21 abril 2009

El espectador imaginario - Abril 2009

Cuando hace unos años les conté mi sueño, ya nos habíamos planteado desde Aula Crítica poder editar una revista en la que los estudiantes fueran los protagonistas. Ha llegado el momento tan esperado, así que les presento el número cero de El espectador imaginario, un paso que nos llena de orgullo y que quiero compartir con todos aquellos que me acompañan en esta travesía por la blogósfera.
Espero que les guste y sigan los pasos de nuestro crecimiento.

Liliana Sáez



CRITICAR ES ASOMBRARSE... Y COMPARTIR*



"La crítica es el arte de amar. Es el fruto de una pasión que no se deja devorar por sí misma, sino que aspira al control de una vigilante lucidez. Consiste en una búsqueda incansable de armonía en el interior del dúo pasión/lucidez. Si uno de esos dos términos predomina sobre el otro, la crítica pierde gran parte de su valor", dice Jean Douchet en "El arte de amar", un artículo publicado en Cahiers du Cinéma, en diciembre de 1961. La mención de esta revista no es casual, ya que se ha constituido desde su aparición en hito fundacional de la crítica cinematográfica moderna.

Pero más allá de esa definición, hay otro motivo que exige la presencia de la crítica frente a la obra fílmica. También lo dice Douchet: "Y es que el arte necesita a la crítica de una forma vital. Sin ella no puede existir (...). La verdadera crítica inventa una obra, como lo haríamos con un tesoro: capta, mantiene y prolonga su vitalidad. Descubre, por un incesante cuestionamiento, el valor de los artistas y del arte. Pertenece indisolublemente al terreno de la creación y, al ser ella misma un arte, se convierte en creadora".

Con ese espíritu nace El espectador imaginario. Creemos que el crítico no nace, se hace. Y a esa tarea nos dedicamos en Aula Crítica. El crítico es un iniciado, alguien que posee conocimientos para poder interpretar y valorar un filme. Alguien que puede servir de nexo entre la propuesta de un autor y la lectura de un espectador. Alguien que puede descubrir en una obra aquellos instantes de poesía que hacen al filme inolvidable.

Docentes y estudiantes de Aula Crítica nos estrenamos con El espectador imaginario en un proyecto común, que busca instalar la reflexión sobre el cine en un panorama que se explica a través del cine masivo, las obras de autor, el cine independiente o las cinematografías periféricas. En ese contexto tan heterogéneo, le proponemos al lector servir de guía, de provocador de conciencia, de desestabilizador de patrones establecidos, de descubridor de nuevos paradigmas...

Los invitamos a compartir este viaje por la realidad cinematográfica que nos toca vivir.










SUMARIO (ABRIL 2009)



El cine ante los nuevos retos del siglo XXI

Efectos especiales y animación por ordenador, por Javier Moral

Tecnología digital en el cine, por Manu Argüelles

Descubriendo las posibilidades del IMAX, por Arantxa Acosta


81 Edición de los Oscars

Una reseña aventurada, por Manu Argüelles

Y las estrellas volvieron a brillar, por Arantxa Acosta


Críticas

El intercambio/El sustituto, por Isabel González

La clase, por Manu Argüelles

La ola, por Arantxa Acosta

Paranoid Park, por Arantxa Acosta

Slumdog Millionaire, por Javier Moral

Vicky Cristina Barcelona, por Marcela Barbaro


... y hay un libro de visitas por si nos quieres dejar un comentario. Será bienvenido.



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* Texto editorial del número cero de El espectador imaginario, abril 2009.

07 abril 2009

Andrés Caicedo no es un blogger

Liliana Sáez


Me resisto a ver a Andrés Caicedo desprovisto de las vestiduras con que gentilmente lo arroparon sus buenos y verdaderos amigos Luis Ospina y Sandro Romero Rey. Me resisto a que le corten el pelo, a que lo consideren un precursor del movimiento blogger o de la comunicación entre internautas. Me resisto a creer que Andrés fue un depresivo suicida antes que todo lo que realmente fue...

El pasado 30 de marzo, el Bafici organizó una mesa redonda felizmente multitudinaria, donde Luis Ospina habló de su película Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos y Alberto Fuguet de su libro: Mi cuerpo es una celda, un montaje de textos que muestran a un Caicedo más atormentado, si se quiere, más aggiornado para el gusto de los jóvenes cinéfilos. Este libro es el "rosebud" de Andrés, dijo Ospina. Pues sí, yo creo que este libro está sirviendo para derribar fronteras, para liberar a Caicedo de su Calicalabozo.

