08 octubre 2016

El ciudadano ilustre, de Mariano Cohn y Gastón Duprat

Liliana Sáez

El ciudadano ilustre

Antes de finalizar el milenio, Mariano Cohn y Gastón Duprat se asociaron para crear Televisión Abierta, “el primer reality de la tevé, antes de que exista Big Brother o YouTube. Un delivery de cámaras a domicilio para hacer o decir lo que uno quiera, gratis y con total libertad”, según lo definen en su sitio web. El formato fue replicado en España, Estados Unidos, Italia y Japón. Se trataba de un programa de 30 minutos que ponía la cámara a disposición de la gente para que se expresara con libertad y era emitido por un canal de aire (América) a la medianoche.
Luego incursionaron en el cable, específicamente en MuchMusic, con Cupido, un programa diario y en vivo, donde dos participantes que buscaban pareja conversaban durante media hora sin verse, para luego, si había afinidad, encontrarse frente a frente. Cupido rozaba lo bizarro, sin dejar de ser provocativo y divertido.
Un lustro después de que los argentinos, cansados de ver pasar por el sillón presidencial a cinco presidentes en una semana, reclamaran “¡Que se vayan todos (los políticos)!”, este dúo realizó Yo Presidente. Un documental basado en entrevistas a siete mandatarios en su ámbito cotidiano. Los realizadores no dudaron en dejar la cámara encendida más allá de lo pactado y en la edición desecharon lo políticamente correcto para mostrar, a modo de comentario, donde una imagen lo dice todo, la clase política que los argentinos supieron conseguir.
En 2009, realizaron El artista, una ficción irreverente sobre el arte y su mercado. Un enfermero de un geriátrico muestra como suyas las obras de uno de los pacientes. El talento del anciano le atrae fama y mercaderes (curadores, artistas, críticos y demás intelectuales) que, en sus líneas de diálogo develarán la vacuidad de sus discursos.
El ADN televisivo de la la sociedad creativa que formaron les permite realizar un cine que atrapa grandes audiencias sin ser “comerciales”. Porque la irreverencia y la crítica directa a la sociedad argentina están presentes en todo su cine. Gran salto significó El hombre de al lado, la historia de un intelectual que vive en la burbuja que supone una obra de arte como es la Casa Curutchet en La Plata y un vecino que decide abrir una ventana para obtener un poco más de luz, sin tener en cuenta que está afectando una destacada obra arquitectónica. Las diferencias sociales, las distintas necesidades de uno y del otro, la convivencia vecinal, el discurso intelectual y el vouyerismo, entre otros temas, van condimentando una historia que va volviéndose oscura.
El ciudadano ilustre, el último largometraje de Cohn-Duprat, bebe de todas estas fuentes. Un escritor autoexiliado (Oscar Martínez), premiado con un Nobel de Literatura, aburrido de la fama desecha todo tipo de invitaciones para aceptar solo una, la de su pueblo natal, en la Argentina profunda. Salas, un pueblo del interior, que nada tiene que envidiarle al Pueblo Blanco al que le canta Joan Manuel Serrat, lo recibe para declararlo ciudadano ilustre. Después de vivir en una sociedad altamente desarrollada, llega a un pequeño aeropuerto y se desplaza en un taxi que no llega a destino. Las carencias no son solo materiales. Sin embargo, todo el pueblo se reúne para recibir al conciudadano famoso. Trasladado en el camión de los bomberos y mostrado como trofeo junto a la Reina de Belleza local, el escritor se ve sumido en un mundo que primero le provoca una falsa timidez para luego condescender hacia la mirada piadosa de unas gentes que va descubriendo limitadas.

