en las migajas del pan, en el frío aliento de la joven madre; también hay instantes contemplativos, cuando los jóvenes enamorados se seducen; o de asombro, cuando la cámara toma al personaje en primer plano, luego lo acerca más, y más todavía…, ocupando su rostro y, sobre todo, su mirada, toda la pantalla. La película es silente, pero vemos la historia de estas hermanas a través de una sinfonía compuesta únicamente con imágenes.
El autor es el violonchelista ruso emigrado a Francia, Dimitri Kirsanoff, famoso por su sinfonía cinematográfica Brumes d’automne (1929). Aunque Kirsanoff era músico, el cine le atraía soberanamente. Compartía su vida y su pasión por el cinematógrafo con su musa, una francesa hija de padre ruso, Nadia Sibirskaïa, famosa por su rostro aniñado y su mirada expresiva. Ambos formaron parte de un grupo estudiante en L’Ecole du Cinéma, con quienes filmó sus primeras películas vanguardistas, en las que se destacaba el uso de cámara en mano y, como lo hemos dicho, un montaje rítmico que imprime una determinada cadencia a cada uno de los planos, según el relato y los sentimientos que se ponen en juego.

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08 abril 2017

Hintertreppe, cine de cámara alemán

Liliana Sáez

1920 es el año de estreno de El gabinete del Dr. Caligari (Das Kabinett des Dr. Caligari, Robert Wiene), considerada punto de inicio del Expresionismo alemán. Una escuela con matices, nacida bajo las sombras de la primera posguerra mundial, cuando Alemania vivía el trauma de la derrota, al ser condenada a perder su relevancia económica y política tras la firma del Tratado de Versalles. La República de Weimar (1918-1933) es una etapa intermedia entre la monarquía derrotada, que sumió al país en la depresión, y un espíritu de revancha nacionalista que más tarde se conoció como nazismo.
En esa etapa intermedia, el cine alemán cumple un rol fundamental, desde el punto de vista formal e ideológico. Intenta, por un lado, rescatar su pasado histórico y nacionalista, y por el otro, representa el estado ambiguo de las cosas y de las personas, que tan bien se da en la película de Wiene. Es la época del Expresionismo en la pintura, en la música y en el cine. Hay que decirlo, también en el teatro. El Kammerspiel (Teatro de cámara) es una experiencia desarrollada por Max Reinhardt, y llevada al cine a través de los guiones de Carl Mayer.
Hintertreppe (1921) se inscribe en el Kammerspielfilm, o sea, “cine de cámara”, centrado en dramas domésticos, desarrollados en espacios modestos y reducidos. Con guion de Mayer, fue dirigida por  Leopold  Jessner y Paul Leni. Narra la historia de una mucama enamorada de un joven que acude a visitarla cada noche luego de sus quehaceres y el desencanto que sobreviene cuando ya no tiene noticias de él.
Seguimos a la mujer desde que despierta con el primer rayo de luz, realiza su tarea cotidiana, desplazándose por los pasillos de la casa, donde recoge los zapatos de sus patrones y la ropa sucia, recibe la correspondencia que le trae el cartero, prepara la comida y lava la vajilla con una alegría que justificaremos al finalizar la jornada, cuando arregla sus ropas, se peina y feliz va hacia el encuentro de su amor. Una noche, el enamorado no acude a la cita.


11 marzo 2017

Lion, de Garth Davies

Liliana Sáez

Un camino a casa (Lion) es una historia de vida, basada en un hecho real, lo cual posee una carga dramática indudable. El reto, entonces, es mantener el vértigo de una vida inquietante, donde el azar, ayudado por las acciones humanas, va diseñando el destino del protagonista. De pronto, la cartelera solo ofrece historias de seres marginados, parece haber encontrado en este tema una cantera inagotable que, en todo caso, se hace redundante para los ojos del espectador. Si no, qué otra cosa son Moonlight (Barry Jenkins), Un gato callejero llamado Bob (A Street Cat Named BobRoger Spottiswoode) o, incluso, la última película de Martin Scorsese, Silence… La pobreza, la sexualidad, la drogadicción y la religión, si bien son detonantes de diferente gama, confluyen en un mismo y reiterativo tema, el excluido de la sociedad, el paria, el perseguido, el otro en el que no queremos reconocernos.
Lion está inspirada en la autobiografía de Saroo Brierley, un joven indio que estuvo perdido durante veinticinco años. A los cinco años, Saroo suele ir con su hermano Guddu a buscar monedas en los vagones del ferrocarril. Cierta noche se queda dormido en el vagón de un tren de carga que viaja durante catorce horas, alejándolo del hogar. Una Calcuta oscura, mugrienta y superpoblada lo recibe en un laberinto de miserias y peligros, hasta que finalmente es adoptado por una pareja australiana, donde crece, estudia y se prepara para el futuro, un futuro que no logra soslayar hasta que no encuentre su origen.
Así dispuesta, la historia puede estructurarse en tres partes. La primera, narrada en dos largas secuencias, donde se nos cuenta, por un lado, la composición familiar: su admiración hacia su hermano mayor  y la necesidad de ayudar con su esfuerzo a una madre que realiza un duro trabajo para mantener a su precaria familia; y por el otro, la vida en Calcuta, donde debe comunicarse sin comprender el idioma, sobrevivir entre pederastas, ladrones y abusadores de  autoridad. La segunda parte, muy escindida de la primera, transcurre en Tasmania, donde vive junto a los padres adoptivos y crece como un joven de clase media, pero torturado por no encontrar su pueblo de origen. Finalmente, en la tercera se narra el desenlace, que no develaremos.