Ahora bien, como ya sabemos qué significa "rosebud", veamos qué más hay en la obra de Andrés. Profundicemos en su corta y obsesiva trayectoria, que no es únicamente cinéfila. Andrés Caicedo, antes que cinéfilo es escritor (de cuentos, de una novela, de teatro y hasta de guiones para cine). Luego, sí, Andrés es un cinesifilítico, ser infecto de una pasión que no se limita a consumir cine.

Lo he dicho varias veces, creo que puedo decirlo una más... Andrés experimentó el cine en todas sus facetas: como espectador, persiguiendo con sus amigos, como bien contaba Luis Ospina, una película desde una sala de estreno hasta otra más marginal, para ver cuantas veces fuera necesario un film que le hubiera llamado la atención (no había reproductores de vídeo, así que había que buscar la manera de retener aquellos planos que lo obsesionaban); como crítico, con la creación de la revista Ojo al cine, así como con las colaboraciones en otras publicaciones. Su obra crítica ha sido recopilada por sus buenos amigos en un libro, Ojo al cine, que además presenta los textos que compartía con los cineclubistas los sábados a la mañana. Esa es otra faceta, la del distribuidor, que obsesivamente proyectaba las películas antes de su pena de muerte, cuando finalizaban los derechos de autor y había que destruir la copia. Como guionista, ya lo dijimos y hasta se contaron anécdotas de su viaje a Los Ángeles para contactar a Roger Corman y mostrarle sus guiones. O como realizador con la abortada Angelita y Miguel Angel, que por desacuerdos con Carlos Mayolo sólo pudo ver la luz fragmentariamente en el documental de Ospina. O como docente, ya que fue formando un público en el (su) gusto por el cine.

¿Cómo asomar la idea de que Andrés sea un blogger? Por favor...

Sobre la red cinéfila que estableció con la gente de Perú, España, Venezuela... hay que contradecir lo que se dijo en la mesa redonda. No fue precursor de esa red, fue integrante de ella; tampoco fue un caso aislado, todos estos países tenían una generación cinéfila que bebía de la nouvelle vague y que permitió que se promoviera el primer verdadero encuentro de cine latinoamericano en Mérida, en 1968.Existían revistas de cine, verdaderos iniciados en cine que se fueron convirtiendo en especialistas. Existía Hablemos de cine en Perú; Tiempo de cine en la Argentina; Cine al día en Venezuela y Ojo al cine en Cali. Andrés fue un hombre de su época, sí se inmoló en pasión cinéfila, pero no lo convirtamos en mártir. No lo fue. Fue un verdadero apasionado de cine y creía que vivir más de 25 años era una insensatez, quizá por aquello que contó Luis Ospina, que Andrés tenía dificultad para vivir: para hablar, para cruzar una calle, con su torpeza lewisiana, su miopía, su tartamudez, que sólo le permitían realizarse a través de la incontinente escritura y la oscuridad de la sala de cine. O como dijo Carlos Mayolo, que Andrés se suicidó para morir con las ideas vigentes...

¿Cómo sería Andrés hoy? No sé, no importa. De la manera más tonta cruzó las fronteras, una pena que no lo haya hecho con toda la producción publicada por sus amigos desde hace tantos años. Andrés se puede leer hoy porque ya es un clásico, pero no lo es por un libro que se está traduciendo en varios idiomas. Lo es por su obra propia y por el amor con que sus amigos resguardaron sus textos. Para muestra, basta ver el documental pirata que Ospina mostró en el Bafici, donde con su cámara grabó, en un intento por retener al amigo ido, el programa de televisión donde un Andrés con frases entrecortadas por la tartamudez habla de una de sus pasiones, quizá la que más le quemaba, el cine.

Para muchos, Rosebud es la clave de Citizen Kane. Para otros, entre quienes me incluyo, es solo un pretexto para desarrollar un discurso cinematográfico riquísimo. Si Mi cuerpo es mi celda es el Rosebud de Andrés Caicedo, me quedo con lo que me develaron sus amigos a través de la publicación de los textos que escribió: su novela, sus obras de teatro, sus obras inconclusas, sus críticas, sus cartas... Todo lo demás es "cortarle el pelo" a Andrés, que no tiene otra significación que la que tenía para los jóvenes de los 70: "cercenarle las ideas".
Mi conocimiento de causa (lecturas y visionados):