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10 septiembre 2016

Florence Foster Jenkins, de Stephen Frears

Liliana Sáez

A finales de los 80, el nombre de Stephen Frears estaba entre los de mis directores predilectos. No había una de sus películas que me perdiera y le seguía los pasos con gran avidez. Había visto The Hit (La venganza, 1984) en un videoclub de vanguardia. Esa historia gangsteril, con John Hurt, Terence Stamp y Tim Roth en un paisaje desértico, me abrió las puertas para disfrutar uno de sus puntos altos, como fue My Beautiful Laundrette (Mi hermosa lavandería, 1985), con Daniel Day-Lewis en el papel de un hooligan que ve trastocados sus valores cuando se reencuentra con un compañero paquistaní. Luego seguí sus historias de personajes marginados, por su pobreza o por su sexualidad, como los de Sammy y Rosie, en Sammy and Rosie Get Laid (Sammy y Rosie se la montan/Sammy y Rosie van a la cama, 1987), o los de Kenneth Hallywell y el dramaturgo Joe Orton, en Prick Up your Ears (Ábrete de orejas, 1987). Dangerous Liaisons (Amistades peligrosas, 1988), una adaptación de la obra de Chordelos de Laclos, con sus amoríos perversos y sus conductas cínicas, fue otro éxito internacional, y ya parecía que nada lo detendría. Pero no fue así, luego Frears se encontró en un espacio cómodo, realizando obras menores que no estaban a la altura del director de oficio que es, y se fue perdiendo en los pasillos de la brillantez autoral.
Como volviendo a un antiguo amor, asistí a ver Florence. Encontré una obra correcta, con una historia amable sobre un personaje muy particular y con una técnica cuidada que, en al  menos dos momentos, ofrece el brillo que esperaba.
El teatro es una constante en la obra de Stephen Frears, y aquí no es una excepción. El guion de Nicholas Martin permite destacar la capacidad actoral de tres intérpretes principales: Meryl Streep personifica a Florence Foster Jenkins, una mujer que ha crecido en una familia adinerada y ha enviudado de un sifilítico que, además del mal, le ha dejado una herencia que le permite darse sus gustos musicales; St Clair Bayfield (Hugh Grant), el joven esposo, actor de teatro mediocre, la acompaña para celebrar su sueño dorado; y Cosme McMoon (Simon Helberg), un talentoso pianista que, ante la envergadura del contrato, deja de lado sus ambiciones artísticas para convertirse en un nuevo cómplice que celebre las notas destempladas de la diva. Acompaña un reparto que avala la patética cruzada del trío, pero es en éste donde descansa la solidez del guion. De esa corte de personajes comprados para fungir de público ávido del talento de Florence, vuelve a surgir el nombre de Stephen Frears. Si bien no es el tema central de la cinta, las distorsiones de un relato apacible no solo las da la desafinada protagonista, sino también aquellos personajes más primitivos y, por ello, más humanizados y solidarios ante la derrota, la vergüenza o el dolor de un semejante.

09 julio 2016

Morirse de la risa. Los inicios del cine cómico

Liliana Sáez

Hacia finales del siglo diecinueve, en Francia, los hermanos Lumière no confiaban en la popularidad de su invento, el cinematógrafo. Lo consideraban una curiosidad científica y como tal la explotaron. Pronto fue inevitable la búsqueda de novedades al registro repetitivo de escenas cotidianas. Sin quererlo, con sus pequeños cortos iban inaugurando algunos esbozos de lo que sería el lenguaje cinematográfico. La llegada del tren a la estación de la Ciotat (1895) presenta la profundidad de campo (el objeto de la mirada –el tren- se muestra primero en plano general y luego en primer plano) y el plano secuencia (la composición del cuadro se ve alterado por el movimiento del tren y de los pasajeros en el andén, a pesar de ser una cámara fija la que los registra). O el primer travelling conocido, realizado por uno de los operadores de los Lumière, Eugène Promio, al filmar Venecia desde una góndola (1896). Pero con El regador regado (1895), el primer gag (efecto cómico) del cine, los hermanos franceses no tenían idea de que habían inventado el cine de ficción y que le estaban dando cauce a un género, el cómico. Aquella primera broma filmada arrancó risas entre los espectadores y fue tan exitosa que abrió una vertiente narrativa y económica que no sospechaban.
En esos primeros años, los cortos de uno o dos minutos de duración predominaban en los programas que se le ofrecían al espectador, frecuente visitante de ferias y circos. Eran historias inspiradas en la imaginería popular, en los ambientes circenses, en los espectáculos de vodevil o en postales graciosas. Se limitaban a un par de gags visuales, muy parecidos a los de las tiras cómicas que se publicaban en la prensa. La diversión que provocaban en los espectadores surgía de una relación inesperada entre los personajes y los incidentes que vivían. Los actores provenían del music hall y solían reproducir, frente a la cámara, las situaciones que representaban en el teatro.
Es el inicio del burlesco, caracterizado por el absurdo, las situaciones violentas, donde lo físico tiene más importancia que lo moral o lo psicológico. Género basado en el gag, breve improvisación cómica que sorprende al espectador, porque rompe con la linealidad de la trama, sorprendiéndolo por lo inesperado. En la estructura de las series cinematográficas de los primeros años, el esquema dramático es un simple pretexto, lo fundamental es la serie de gags que no obedecen a la coherencia del relato literario, sino que funcionan como versos de un poema.

15 mayo 2016

Oleg y las raras artes, de Andrés Duque

Liliana Sáez

Oleg y las raras artes

El Hermitage ha quedado plasmado para el cine en los inolvidables planos secuencias subjetivos de El arca rusa (Russkiy kovcheg), de Alesandr Sokurov. La referencia es obligada, aunque esta vez por oposición. Dos de sus pasillos y la sala donde se encuentra el piano dorado de Nicolás II están presentes en la cámara fija del director venezolano Andrés Duque, actualmente instalado en Barcelona, responsable de situar en un espacio cuasi natural a Oleg Karavaychuk, el único pianista que tiene permiso para ejecutar el famoso piano del museo.
Una imagen en plano general, totalmente simétrica, de un pasillo dedicado a la música, nos muestra al maestro ruso de 88 años como una delgada figura anacrónica, con su rubia melena beatle, sus amplios pantalones de botamanga ancha, un suéter larguísimo y una boina acomodada de lado. Su voz narra la incomprensión que le genera la ausencia del presidente Putin al aniversario del museo, para pasar a contar que fue artista predilecto de Stalin o narrar el horror que le causó ver que su música fuera utilizada en una película rusa que narraba el fin de la familia zarista. A lo largo del filme sus dichos oscilarán, contradictoriamente, entre la admiración por el histórico presidente ruso y la realeza.

Sus frases nos descolocan, como cuando dice que le gusta visitar el cementerio, porque se enamora de las imágenes de las jóvenes de la nobleza que han muerto prematuramente. Sin embargo, la película cobra vuelo, literalmente, cuando sus manos se posan en el teclado del antiguo y elegante piano decorado con frescos, cuyas patas doradas subrayan el barroquismo de su arte. Allí, Karavaychuk deja de ser ese personaje excéntrico que se nos ha mostrado para constituirse en dos manos avejentadas, toscas y sucias, que le arrancan sonidos al instrumento musical, como si fueran aves de rapiña, regalándonos una música brutal pero encantadora, que nos envuelve en la belleza de la violencia rítmica. En primer plano fijo, vemos las manos que suben y bajan para posarse sobre el teclado, por momentos con la fuerza de un puño, golpeando el teclado, o con la punta de los dedos toca las teclas que le obedecen al artista, regalándonos una armonía extraña, sobrenatural, mágica, que como él dice, conjuga consonancia con disonancia, hasta llevarnos al ritmo jazzístico que desprecia. Asistimos, embobados, a una especie de revelación sonora. Y Oleg lo sabe, porque dice que nunca antes hubo una música como la suya. Y nunca antes, ese piano brindó los acordes que terminamos de escuchar.