Revista Ojo al cine, números 1, 2 y 5, Cali, 1974-1976.
Luis Ospina: Andrés Caicedo, unos pocos buenos amigos, 1986 (vídeo).
Andrés Caicedo: Que viva la música, Bogotá, Plaza & Janés, 1985.
Andrés Caicedo: Destinitos fatales, Bogotá, La oveja negra, 1988.
Andrés Caicedo: Angelitos empantanados o Historias para jovencitos, Bogotá, Norma, 1995.
Andrés Caicedo: El atravesado, Bogotá, Norma, 2000.
Andrés Caicedo: Noche sin fortuna, Bogotá, Norma, 2008.
Andrés Caicedo (seleccionado y anotado por Luis Ospina y Sandro Romero Rey): Ojo al cine, Bogotá, Norma, 1999.
Andrés Caicedo: El cuento de mi vida. Memorias inéditas, Bogotá, Norma, 2007.
Andrés Caicedo, María Elvira Bonilla Otoya: El libro negro de Andrés Caicedo. La huella de un lector voraz, Bogotá, Norma, 2008.
Luis Ospina: Andrés Caicedo. Cartas de un cinéfilo 1971-1973 y 1974-1976, Cinemateca Distrital, Bogotá, 2007.
Sandro Romero Rey: Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego, Bogotá, Norma, 2007.
Luis Ospina: Palabras al viento. Mis sobras completas, Bogotá, Aguilar, 2007.
Juan Duchesne-Winter: Equilibrio encimita del infierno. Andrés Caicedo y la utopía del trance, Cali, Archivos del Índice, 2007
Alberto Fuguet: Mi cuerpo es una celda. Una autobiografía, Bogotá, Norma, 2009.

28 marzo 2009

Caicedo por Ospina en el Bafici

Amigos, es la oportunidad de descubrir a Andrés Caicedo, mi ángel caleño. Aquel con el que los he torturado en varios de mis posts; aquel que guía los pasos de mis sueños y me ayuda a cumplirlos. Si están en Buenos Aires, el Bafici proyecta Unos pocos buenos amigos la película de Luis Ospina que me lo descubrió. Ya les he hablado de Luis... les he hablado de Andrés... Ojalá les pique la curiosidad y compartan conmigo esa pasión.
LS



"Hay deudas, hay mandatos. Unos pocos buenos amigos no es narrada por Luis Ospina ni es confesional y, sin embargo, termina siendo tanto de Luis como de su gran amigo Andrés Caicedo y, cómo no, de Cali. Porque Caicedo, el mártir de los cinéfilos, el joven escritor suicida de pelo largo, el crítico de Ojo al Cine, perfectamente podría no existir en la blogósfera pop si no fuera por Ospina. Él se encargó de que Caicedo no se perdiera. Él tomó el riesgo de que Caicedo pudiera opacarlo, quizás sintiendo que a veces en la vida, uno de los roles que pueden tocar es simplemente el de ser amigo de alguien que lo necesita. Unos pocos buenos amigos es la biografía oral y visual de un fantasma. De alguien que ya no está y que está en todas partes. Que ha tocado a todos esos caleños conscientes de que la cumbre de sus existencias ya pasó. Unos pocos buenos amigos funda y le da voz e imagen a Caicedo, sí, pero acaso es al mismo tiempo la cinta más personal de Ospina. Hay amistades y pérdidas que marcan y este film modesto es la prueba, es la marca, y nos hace sentir un poco tristes al captar que no todo el mundo tiene la suerte de tener un amigo como Luis Ospina".
Alberto Fuguet



Andrés Caicedo: cine, drogas, salsa y rock & roll
Charla de Luis Ospina y Alberto Fuguet
Marzo 30 19h
Proyecciones  de “Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos” (1986) de Luis Ospina
Sábado, marzo 28 – 20:15h – Hoyts Abasto Sala 7
Domingo, marzo 29 – 10:15h – Hoyts Abasto Sala 1
Domingo, marzo 29 – 20:45h – Hoyts Abasto Sala1
Martes, marzo 31 – 12:30 – Hoyts Abasto Sala1
Domingo, abril 5 – 14:00 – Malba

21 marzo 2009

Gran Torino

Comparto con los lectores de kinephilos este texto de Dante Bertini. Creo que hace una muy buena lectura del film que motiva el artículo, así como lo que representa Clint Eastwood para el cine y la sociedad.
Aunque tenga algunas diferencias con lo aquí expuesto, creo que es lo más sensato que he leído sobre este film. Por eso le pedí a Dante (editor del muy recomendado blog Cacho de pan) permiso para publicarlo aquí.
Gracias, Dante. Que los demás lo disfruten.
LS