La última Navidad de Julius

Liliana Sáez

La última Navidad de Julius

Julio Barriga es poeta en Tarija, un pueblo de calles de tierra, en Bolivia. Recibe a su interlocutor en una casa derruida, con baño compartido y una pileta en el patio para asearse. Su hogar se limita a una habitación con las paredes cubiertas de estantes, donde reposa la excesivamente ordenada biblioteca del escritor. La cama deshecha, además de lugar de descanso, es el espacio de trabajo del poeta, donde semidesnudo lee sus anotaciones.
Quizá con menos metraje, este documental hubiera crecido en énfasis y profundidad. Pero se queda en la repetitiva ceremonia de lectura, un soliloquio casi interminable, poblado de frases ocurrentes, como podrían ocurrírsele a un poeta bohemio en cualquier parte de la tierra.
Si ese documental hubiera sido el corto que creemos sumaría a la obra que obtuvo una Mención Especial en Bafici 2016, lo único de lo que no podría prescindir es de un sensible homenaje, una poesía entre sarcástica y humorística, pero cargada de honda admiración hacia Amy Winehouse, a quien ha descubierto con la noticia de su fallecimiento: “Ya cerca de la muerte he visto la luz… y es Amy”. La describe como una mujer de “patética belleza y siniestra ternura”. De ella dice: “Hay momentos en que pasa a ser la luz de mi oscuridad”. Una oscuridad que tiene que ver más con la muerte: “nos redime sacrificándose a sí misma”. Y concluye: “Si la vida es insoportable, el suicidio es un deber”. A modo de travesura, por haber encontrado ese juego de palabras que no es políticamente correcto, define a Amy con una generalidad: “Las únicas chicas buenas son las malas”.

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Todo comenzó por el fin, de Luis Ospina

Liliana Sáez




Programada en la Sección Cinefilias, Todo comenzó por el fin, del director colombiano Luis Ospina, no dejó indiferente a nadie. En ella, Ospina logra el más personal de sus documentales. Si bien la primera intención era la de contar la historia del Grupo de Cali, apoyándose en sus dos compañeros que tentaron fatalmente a la muerte: Andrés Caicedo (de quien hemos escrito en reiteradas oportunidades) y Andrés Mayolo (director de cine y televisión, además de docente), todo se replantea cuando a Ospina se le detecta un cáncer durante el rodaje. Este hecho cambia el eje del filme y, ahora sí, es un sobreviviente literal en la historia del Grupo de Cali. 

En una extensísima película que no decae ni por un momento, utiliza material de sus otras obras y recoge las opiniones del resto del equipo que trabajó junto a ellos en los rodajes. Se trata de una generación que no ha buscado la descendencia, eternos adolescentes que disfrutan de estar juntos y hacer travesuras. Pero esas travesuras tienen un trasfondo culturalmente sólido, que ofrece una obra contundente. Cómo se conocieron, quiénes eran Andrés Caicedo y Carlos Mayolo, cómo era esa comunidad que habitaba Ciudad Solar, qué significó el suicidio de Andrés, cómo repercutió en ellos la muerte de Mayolo, en qué lugar de la historia se ubicaron en el pasado y en cuál se encuentran hoy… 

Ospina ha madurado y su película es sobrecogedora. Habla, desde el  corazón, de su vida, en la que sus amigos y colegas son entrañables hermanos que aún lo acompañan y mantienen vivo ese espíritu que los sobrevolaba en aquellos años 70 y 80. Si tuviéramos que quedarnos con una escena, creemos que elegiríamos la de Mayolo dirigiendo la orquesta. Es sensible, divertida y puede resumir el espíritu de unos seres elegidos y de la época que les tocó vivir.



Extracto de la crónica de Bafici 2016.