AND SO ARE YOU, CLINT EASTWOOD
Dante Bertini



Los viejos son molestos. Caminan lentamente, hablan mucho o demasiado poco, necesitan cuidados médicos constantes y suelen dar consejos que nadie les ha pedido. Clint Eastwood tiene casi ochenta (80) años, y como Sidney Lumet, otro octogenario director de cine estadounidense, ha decidido ser molesto hasta el final, hasta el momento mismo de lanzar un último suspiro.
Gran Torino es una película rara. Se la podría definir como un cuento moral para niños descarriados, un documental sobre la vida social urbana en este tiempo de globalizaciones y éxodos, una brillante comedia con tintes dramáticos o, last but not least, lo que realmente acaba siendo: una tragedia clásica ambientada en estos días nuestros, condenados a ser los últimos de una civilización, de una cultura. Con absoluto desparpajo, con la seguridad que le proporciona una carrera larguísima, rebosante de títulos exitosos, y una vida por demás plena, con toda seguridad envidiable, este anciano de espléndida presencia nos muestra uno de sus costados más oscuros, encarnando, y nunca mejor dicho, a un viudo reciente, culposo y gruñón veterano de la guerra de Corea, melancólico superviviente de esa raza de machos auténticos, tan heroicos como despreciables, a la que pertenecieron tipos como John Wayne, Humprey Bogarth o Ernest Hemingway. Para que la referencia sea más directa, practicamente insalvable, el personaje se apellida Kowalski, igual que el recio protagonista masculino de Un tranvía llamado deseo, inmortalizado con el gesto agrio y la camiseta entallada de un Marlon Brando previo a la hinchazón física y el desmadre espiritual. Con toques de humor grueso, hilarante, casi chaplinesco, y escenas dramáticas realmente conmovedoras, todo calza bien en esta historia de factura clásica con explícita moraleja y casi total ausencia de moralina. Si hasta Jamie Kullum, exacerbado, exacerbante zapateador de teclas, parece ajustarse a formas más tradicionales cuando interpreta el tema central de la película, escrito, como toda la banda sonora, por el propio director, su hijo Kyle y Michael Stevens. Llenándolo todo, dentro y fuera de la pantalla, con su personalidad deslumbrante, Clint Eastwood, convertido en el gran mito masculino americano, poseedor de perra, escopeta, porche y Gran Torino, se recorta con claridad de símbolo sobre un paisaje desvastado. Única estrella reconocible en un filme poblado por seres anónimos, de razas, coloraciones y costumbres diferentes, este último llanero solitario anuncia, resignada aunque no pasivamente, el inminente final de su especie. Muy cercano como personaje terminal al resistente solitario de Soy Leyenda, Kowalski Eastwood prefiere, elige, abandonar el rifle, la confrontación directa, y, pagando al mismo tiempo antiguas, ocultas, dolorosas deudas, transmite a un imprevisible heredero su particular manera de ser y de estar, su pragmática forma de interpretar la vida.

07 marzo 2009

Diez años sin Stanley Kubrick

El steadycam de El resplandor, el uso de la luz natural en Barry Lyndon, la cámara arrojada al aire en La naranja mecánica o la manipulación en laboratorio del material fílmico de 2001, una odisea del espacio son sólo anécdotas en la carrera de uno de los más grandes cineastas que ha dado la historia del cine: Stanley Kubrick.

Un pasado nada despreciable: El beso del asesino, El atraco perfecto, Dr Strangelove..., Lolita o Senderos de gloria borran de un plumazo todo lo que él mismo criticaba de Espartaco.

Hace 10 años que ya no está. Su obra permanece intacta, ofreciendo interpretaciones y sorpresas a quienes se asoman a su cine por primera vez, así como certezas (y también sorpresas) para quienes la vuelven a ver.

La vida era muy distinta cuando uno sólo esperaba la próxima de Kubrick...

Se le extraña, maestro, pero se le agradece la rica filmografía que nos ha dejado.

LS

12 febrero 2009

No te olvides de despertarme...


Difícil creerlo, de veras, pero todavía me siento de treinta y vivo con esta idea, muy criticado, claro está, por mis amigos, por mi familia, por mis admiradores. Antonin Artaud perdió todos los dientes el año antes de su muerte, pero estaba convencido de que le saldrían de nuevo. Yo estoy convencido de que soy inmortal. Probablemente, mis últimas palabras sean: “no te olvides despertarme a las ocho en punto porque tengo que perfeccionar un solo de trompeta”.
Julio Cortázar






¿Hay algo más cinematográfico que un vampiro? Sí, un tren, por ejemplo, pero no importa. Desde el Nosferatu de Murnau, un vampiro es cine, por donde lo mires.

Hace 25 años que Julio Cortázar dejó de escribir. Mi homenaje a ese fabulador como pocos, será a través de un cuento, que forma parte de la colección de narraciones La otra orilla. Escrito en 1937, "El hijo del vampiro" tiene la frescura de la juventud del autor y su pureza de novato. Todavía no conocía el autoexilio. Todavía no conocía la fama. Todavía no había escrito Rayuela ni sus famosos libros de cuentos.
Que lo disfruten…

LS


EL HIJO DEL VAMPIRO

Probablemente todos los fantasmas sabían que Duggu Van era un vampiro. No le tenían miedo pero le dejaban paso cuando él salía de su tumba a la hora precisa de medianoche y entraba al antiguo castillo en procura de su alimento favorito.
El rostro de Duggu Van no era agradable. La mucha sangre bebida desde su muerte aparente —en el año 1060, a manos de un niño, nuevo David armado de una honda-puñal— había infiltrado en su opaca piel la coloración blanda de las maderas que han estado mucho tiempo debajo del agua. Lo único vivo, en esa cara, eran los ojos. Ojos fijos en la figura de Lady Vanda, dormida como un bebé en el lecho que no conocía más que su liviano cuerpo.
Duggu Van caminaba sin hacer ruido. La mezcla de vida y muerte que informaba su corazón se resolvía en cualidades inhumanas. Vestido de azul oscuro, acompañado siempre por un silencioso séquito de perfumes rancios, el vampiro paseaba por las galerías del castillo buscando vivos depósitos de sangre. La industria frigorífica lo hubiera indignado. Lady Vanda, dormida, con una mano ante los ojos como en una premonición de peligro, semejaba un bibelot repentinamente tibio. Y también un césped propicio, o una cariátide.
Loable costumbre en Duggu Van era la de no pensar nunca antes de la acción. En la estancia y junto al lecho, desnudando con levísima carcomida mano el cuerpo de la rítmica escultura, la sed de sangre principió a ceder.
Que los vampiros se enamoren es cosa que en la leyenda permanece oculta. Si él lo hubiese meditado, su condición tradicional lo habría detenido quizá al borde del amor, limitándolo a la sangre higiénica y vital. Mas Lady Vanda no era para él una mera víctima destinada a una serie de colaciones. La belleza irrumpía de su figura ausente, batallando, en el justo medio del espacio que separaba ambos cuerpos, con el hambre.
Sin tiempo de sentirse perplejo ingresó Duggu Van al amor con voracidad estrepitosa. El atroz despertar de Lady Vanda se retrasó en un segundo a sus posibilidades de defensa. Y el falso sueño del desmayo hubo de entregarla, blanca luz en la noche, al amante.
Cierto que, de madrugada y antes de marcharse, el vampiro no pudo con su vocación e hizo una pequeña sangría en el hombro de la desvanecida castellana. Más tarde, al pensar en aquello, Duggu Van sostuvo para sí que las sangrías resultaban muy recomendables para los desmayados. Como en todos los seres, su pensamiento era menos noble que el acto simple.


En el castillo hubo congreso de médicos y peritajes poco agradables y sesiones conjuratorias y anatemas, y además una enfermera inglesa que se llamaba Miss Wilkinson y bebía ginebra con una naturalidad emocionante. Lady Vanda estuvo largo tiempo entre la vida y la muerte (sic). La hipótesis de una pesadilla demasiado verista quedó abatida ante determinadas comprobaciones oculares; y, además, cuando transcurrió un lapso razonable, la dama tuvo la certeza de que estaba encinta.
Puertas cerradas con Yale habían detenido las tentativas de Duggu Van. El vampiro tenía que alimentarse de niños, de ovejas, hasta de —¡horror!— cerdos. Pero toda la sangre le parecía agua al lado de aquella de Lady Vanda. Una simple asociación, de la cual no lo libraba su carácter de vampiro, exaltaba en su recuerdo el sabor de la sangre donde había nadado, goloso, el pez de su lengua.
Inflexible su tumba en el pasaje diurno, érale preciso aguardar el canto del gallo para botar, desencajado, loco de hambre. No había vuelto a ver a Lady Vanda, pero sus pasos lo llevaban una y otra vez a la galería terminada en la redonda burla amarilla de la Yale. Duggu Van estaba sensiblemente desmejorado.
Pensaba a veces —horizontal y húmedo en su nicho de piedra— que quizá Lady Vanda fuera a tener un hijo de él. El amor recrudecía entonces más que el hambre. Soñaba su fiebre con violaciones de cerrojos, secuestros, con la erección de una nueva tumba matrimonial de amplia capacidad. El paludismo se ensañaba en él ahora.
El hijo crecía, pausado, en Lady Vanda. Una tarde oyó Miss Wilkinson gritar a su señora. La encontró pálida, desolada. Se tocaba el vientre cubierto de raso, decía:
—Es como su padre, como su padre.