14 mayo 2016

La larga noche de Francisco Sanctis, de de Andrea Testa y Francisco Márquez

Liliana Sáez

La larga noche de Francisco Sanctis, de Andrea Testa y Francisco Márquez, obtuvo premios a la Mejor Película en la Competencia Oficial Internacional y a Mejor Actor (Diego Velázquez), así como el reconocimiento de los Premios Signis y Feisal en Bafici 2016.
Buenos Aires en los setenta, años de la feroz dictadura militar, es el escenario donde Francisco Sanctis es enfrentado a un verdadero dilema que lo pone en la situación de poder salvar dos vidas arriesgando la suya o, por el contrario, resguardarse en su núcleo hogareño y permitir que una pareja desconocida sea secuestrada, torturada y desaparecida por su ideología política.
La atmósfera de los interiores, donde Francisco vive junto a su esposa e hijos es oscura y opresiva. Una pálida luz ilumina los espacios donde late la vida de la familia: la cocina y el cuarto de los niños. Pero los exteriores son más intimidantes. Las calles solitarias, los encuentros fortuitos, los diálogos casuales que cobran nueva dimensión luego de que Francisco haya recibido la misión indeseada, forman un artilugio en el que el espectador ve cómo el protagonista se mueve, como si estuviera en una jaula de observación, donde se midieran los niveles de adrenalina, a la manera de un cobayo revisado por un entomólogo. En pocas escenas se van cerrando las posibilidades de que el personaje encuentre la salida más fácil.

08 mayo 2016

Bafici 2016

Por Marcela Barbaro y Liliana Sáez

Bafici cumplió 18 ediciones. Ha recorrido una larga trayectoria en un país que en las últimas décadas ha vivido en democracia, lo cual permite la libertad en la selección de las películas y la ausencia de censura cinematográfica. Ambos “detalles” deberían contribuir a la calidad de la muestra, que en este 2016 cambió de director, aunque sospechamos que mucho de la programación se le debe al anterior. Sin dudas, este año ha continuado con una selección anodina de películas, cuya mejor muestra se constata en la premiación, donde las argentinas obtuvieron quizá demasiados premios.
De todos modos, siempre aplaudimos la posibilidad que nos abre este festival para acercarnos a producciones de otras latitudes, así como poder acceder a encuentros cercanos con genios de la talla de Peter Bogdanovich (que ofreció una conferencia, donde dejó ver su simpatía y la admiración por los efectos que aún produce su cine en los espectadores) y Michel Legrand (que brindó un concierto en el exclusivo Teatro Colón). Obviamente, esperamos que la llegada a la dirección de Porta Fuz vuelva a levantar la vara para el año que viene, y ofrecernos un festival con obras de alta talla, aunque (preferiblemente) no sean las cuatrocientas a las que nos tienen acostumbrados. Otro punto alto fue la visita de Merlin Crossingham, director creativo de Wallace y Gromit, que mantuvo una conferencia y una masterclass para estudiantes, donde conversó sobre su experiencia en la animación y contextualizó los filmes de la famosa compañía inglesa Aardman, que fueron ofrecidos en una retrospectiva.
A las competencias habituales, se sumaron la Latinoamericana y la de Derechos Humanos nublando así la posibilidad del próximo festival dedicado a este tema que suele llevarse a cabo durante los próximos meses y que tiene una historia paralela con el Bafici. Quizá no sea una verdadera novedad, ya que tanto las películas argentinas como del resto de Latinoamérica suelen participar de todas las secciones. Diversificar es aumentar la angustia por tratar de cubrir un relato que tiene que ver con cada una de las competencias. Lo que sí es novedoso fue abrir el festival a varias salas fuera del circuito acostumbrado, llevando el cine a espacios antes marginados del gran hecho cultural que esperamos cada año.