Duggu Van, a punto de morir la muerte de los vampiros (cosa que lo aterraba con razones comprensibles), tenía aún la débil esperanza de que su hijo, poseedor acaso de sus mismas cualidades de sagacidad y destreza, se ingeniara para traerle algún día a su madre.
Lady Vanda estaba día a día más blanca, más aérea. Los médicos maldecían, los tónicos cejaban. Y ella, repitiendo siempre:
—Es como su padre, como su padre.
Miss Wilkinson llegó a la conclusión de que el pequeño vampiro estaba desangrando a la madre con la más refinada de las crueldades.
Cuando los médicos se enteraron hablóse de un aborto harto justificable; pero Lady Vanda se negó, volviendo la cabeza como un osito de felpa, acariciando con la diestra su vientre de raso.
—Es como su padre —dijo—. Como su padre.
El hijo de Duggu Van crecía rápidamente. No sólo ocupaba la cavidad que la naturaleza le concediera sino que invadía el resto del cuerpo de Lady Vanda. Lady Vanda apenas podía hablar ya, no le quedaba sangre; si alguna tenía estaba en el cuerpo de su hijo.
Y cuando vino el día fijado por los recuerdos para el alumbramiento, los médicos se dijeron que aquél iba a ser un alumbramiento extraño. En número de cuatro rodearon el lecho de la parturienta, aguardando que fuese la medianoche del trigésimo día del noveno mes del atentado de Duggu Van.
Miss Wilkinson, en la galería, vio acercarse una sombra. No gritó porque estaba segura de que con ello no ganaría nada. Cierto que el rostro de Duggu Van no era para provocar sonrisas. El color terroso de su cara se había transformado en un relieve uniforme y cárdeno. En vez de ojos, dos grandes interrogaciones llorosas se balanceaban debajo del cabello apelmazado.
—Es absolutamente mío —dijo el vampiro con el lenguaje caprichoso de su secta— y nadie puede interpolarse entre su esencia y mi cariño.
Hablaba del hijo; Miss Wilkinson se calmó.
Los médicos, reunidos en un ángulo del lecho, trataban de demostrarse unos a otros que no tenían miedo. Empezaban a admitir cambios en el cuerpo de Lady Vanda. Su piel se había puesto repentinamente oscura, sus piernas se llenaban de relieves musculares, el vientre se aplanaba suavemente y, con una naturalidad que parecía casi familiar, su sexo se transformaba en el contrario. El rostro no era ya el de Lady Vanda. Las manos no eran ya las de Lady Vanda. Los médicos tenían un miedo atroz.
Entonces, cuando dieron las doce, el cuerpo de quien había sido Lady Vanda y era ahora su hijo se enderezó dulcemente en el lecho y tendió los brazos hacia la puerta abierta.
Duggu Van entró en el salón, pasó ante los médicos sin verlos, y ciñó las manos de su hijo.
Los dos, mirándose como si se conocieran desde siempre, salieron por la ventana. El lecho ligeramente arrugado, y los médicos balbuceando cosas en torno a él, contemplando sobre las mesas los instrumentos del oficio, la balanza para pesar al recién nacido, y Miss Wilkinson en la puerta, retorciéndose las manos y preguntando, preguntando, preguntando.

02 febrero 2009

Sólo un sueño, de Sam Mendes


ENFRENTADOS A UN ESPEJO
Marcela Barbaro

Para la sociedad norteamericana, los años cincuenta no fueron de los más alentadores: la paranoia por la Guerra Fría, el modelo patriarcal autoritario sobre el hogar, la caza de brujas hacia los rojos, la irrupción de la TV, filtrando modelos de familia políticamente correctos, y el sistema en manos de Eisenhower, tratando de sostener el american dream.

A partir de ese contexto, surge la novela de Richard Yates publicada en 1961, que da cuenta de cómo todo ese malestar social provoca una crisis matrimonial y replanteos individuales en el seno de una familia tipo de clase media.

Basándose en la novela, el director británico Sam Mendes (Belleza Americana, Camino a la perdición, etc.) realiza una muy buena transposición a la pantalla grande, interpretada por la dupla de Titanic: Leonardo Di Caprio y Kate Winslet.

El joven matrimonio Wheeler (Di Caprio y Winslet) tienen dos hijos y viven en los suburbios de Connecticut. Estaban llenos de sueños. Pero los años pasaron. Él trabaja en una empresa donde su padre pasó veinte años y nadie lo recuerda. Ella es una actriz frustrada, que lidia con su rol de madre y ama de casa. Le pesa sentirse diferente. A él lo corroe el mandato paterno, teme transformarse en alguien que pase inadvertido. Ambos, se hallan inmersos en la rutina y presos de un sistema lleno de hipocresías (como sus vecinos) y conservadurismo, que los llevará a una profunda crisis.

El film tiene reminiscencias de los melodramas comprometidos de Douglas Sirk y de Nicholas Ray. Bajo esos modelos narrativos, Mendes retoma el discurso crítico y dramático de Belleza Americana, pero lo intensifica. Logra generar un clima claustrofóbico, dramático y agobiante, donde las miradas, los silencios y los espacios vacíos cobran un rol trascendental. A esto se suma el trabajo de Di Caprio y Winslet, que están como nunca.

Mendes traslada en boca de sus personajes el vacío desesperanzado, el valor que se necesita para llevar la vida que uno desee sin ser fagocitado por el sistema, el precio del libre albedrío y la fragilidad de los sueños.

Pero, también pone el acento y su mirada sobre rol de la mujer, en la represión subliminal del género y cómo ese malestar silencioso se transforma en una suerte de ritual. Una situación que recuerda al personaje de Julianne Moore en Las Horas (2002).

Revolutionary Road es como espejo atemporal sobre una sociedad que insiste en verse linda, al igual en que en los cincuenta.

18 enero 2009

El balance anual

Liliana Sáez

Pasó la aplanadora de los últimos días de diciembre y recién ahora puedo realizar el balance que toca cada fin de año. Si para algo sirve eso de celebrar la nochevieja una despedida y el primero de enero un recibimiento, es para poder poner sobre la mesa los resultados de todo el año.

2008 venía bien, en lo personal y en lo profesional. Kinephilos, con su ritmo unas veces más regular que otras, siguió actualizándose. Aula Crítica ofreció cursos que se llevaron a cabo exitosamente e inauguró el Máster en Crítica Cinematográfica que ya cumplió el primer tramo de cursada, con resultados que llenaron plenamente nuestras expectativas.

Haber sumado al proyecto a Isabel, a Paula y a Marcela ha sido para Sergio y para mí contar con un capital de profesionalismo que abre un camino que promete ser venturoso, por estar haciendo lo que nos gusta y poder compartirlo con otros que aman el cine tanto como nosotros. Agradezco la confianza que pusieron en nosotros Arantxa, Manu, José Luis, Javier y Sandra, porque nos están permitiendo crecer junto a ellos por aquello de que "enseñando también se aprende". Y a Paola le agradecemos la paciencia con que ha trabajado cada uno de los textos que subimos al campus para que sean legibles y estén normalizados.

Para completar el año académico, brindamos dos cursos (uno en la Escuela de verano y otro en la de otoño) de la Asociación Espiral, Educación y Tecnología, donde dictamos "El cineclub en la escuela" a 19 y 32 alumnos, respectivamente. Gracias Bea Marín por la oportunidad y por el apoyo que nos diste para que fuera un éxito.

Seguro que me olvidaré de citar varios de los tesoros que se incorporaron a la videoteca, pero quiero mencionar el cine de dos autores que respeto, cuyas películas constatan mi elección profesional, pues disfruto y sufro con ellas como si las viera por primera vez:

El pack John Cassavetes y sus A woman under influence (1974) y The killing of a chinese bookie (1976) y Opening Night (1977), más un documental sobre el autor. Gracias, Isabel.







El pack Alejandro Jodorowsky y La corbata (1957), Fando y Lis (1968), El topo (1970), La montaña sagrada (1973), La constelación (1980) y Santa Sangre (1989). Gracias, Hugo.