10 abril 2016

Inca Garcilaso de la Vega, un hombre de dos mundos

Liliana Sáez

Y como aquel paraje donde esto sucedió acertase a ser término de la tierra que los Reyes Incas tenían por aquella parte conquistada y sujeta a su Imperio, llamaron después Perú a todo lo que hay desde allí, que es el paraje de Quito hasta los Charcas, que fue lo más principal que ellos señorearon, y son más de setecientas leguas de largo, aunque su Imperio pasaba hasta Chile, que son otras quinientas leguas más adelante y es otro muy rico y fertilísimo reino.
Inca Garcilaso: Comentarios Reales



Álvar Núñez Cabeza de Vaca  (Naufragios y Comentarios), Fray Bartolomé de las Casas (Brevísima relación de la destrucción de las Indias) y Pedro Cieza de León (Crónica del Perú) son algunos de los cronistas que acompañaron la gesta colonizadora de mediados del siglo dieciséis. Todos ellos, con una mirada extranjera se admiraban ante las costumbres “salvajes” de los habitantes del Nuevo Continente y solían describir, a veces en forma de denuncia, el tratamiento que los indígenas, a quienes habían venido a “civilizar” por medio del Evangelio, recibían. Pero para acercarse a ese terreno virgen que era América, para asentarse en las cumbres montañosas o en el tranquilo lago más alto del mundo, para adentrarse en sus creencias basadas en el dios Sol y en la diosa Luna, para acceder a sus costumbres y, sí, a su civilización, hay que acudir a un mestizo, hijo del capitán español Garcilaso de la Vega y de la princesa incaica Chimpu Ocllo. Me refiero al Inca Garcilaso, nacido el 12 de abril de 1539, como lo afirma a lo largo de su obra cumbre, Comentarios Reales.
Garcilaso nació en el Perú de Francisco Pizarro, vivió su infancia y adolescencia en Cuzco, y fue al colegio junto a los hijos mestizos del conquistador. No sólo vivió la colonización, sino también fue contemporáneo de las guerras civiles entre los conquistadores. Él prefería refugiarse en el universo materno, donde aprendió la lengua quechua y a contar con los quipus incaicos. Los relatos de la familia de su madre sobre su pueblo le permitían añorar, sin haberlos vivido, aquellos tiempos de esplendor incaico en la época de su ocaso.

14 febrero 2016

Andrés Caicedo murió para nacer

Liliana Sáez

Niñoviejo, joveninfante, 
amante incondicional del cine, 
explorador de todos sus senderos. 
Ángel caleño de mirada miope, 
frases tartamudas y torpeza lewisiana. 
Ser infecto de pasión cinéfila 
y fervor en la escritura, 
se te recuerda en cada acto 
y vives en cada hecho.

LS



Van a hacer cuarenta años que Andrés Caicedo encontró la muerte que había buscado en más de una oportunidad. Tenía 25 años y su suicidio “coincidió” con la publicación de su primera novela, ¡Que viva la música!, una fotografía de la juventud de Cali (Colombia) durante los años setenta, donde, como en otros territorios, la música y la estimulación de los sentidos eran moneda corriente. Los temores adolescentes en cuanto a la aceptación del otro, la búsqueda de escapatoria del mundo de  los mayores, el debate entre la música importada y la autóctona… todo ello se esconde detrás de las vivencias de su heroína “rubia, rubísima”, con el cabello como el de Lilian Gish y las piernas “muy blancas, pero no de ese blanco plebeyo feo”, que leía El Capital y bailaba salsa.
Me acerqué al personaje y al escritor a partir de una película: Andrés Caicedo. Unos pocos buenos amigos, el documental realizado por Luis Ospina, que se ha convertido en homenaje al entrañable amigo y radiografía de una generación: el Grupo de Cali. Se trata de un “docudrama”, como su autor lo define, de doce capítulos, que recopila testimonios y documentos sobre la vida del amigo ido, y no digo “ausente”. Las frases de Caicedo conducen el hilo del documental, llevándonos de la mano por su breve existencia, pero inmersos en la gran obra que construyó en su vida. Así nos enteramos que confiaba en sus buenos amigos (Que nadie sepa tu nombre/ y que nadie amparo te dé. / Si dejas obra,/ muere tranquilo, /confiando en unos pocos/ buenos amigos); que para él, vivir más de 25 años era una insensatez; que era miope, torpe, tartamudo y se le dificultaba establecer relaciones personales…

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