También ocupan un gran tramo de los estantes las nueve pelis de cine colombiano (que no es distribuido en Latinoamérica, cosa que sucede con todo el cine de la región, que sólo puede verse en festivales, y si ganan algún premio): La historia del baúl rosado (Libia Gómez, 2003), Soñar no cuesta nada (Rodrigo Triana, 2006), Los niños invisibles (Lisandro Duque, 2001), Soplo de vida (Luis Ospina, 1999), La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998), Confesión a Laura (Jaime Osorio, 1991), Bolívar soy yo (Jorge Alí Triana, 2000), Un tigre de papel (Luis Ospina, 2007) y El Bogotazo (documental para la televisión que contextualiza un tema que recorre muchos de los argumentos de las películas citadas). Gracias, Daniel y Nubia.

Y finalmente, celebro la edición en dvd de esa joyita que es Crónica de un niño solo (1965), la opera prima de Leonardo Favio.

La biblioteca destinada a Andrés Caicedo también se vio enriquecida por lo último que se ha publicado sobre este multifacético personaje caleño (gracias Luis, Daniel, Piedad, Pala y Elvira). Y los textos de cine enriquecieron y actualizaron la biblioteca que comparto con Aula Crítica (gracias Virginia, Sergio, Isabel, Paola). Merece un post aparte hablar de ellos.

Sobre el cine visto en 2008, si nos limitamos a las entradas del blog, debo reconocer que peca de una pobreza franciscana. En un foro de Aula Crítica hice el siguiente balance y los porqué pueden leerse en los enlaces:

Para mí, la gran alegría de 2008 ha sido:
Aniceto, de Leonardo Favio (Argentina).

Me sorprendieron:
Luz silenciosa (Carlos Reygadas, México) y Ploy (Pen-ek Ratanang, Tailandia)

Me encantó porque me embaucó inteligentemente:
Un tigre de papel (Luis Ospina, Colombia)

Me conmovió porque toca fibras muy sensibles:
Decile a Mario que no vuelva (Mario Handler, Uruguay)

Me decepcionaron:
Antes que el diablo sepa que has muerto (Sidney Lumet, EEUU)
En la ciudad de Sylvia (José Luis Guerín,España: podría haber sido un corto perfecto), aunque me subyugó su instalación "Nosotros, los otros" en el CCCB de Barcelona
Shara (Naomí Kawase, Japón), por la expectativa que sembraron los textos de las revistas especializadas. Hoy me pregunto si a un director argentino le hubieran respetado el uso de esos recorridos con cámara en mano por interminables recovecos y la indefinición de algunos personajes.
Elegy (Isabel Coixet, España) me pareció una historia más, contada de manera correcta, pero sin la profundidad que he visto en otro film de esta directora.
¿Estaré insensible?

Bien, todo esto es para decir que hoy comienza el año para mí, y dejo atrás, como si fuera una nebulosa pesadillesca, las casi tres semanas que le robo a este año, en la esperanza de que sea tan bueno como el que pasó, que siga contando con la gente que quiero y respeto no sólo como amigos, sino como colegas.

Vaya también un saludo bloggero a todos los amigos que hice a través de este medio, a muchos de los cuales conocí en 2008 y ya forman parte de esta comunidad querida y querible que viene creciendo, al menos en mi caso, desde hace tres años.


07 enero 2009

En mi cumple, un regalo para ti

En su tercer cumpleaños, kinephilos te regala Ten minutes older,  de Herz Frank (1978). Se trata del corto documental que sirvió de inspiración para que 24 años después se filmara con el mismo nombre la obra colectiva, que reúne los trabajos de Chen Kaige, Werner Herzog, Jim Jarmusch, Aki Kaurismaki, Spike Lee, Wim Wenders, Bernardo Bertolucci, Claire Denis, Mike Figgis, Jean-Luc Godard, Jiri Menzel, Michael Radford, Volker Schlöndorff, István Szabó... y Alumbramiento, de Víctor Erice, que ya hemos comentado.
Espero que lo disfruten.

LS






24 diciembre 2008

¡Feliz 2009!




Como cada fin de año, acudo a Eduardo Galeano para que me preste sus letras que tanto interpretan mi sentir. Del Libro de los abrazos tomé este texto, que dedico a cada uno de los colaboradores y lectores de kinephilos, sin los cuales nada de esto tendría sentido.

Que cada uno de ustedes sea esa chispa mágica que contagia a los que los rodean. Que cada uno tenga de quién recibir esa otra chispa que les da un motivo para seguir adelante.

¡Feliz 2009!

Liliana Sáez




El mundo

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.